El regreso de los que nunca se fueron

Textual

Isa

Claudia Daza

Mientras Raphael era homenajeado en los Grammy y México volcaba nuevamente su corazón por Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes, aquí, en La Paz, hubo venta loca de entradas para el concierto de Las Leyendas del Rock Nacional: volteo de taquilla para las primeras cuatro noches de una gira nacional. La generación baby boomer y sus hijos decidimos entregarnos a la devoción que mejor organiza las emociones: la nostalgia.

Entrar al teatro 16 de Julio fue como ingresar al pasado: los músicos tocando y volviendo a respirar en el cine del colegio Don Bosco, y el público como quien reconoce a un héroe que no envejeció, al menos no en la memoria.

Allí, frente a nosotros, estaban los sobrevivientes del rock de la nueva ola y del rock de los años 70; los héroes discretos del Scaramush y aquellos que fueron promovidos en la radio Chuquisaca; los mismos que en su adolescencia se lanzaron a hacer covers y composiciones a pesar de la dictadura; aquellos cuyo testamento bajo el brazo siempre fue un disco de vinilo.

Y también estuvimos los herederos de esos discos, aquellos melómanos inconscientes que escuchamos desde wawitas los éxitos de Los Grillos, Los Loving Darks, 606, 50 de Marzo, Los Signos, Clímax, Wara, Luz de América y Los Ovnis de Huanuni, grupos fundamentales para hablar de la historia musical de Bolivia.

Como antes, como hoy

La euforia, en este caso, es diferente. Hay gritos al escuchar qué vendrá, pero después vienen los susurros. Una devoción íntima. Muchos hombres cierran los ojos, vuelven a tener 18; vuelven a estar enamorados o heridos, vuelven a existir sin explicaciones. Las mujeres cantan en grupo; una que otra baila sentada, una que otra se levanta en La Tarara recordando coreografías improvisadas en las fogatas estudiantiles. Sus miradas delatan su euforia, suben los celulares para registrar un temita. Uno de ellos se levanta para que su hijo lo filme bailando. Nosotros, los cuarentones y los cincuentones, no sólo nos conectamos con la música y con nuestros viejos: estamos ahí porque nos enseñaron a valorar la historia, la cultura, la bohemia paceña, las voces que dejaron otro tipo de huella.

Se nota que CM Producciones entendió la ausencia de espectáculos retro y que este público merecía algo así de grande. No un tributo sencillo, sino que se les devuelva a nuestros artistas su grandeza.

Y así los hemos visto. Todos unos rock stars, con un merecido escenario gigante, luces, sonido, consolas, todo un equipo que los acompañó y sostuvo para que podamos seguir la grandeza de sus legados.

De entrada, un solo del baterista de Clímax, Álvaro Córdoba, con más de 70 años y una energía que deja en vergüenza a cualquiera que quiere entrar al gym. Golpea la batería con la exactitud de quien conoce todos los silencios de un país. Domina Clímax, Loving Darks y también Wara. Se nota que nunca dejó su instrumento, porque puede tocar hasta dormido. Saluda a su compañero fallecido Javier Saldías, cuya foto brilla en las pantallas y en el eterno recuerdo de todo melómano de verdad. Más allá está el bajista Luis Eguino, de 50 de Marzo y 606, tocando el bajo en casi todos los temas del concierto y cantando en algunos. A su lado, el guitarrista Glen Vargas, quien pertenece a una generación que después también marcó historia desde Track y el rock cruceño. Glen toca en todos los temas: es el soporte, es el solvente de la noche, es el que controla todo y entra en contacto con el sonidista; es la garantía de que todo funcione bien. Las nuevas generaciones lo reconocemos al tiro y le agradecemos muchísimo por haberse metido en este proyecto.

Pero el reloj de todo está atrás: Nicolás Suárez, casi invisible, pero dirigiéndolos a todos desde los teclados. Es el soporte, es el que la tiene clara y se nota.

De ahí, el desfile de vocalistas y estrellas. Aplausos, gritos, coros para los vocalistas, para Efraín Zalazar de Los Signos y Félix Chávez de los Loving Darks, el baterista de Luz de América Charli Barrionuevo, quien volvió a Bolivia después de 30 años, Que la gente te grite “¡Otro, otro, otro!” ya en las primeras canciones es un regalo. Y atrás, el plus del espectáculo: la filarmónica de jóvenes que los acompaña como si la historia les debiera algo, como si el país por fin se hubiera dignado a rendir un gran homenaje.

Moisés Rivera, de Los Ovnis de Huanuni, no tiene precio. Cantar y tocar batería para hacernos chillar Gente pobre o Minero es una ofrenda.

Sadi Asín, recién llegado de Suecia, causa sensación. Entra al escenario como quien vuelve finalmente a su barrio o a los festivales donde su grupo, Los Grillos, siempre la rompía. La ovación es un abrazo colectivo, la confirmación de que la memoria puede más que la distancia. Y cuando canta, canta también la gente que lo perdió y ahora, por un rato, lo recupera.

Y cuando entra Nataniel Gonzales para cantar tres canciones del disco El Inca de Wara, pasamos a otro nivel: el progresivo. Capaz que muchos ahí no lo entiendan porque prefieren la nueva ola; pero lo aplauden aquellos que conocen muy bien la historia del disco de rock más cotizado que tiene Bolivia. Lo trajeron desde Francia para que, con sólo su presencia, se abra otro umbral y se toque un tema que nunca más Wara había vuelto a interpretar: El Inca. Había que hacerlo: tenían a mano una filarmónica, habían pasado más de 50 años y Nataniel, el autor de las letras, estaba aquí. Básicamente han desenterrado una canción que abrió un momento en la historia; una canción que sobrevivió a pesar de juicios y quiebres dolorosos; una canción que sólo puede ejecutar el ruiseñor de Oruro, el Nataco, como le dicen con cariño quienes sí disfrutaron de su voz. Lo acompaña un coro para sostenerlo en las notas altas: ya no es fácil volver a los agudos, ya no es fácil; pero se generan enigmas con su caminata lenta, con su mano que dibuja círculos, con el renacer de letras perdidas. Carlos Daza no está en el escenario; ningún Wara lo está. Ha preferido hacerse a un lado para que Nataniel brille acompañado por los otros músicos. Quizás es mejor que él solito se enfrente al tiempo y a ese Inca único, ese Inca que lo ha roto todo y cambió para siempre la música boliviana. Ya después entrará junto a Rolando Encinas para que nos encontremos con lo que hicieron después.

Mientras tanto, se revela que la nostalgia no es debilidad, sino patrimonio. Este concierto no es espectáculo: es comprobación de vida. Al final de la velada —más de tres horas y media —, una entiende por qué estas funciones se vendieron como pan caliente y por qué habrá gira nacional. La nostalgia no únicamente vende: organiza, reúne, cura. Una comprende que, en este país donde todo se atasca menos el tiempo, nuestros viejos son los verdaderos guardianes del rock.

Gira nacional: La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Sucre, Potosí, Oruro. Fotografías de Carlos Fiengo

Claudia Daza es periodista cultural

ETIQUETAS
Comparte con tus contactos