Pecadores

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Isa

Isabel Navia

Soy seguidora declarada de Paul Thomas Anderson. He visto nueve de sus diez largometrajes y admiro su obra. Sin embargo, estoy convencida de que Una batalla tras otra no es su mejor película ni la mejor de 2025, aunque llegue a la ceremonia de los Globos de Oro como la gran favorita. Es una buena película, sí, pero no alcanza la magnitud que la maquinaria de marketing y las redes sociales se empeñan en atribuirle. Lo confirmé hoy, después de ver —tras mucha resistencia— la más reciente película de Ryan Coogler: Pecadores.

El terror no es un género que yo disfrute especialmente, pero una vez más comprobé que, para opinar, primero hay que ver. Y Pecadores no es una cinta “para morir de miedo”, aunque sí ofrece mucho ante lo cual horrorizarse. El drama, la acción y la música son, en realidad, los ejes que predominan en esta original propuesta, valiosa por su complejidad y riqueza expresiva.

La historia se sitúa en Clarksdale, Misisipi, durante la Ley Seca en Estados Unidos. La ciudad existe y es reconocida como cuna del blues y como un importante referente cultural de la música estadounidense. Está asociada a nombres legendarios como Muddy Waters y John Lee Hooker, y es un destino central para los amantes del blues. En la intersección de las carreteras 61 y 49 se ubica el célebre “cruce de caminos” donde, según la leyenda, el músico Robert Johnson habría vendido su alma al diablo.

Nada de esto es accesorio. Cada elemento nutre la historia que construye Coogler, quien articula una reflexión original sobre la historia, la discriminación y los prejuicios, utilizando la música como hilo conductor de un guion complejo e inteligente, que logra sorprender.

Una breve canción —Esta lucecita mía— suena en dos momentos cruciales de la narración. En un contexto, funciona como himno religioso que exhorta a abstenerse del pecado; en el otro, es la celebración de la libertad y de la capacidad de amar y perdonar, sin culpa. Ese contraste resume la maestría de Coogler y la belleza de su tejido narrativo.

Aunque mezcla muchos y disímiles ingredientes, el director es minucioso: coloca cada elemento a lo largo de la narración con precisión. Nada queda librado al azar; todo cumple una función, incluso los diálogos de los vampiros que buscan seducir y convencer forman parte de una estructura que, para unos, podrá ser absurda y, para otros, llena de sentido.

Pecadores utiliza este título para proponer algo que podría ser desde un divertimento comercial hasta un exuberante ensayo audiovisual sobre la historia de los pueblos, la transculturación y el colonialismo, con sus engaños, abusos y posverdades. Al mismo tiempo, puede leerse como un homenaje sensible e inteligente a las raíces, a la redención del espíritu humano, a la resistencia, al amor y, sobre todo, a la magia de la música. Todas esas posibilidades son parte de su encanto.

Nota clave.- Para apreciarla por completo hay que verla hasta el final, incluyendo todos los créditos.

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