Memorias razonadas de un escritor perplejo, de H.C.F. Mansilla: una conversación

Textual

Isa

Isabel Navia y Sofía Quinteros – Editoras

Memorias razonadas de un escritor perplejo es el más reciente libro de Mansilla, que se presentó el 22 de septiembre de 2026, en la Fundación Patiño, en un conversatorio con Alfonso Gumucio Dagrón. Esta es una transcripción in extenso de ese encuentro.

Alfonso Gumucio (AG). Gracias. Bueno, esto es un diálogo, entonces veremos cómo sale. Yo recibí una invitación muy curiosa de Felipe porque me escribe y me dice «te están dejando el libro en estos días para que lo leas, pero no necesitas leerlo porque vamos a charlar nomás de nuestros experimentos comunes y las cosas que tenemos en común.» Obviamente qué mejor provocación para que lo lean, pero yo soy un lector lento y soy un lector que además hace sus chanchullos. Voy anotando aquí, tengo como 20 páginas de anotaciones que no sé si las voy a poder ver, porque tenemos una hora para este diálogo, pero empezaré diciendo que tenemos cosas en común. Por ejemplo, ambos hemos nacido en Argentina, en el exilio. Hemos nacido en el exilio, aunque por motivos diferentes, que nos va a explicar ahorita Felipe. Nuestras madres eran argentinas, la mía es santafesina, la tuya de La Plata, ¿verdad? Entonces, quizás empezamos ahí por lo más antiguo, ¿Te parece?

H.C.F. Mansilla (FM). Tengo el gusto de tener como amigo desde hace muchos años a Alfonso Gumucio Dagrón, con quien me ligan varias cosas. No sólo el lugar de nacimiento, que es en general una pura casualidad, sino un interés muy marcado al que dedico una buena parte del libro: a los viajes y a países extranjeros.

Quiero mencionar esto en parte para provocar al público, porque yo sostengo, pudiendo equivocarme, que los bolivianos viven protegidos por las altas montañas, pero también limitados por estas, o por la mentalidad colectiva, o por la historia, de ver un poco más el universo.

Mi impresión, como digo, puede ser una impresión errada, es que los bolivianos no se interesan mucho por lo que pasa allende las fronteras patrias. En cambio, Alfonso Gumucio, no sé si ha sido una elección propia de él o ha sido un destino, tuvo que trabajar en países muy curiosos y muy poco conocidos aquí en Bolivia. Por ejemplo, Haití.

Yo me precio de haber visto una buena parte de este mundo mediante viajes. En viajes gasté todo lo que heredé, pero nunca estuve en Haití porque me pareció muy peligroso y por esa razón nunca he visto ese notable país. Pero nos une también el haber estado en países del África Occidental.

Trabajé para una fundación alemana que hoy lamentablemente se ha convertido a la extrema izquierda, la Fundación Friedrich Ebert de la Socialdemocracia, con base en Senegal. Y visitando, yo creo que todos los países del África Occidental, desde Mauritania hasta Nigeria, de los cuales, al contrario de Moro Gumucio, tengo muy mal recuerdo.

A mí me parece, y esto no es un intento de fortalecer un poquito el espíritu boliviano, pero yo creo que Bolivia es un país bastante bien organizado, con poca violencia, con mucha cultura, cultura además escrita, registrada, que puede ser comprobada, en comparación con los países africanos.

Visité un lugar en el que Alfonso ha vivido, creo yo, un país que antes se llamaba la República del Alto Volta y que hoy se llama Burkina Faso. Ya el nombre es simplemente ridículo. “La tierra de los hombres íntegros”; obviamente es por una medida propagandística que un dictador de ese país le puso. Y lo más interesante, nadie protestó en esa noble República del Alto Vota, a nadie se le ocurrió pensar que era una maniobra política del dictador circunstancial del país. Ahí me dediqué solamente a ver esos sí, muy hermosos edificios de muchos pisos, construidos solamente con barro, sin cemento, sin estructura ósea, digamos, sin cemento armado, y que sin embargo han resistido muy bien el paso de los siglos.

Lo mismo en Mali, un país que hoy está en guerra civil, igual que Burkina Faso, igual que Níger, donde esta mañana tuvo lugar un intento de golpe de Estado. Son países increíblemente, a mi juicio, inestables.

Siempre he admirado la paciencia que ha tenido Alfonso Gumucio de permanecer en esos países tan complicados, de vida, yo diría, muy compleja y muy arriesgada, donde la vida humana no vale mucho. Y sin embargo, él, que es un espíritu mucho más generoso que yo, ha encontrado cosas positivas en el África Occidental.

Mi impresión del África Occidental es que la enorme población de esos países (solo Nigeria tiene 220 millones de habitantes), no han dejado ni un árbol, ni un elefante, ni un león. Para ver esas cosas hay que ir a una reserva en Kenia, o en Sudáfrica, o a un jardín zoológico en Europa.

