Sergio Gareca
Cierta vez, un buen cumpa, Marcelo Ancalle del elenco teatral Urus Delirium, me mandó un mensaje diciendo: “¿Tú tienes las llaves del espacio?”. No supe si era una pregunta mística, astronómica o cultural.
Se refería, en principio, a La burbuja, un departamento alquilado por Paddy Mamani en el centro de Oruro para realizar travesuras artísticas. Penosamente cerró.
Desde luego, la nomenclatura de la actividad cultural ha cambiado con el tiempo. Se fueron llamando centros culturales, casas culturales, etc. Hoy por hoy les decimos espacio, término que invita a una reflexión.
La verdad, yo no sé a quién se le habrá ocurrido lo de espacio cultural, pero sugiere mucho. El espacio exterior, por ejemplo, tiene sus propias actividades artísticas. Está la danza de los colosos, tiritan azules los astros a lo lejos, y en cada una de sus formas, las constelaciones, se halla el destino de los hombres.
También existe el espacio interior, que puede llegar a una asombrosa intimidad en la que se nos dice que el átomo es sobre todo vacío. Y uno entiende que este sentimiento atómico de andarse echando cosas adentro, como libros, películas y canciones para tratar de llenar algo, tiene un sentido científico.
Y está el espacio intermedio donde se manifiesta el cuerpo en su cotidianidad. Entonces, nos enfrentamos a la cruda realidad del espacio vital, donde muchos de nosotros estamos apretados por un mundo que no nos comprende. Desde luego, el espacio familiar es del todo paciente con nosotros. Oh, amor infinito el de las familias que tienen un hijo baterista.
El espacio artístico creativo o interpretativo tiene, desde luego, sus caprichos. Un lector-escritor requiere silencio; un pintor, un espacio ventilado para no morir más pronto que tarde con plomo en los pulmones; un metro cuadrado de piso y aire es una cosa altamente significativa para un danzarín. Los caprichosos fotógrafos que necesitan controlar la luz tienen invasiones lumínicas por todas partes.
De ese modo, la sala, el comedor, el dormitorio se van haciendo insuficientes y entonces se hacen necesarios los espacios públicos. Felizmente, Oruro es una ciudad muy expresiva en tal sentido: no hay día sin desfile, marcha o folklore en las calles. Su manera de ser se desborda como sus pésimas alcantarillas en tiempo de lluvia.
Sin embargo, hay otros espacios públicos que han tenido terrible historia, como el secuestro de aquellos destinados a la cultura. El teatro municipal al aire libre “Luis Mendizábal Santa Cruz” estuvo cerrado durante largos años, hasta ahora que le han puesto un feo tinglado. El teatro de la casa municipal de cultura “Javier Echenique Álvarez” lleva inactivo largo tiempo. La Universidad Técnica de Oruro tiene espacios, pero muy descuidados. Y la Gobernación, que nos ha dado un bello y gigante teatro, no está pudiendo darle funcionalidad.
El problema mayor es de enfoque, de mirada que se traduce en una normativa que deriva en el secuestro de esos espacios. Están los aranceles que hacen prohibitivo su uso y la burocracia que impide que se los aproveche como lugares de ensayo, sea por los horarios de oficina que no coinciden con los tiempos de quienes crean, sea por las feas caritas de los encargados que le ponen candado a lo que ni siquiera les pertenece.
Tal panorama empuja a la búsqueda de alternativas. Los cafés siempre han sido una salida para poner en escena música y teatro, aunque muchos sufran pronta clausura. Otros espacios tienen épocas esporádicas de actividad, como ocurre con el Taller de Arte y Cultura Claustro. Otros hemos fracasado maravillosamente como estrellas fugaces, como pasó con La llama enojada. La excepción es la Casa Arte Taller Cardozo Velásquez, una obra familiar vigente desde hace tres décadas.
Puerta abierta
Oruro vive hoy una época interesante, con una nueva generación de artistas cuyo oleaje tiene un cuartel general: Wawa Wasi (casa de la niñez), iniciativa de Martín Herrera inaugurada el 1 de noviembre de 2024 con una “fiesta de villanos”.
Don Alberto Guerra decía “arte se hace poniendo” y así circulaba el impreso cultural El Duende a precio mínimo. En Wawa Wasi ha habido actividades de formación, con el fin de profesionalizar el arte, aunque siempre bajo la complicación de la sostenibilidad económica. Martín cree que “los orureños somos nuestro propio obstáculo, nos autosaboteamos”.
Pero la alegría de vivir no nos la quita nadie. Los artistas “emergentes” (otro concepto sugerente y sumergente) han tomado el Wawa Wasi, cuyo nombre comunitario con homónimos a lo largo de Bolivia y Latinoamérica invita a la gente a reconocerse con un impulso inicial de cuidar a la niñez a partir del arte e invitar a los adultos a reconectar con el niño interior, articulando arte, comunidad y memoria.
Experiencias similares las hay a lo largo y ancho del país, donde sostener un emprendimiento del alma se enfrenta siempre al sucio capitalismo extractivista que solo quiere petróleo y puestitos de poder, mientras la gente de a pie no lleva en su canasta familiar ni una entradita para el teatro.
Durante este tiempo, algunas de las actividades en Wawa Wasi fueron: visita de Antequera de Perú; Carnaval inmortal, de André Muriel; Festival de Cine Diablo de Oro, junto con un ciclo de cine boliviano; presentación de Lo Crudo y el Caos, de Valentina Gonzales-Aramayo; expresiones libres de Hip Hop; Feria internacional de arte y cultura ambiental de Arlequín Producciones; Festival de teatro Alalao; Oruro milonguero; Wawaoke; visita de Teatro de los Andes; talleres de poesía, teatro, cine.
Las llaves del espacio las tienen las nuevas generaciones, y una puerta abierta, frente a tantas puertas cerradas, es la de Wawa Wasi.
Yo creo que uno de los desafíos del Viceministerio de Culturas y Folklore es apoyar iniciativas así, particulares, creativas, que existen a lo largo y ancho del país.








