Oruro viene de los Urus, pero a los Urus no va

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Isa

Sergio Gareca

El 23 de enero, a convocatoria de Pueblos de Montaña, la nación Milenaria de los Urus del Lago Poopó, con apoyo de CEPA y la Gobernación de Oruro, periodistas, artistas, gestores y público en general nos fuimos de visita a las comunidades del lago.

Inicialmente visitamos Puñaca Tinta María, una comunidad antes conocida como Uru Muratos, nombre que se les daba por ser concesión que se les hizo a los españoles en ese lugar, a un señor de apellido Morató y que justamente por esa razón, se decidió dejar de usarla, como denominativo de la nación Uru, que se autodenomina Qutzuñi “gente del agua o del lago”.

Es una bonita población a 15 minutos de la Villa de Poopó, hacia el occidente, ubicada en las faldas de una pequeña serranía que era un islote cuando el lago crecía. Comimos exquisito pescado con quinua y su matecito de muña. Vimos sus artesanías y pasamos a conocer un emprendimiento turístico, a la cabeza de Abdón Choque, llamado “Sangreuru Vuelve A Thu Raíz”, con la ortografía dándole un guiño a la escritura de la lengua Uru.

Tienen un museo comunitario de dos salas. En una están algunas de las 36 aves que habitaron el lago Poopó antes de secarse y nos explicaron, muy someramente, el modo de vida ancestral que está a punto de desaparecer, basado principalmente en la caza y la pesca. En algún tiempo fueron encarcelados por la caza de la pariguana, pese a que era una forma de vida ancestral. Ahora están excluidos de la norma, porque es parte de la dieta de los Urus. En la otra sala se ven las artesanías y su proceso en totora y tejido. Posteriormente, asistimos a la danza del pescado, una innovación con trajes de totora, emulando ese pasado pescador.

La segunda visita fue a la comunidad de Vilañeque, a 15 minutos de Challapata, también hacia occidente. Nos recibieron con un pequeño acto protocolar y una ceremonia de permiso a los apus y aviadores, junto con la coca. Algo peculiar de la ceremonia es que estas peticiones se hacían acariciando la coca, urdiendo los dedos. Es el acto de “recordar”, nos dijeron.

Luego pasamos a ver dos emprendimientos, el criadero de truchas, que tiene la ayuda del Programa Mundial de Alimentos (PMA), y la granja avícola. Con mucha pena vimos que estos apoyos se hicieron a medias, sin capacitación, ni capacidad profesional de quienes estuvieron a cargo del proyecto. Sin embargo, hay ayudas elocuentes que se notan, como es el caso de la vivienda social; aunque en desmedro de su conocida arquitectura de putucus, casas de tepes características de la nación Uru, que ya no se ven.

Por último, pudimos visitar la comunidad Llapa Llapani, a 15 minutos al oeste de Huari. Donde pudimos ver un nuevo pueblo, con asentamientos recientes consolidados. Hay todavía algunos putucus, tanto para uso del turismo (con un bello mural interior), así como para resguardo de las artesanías. Las construcciones ancestrales están un poco más alejadas. 

Es importante decir que las comunidades están sufriendo mucho la desaparición del lago. Al ser su oficio ancestral la caza y la pesca, les ha estado costando mucho poder adecuarse a otras actividades económicas que puedan mantener la cohesión social y comunitaria.

Cada una de las comunidades tiene un territorio bastante reducido, de unas cuantas hectáreas nada más. Estos territorios no son óptimos para la siembra o el ganado. La actividad que les está dando ese espacio comunitario son las artesanías, aunque no tienen las ventas que ellos desearían.

El caso de Vilañeque es indignante en el sentido de que las obras para la piscicultura y la producción avícola fueron hechas muy irresponsablemente por las empresas ejecutantes. Por esa razón también se está apostando por el turismo comunitario; sin embargo, las vías de acceso a las comunidades son precarias. Nosotros nos plantamos dos veces con el bus.

En Llapa LLapani pudimos dialogar un poco. Les dije que nosotros en Oruro, nos decimos hijos de los Urus, que Oruro viene de los Urus, que hay flota Urus, Diablada Urus, y a veces capaz hablamos hasta lo que no se debe. Contestaron “No hay problema, porque nos hacen propaganda”, me dijeron entre risas.

La nación Uru, nos decían, tenía 10 ranchos en las riberas, ahora solo son estas tres comunidades. Sin embargo, en tiempos más antiguos, tenían como territorio todo el lago. Decir territorio es un poco arbitrario puesto que ellos más que tierra lo que tenían era agua y, de manera secundaria, islas y riberas. El centro de su vida no era la tierra como dadora de las cosas, sino el agua. Claramente, nos han dicho que si hay una deidad antigua para ellos es la Ma Quta o la Mama Qota. Cuando hacen sus rituales no entregan la qowa a la tierra sino al lago.

Foto: Víctor Burguete, La Voz de Tarija

Los antiguos Urus se fueron aymarizando y luego quechuizando. Cambiaron de lengua, pero muchas otras comunidades preservan costumbres antiguas, infraestructura y actividades de los Urus, aunque ya no se autodenominan así. La misma virgen del socavón es más agua que tierra y sus festejos son, por esa misma razón, en febrero, época de lluvias y no en agosto, mes de la tierra.

Es evidente que nosotros venimos de los Urus, pero nosotros no podemos ir hacia los Urus. Nos distancia ese mal camino, nos distancia la minería que contamina las aguas, nos distancia el lago que aparece y desaparece, las especies de aves que tampoco vuelan ya hacia ellos y ellos tampoco las pueden cazar; nos distancia el mestizaje, la historia, harto olvido y también nuestra pose de decir que tenemos mitos e historia, pero ya nos negamos en el presente.

Había aquí un espejo de agua donde podíamos vernos, allí estaban ellos, y no sabíamos que éramos nosotros. Ahora no hay espejo y cómo podemos decir quién es quién.

Sin embargo, hay equipos como Uru Uru Teams, en su tiempo Wasi Pacha, Cepa, y otros que mantienen esta comunicación necesaria, para encontrarnos en el ahora, porque hay mucho pasado, es cierto, pero el ahora se pone siempre urgente.  

El cristianismo nos cuenta que Jesús murió por su pueblo. Y muchos acudieron tristes a ver la tragedia de su calvario. Ahora me pongo en el lugar de las comunidades que han preservado la herencia ancestral y lo terriblemente doloroso que debe ser ver morir a tu dios o diosa, la madre agua. Qué gran impotencia se debe sentir.

Nosotros estamos casi cada día indiferentes, y eso mismo le pasó a Jesús. Hubo indiferencia general. Hay culturas milenarias de gran misterio y enseñanza, pero también hay algo cultural milenario de lo que nadie se salva en la humanidad y es la costumbre de hacernos a los giles. 

Oruro, 2026

Sergio Gareca es escritor orureño

Imágenes: aa.com.tr

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