Viejo periodista

Textual

Isa

Mabel Franco Ortega

Las antiguas redacciones de los periódicos, en La Paz, podían parecer un manicomio para los ojos profanos. Escritorios lado a lado invariablemente marcados por el fuego de un cigarrillo abandonado, pasillos estrechos, papeles amontonados según un orden misterioso. Lugares vacíos por la mañana, un hormiguero de tarde a madrugada…

Los viernes, la demencia podía alcanzar niveles insospechados. Como había que cerrar edición y dejar material para domingo y lunes, la amanecida estaba garantizada. A cierta hora, alguien recogía la “vaquita” y otro alguien salía a buscar el vino y el pucho. La música subía de volumen y entonces el ritual de afinar noticias se cumplía en medio de reflexiones compartidas, risas y, a veces, discusiones airadas.

En los últimos años de los 90, una redacción así, como la que yo había visto en Presencia, todavía persistía en una casa de la zona de Miraflores donde funcionaba La Razón. En el segundo piso, en una esquina al lado de la escalera que conectaba con la planta baja, se hallaba el escritorio de don Germán Araúz, el editor de Cultura.

Don Germán, inclinado sobre el teclado de la computadora, escribía notas muy concentrado y serio, a un ritmo marcado por su ruidosa respiración. Para quien no lo conociera, este hombre corpulento lucía atemorizante, imperturbable. De pronto, si lo necesitaba, se incorporaba y lentamente se dirigía al rellano de unas gradas, donde había colocado, en cajas de cartón debidamente señaladas, sobres con fotografías de teatro, música, danza, pintura y otras artes que ocupaban sus preocupaciones periodísticas. Era su archivo, independiente del que montaban los fotógrafos del diario.  

Germán Arauz, durante la presentación de su libro «Nadie supo finalmente, cuentos reunidos«, en 2018.

Los viernes, don Germán se unía a la convivencia. Era el encargado de poner la música: Chavela Vargas, Matilde Casazola… Fumaba un cigarrito y brindaba con los compañeros y compañeras, todos jóvenes, pergeñando al propio tiempo maravillosas crónicas que saldrían en el diario con el seudónimo de Machi Mirón. Contaba chistes, anécdotas. Se reía moviendo todo el cuerpo. Y entonces quedaba claro que este gigante lo era de cuerpo y de alma.

A diario, era usual que los periodistas de política, economía, sociedad, ciudades, etc. se acercaran siquiera un ratito al escritorio del Machi para disfrutar de la charla, del chisme.

Así llegó 1999. Qué expectativas sobre el nuevo siglo que se avecinaba y que para La Razón implicaba también un cambio de sede: edificio nuevo concebido expresamente para el funcionamiento de una redacción. Pero había que merecer el traslado y entonces se aplicó una lógica “ejecutiva” del periodismo. Asesores traídos como gurús de la profesión impusieron muchos “No” al oficio. No cigarros, no alcohol, no convivencia, no pérdida de tiempo, silencio, eficiencia, juventud; no informalidad, traje y corbata, marcado de tarjeta, etc. Don Germán no encajaría, pensaron los de arriba. Y lo despidieron.

El periodista cultural se fue sin reclamar. Tampoco reclamamos mucho los que nos quedamos. Apenas logramos salvar el archivo de fotos de don Germán, pues el resto se desechó por viejo, por antiguo.

Los espejitos baratos, don Germán, todavía se cambian por nuestros recursos valiosos. Perdimos con su retiro periodistas, artistas y lectores. Pero, por suerte, usted hizo mucho más, porque no era un profesional de las letras, sino un cultor del oficio. Queda claro, clarísimo, ahora que usted, mi jefe en La Razón, se ha ido para siempre y lo pintan en sus distintas facetas —como se puede leer en este espacio de Movida de Altura— personas como los periodistas y escritores Claudia Daza y Martín Zelaya, el escritor y editor de libros Manuel Vargas y los artistas Gabo Guzmán y David Mondacca. 

Mabel Franco es periodista

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