Yo creo que son países que se han arruinado a sí mismos, y no tanto la maléfica influencia del imperialismo. Entonces, ya esa visión del africano, muy diferente de la que tiene Alfonso Gumucio, es un vínculo que siempre me ha interesado tratar, porque es bueno contrastar la opinión que uno tiene con la de los otros.

Como él dice, y con esto termino esta pequeña disertación, nos ha unido ese destino de tener madres argentinas, la mía de primera generación de familia española, la de él, francesa, y también el hecho de haber visitado muchas veces Argentina.

Tuve el gusto de conocer al padre de Alfonso, que se llamó exactamente como él, un hombre muy elegante en mi memoria, alto, delgado como él, de estampa aristocrática, miembro fundador del MNR, partido odiado por mi padre y por mi persona. Pero, al mismo tiempo, don Alfonso Gumucio Reyes era un personaje plural, abierto, curioso por ver el mundo. Era un placer conversar con él. Yo lo conocí en la inauguración de la carretera Cochabamba – San Cruz, en enero de 1954. Él en ese momento era, si la memoria no me falla, Ministro de Economía.

AG. Presidente de la Corporación Boliviana de Fomento (aclara).

FM. Creo que eso fue antes. Tengo el leve presentimiento que tu padre ya era ministro de economía de ese régimen. Y por alguna razón, invitaron a mi padre y mi padre, que quería que yo sea ingeniero civil, me llevaba a toda inauguración, todo puente, carretera, ferrocarril, lo que sea, cosas que no me interesaban mucho, y yo, claro, chico obediente, iba a todas partes con él.

Y nos encontramos en la carretera, pernoctamos en Samaipata. Y ahí nos tocó una mesa con el padre de él y nos contó cosas muy interesantes. Yo era muy chico, tenía 12 años, pero me acuerdo muy bien de las cosas realmente interesantes de la vida interna del MNR que contó el padre de Alfonso.

Alfonso Gumucio Dagrón

AG. Yo no te voy a dejar que hagas trampa, porque aquí estamos hablando de ti.
A ver, este libro, para que sepan ustedes que lo van a comprar y leer con mucho placer, tiene 12 capítulos, incluido un epílogo, y es interesante porque no transcurren en orden cronológico, sino más bien temático, y eso los hace más interesantes.

Y el capítulo 4 es el que ha mencionado Felipe, que es el de los viajes, es el más largo y uno termina de leerlo agotado de haber recorrido tantos países, que a mí me dio pena que no se detuviera un poco para respirar en cada uno de los países que menciona.
Sus viajes, a diferencia de los míos, y ahí podemos hablar de las diferencias también, son como circulares, es decir, son viajes donde él siempre vuelve a la casa de los amigos que cultiva durante décadas, entonces puede hacer un viaje largo, pero termina en Alemania, en casa de sus amigos más queridos, o en algún otro país europeo, generalmente donde tiene amigos muy queridos.

Dice en las primeras líneas. Hay una cosa curiosa en este libro autobiográfico, porque él trata todo el tiempo de convencernos de que es pésimo, de que no vale la pena leerlo, de que lo que va a contar es totalmente libresco, su vida ha transcurrido entre libros y que no tiene ningún interés. Pero el libro demuestra lo contrario, porque un libro no es solamente lo que tú narras, sino cómo lo narras. Y yo creo que Felipe es un gran narrador, humilde en muchos sentidos, porque todos creemos que tiene unos cuantos libros, cuando en realidad tiene 64 libros hasta el momento de haber cerrado esta autobiografía, 11 de los cuales están publicados en Alemania, tres en España, tres en Venezuela, una producción enorme de la que conocemos, y me declaro culpable, muy poco.

Este es un país, en general, de muy pocos lectores y es una cosa que machaconamente repite Felipe a lo largo de su autobiografía, no quejándose de que no lo lean a él, sino que la gente no lea en general, porque eso es lo triste de todo esto. Dice al principio que se contenta con cuestiones menores y pensamientos dispersos, pero especialmente ese primer capítulo es sumamente interesante porque desembarca en unas 20 páginas toda su filosofía de la vida, que me parece muy interesante.

Creo que en ese primer capítulo está contenido mucho de lo que después va desgranando en los capítulos siguientes, quizás demasiado apresuradamente. Entonces, esta aseveración, en las primeras líneas, me pareció que era una aseveración temeraria para un filósofo, casi una trampa para el lector, porque claro, el lector tiene que juzgar si es cierto y para eso tiene que leer el libro. Entonces es una invitación a leer el libro.

En el trato cotidiano, Felipe es una persona tremendamente amable, cordial y todo, pero en su manera de escribir es mordaz, es decir, no perdona nada, dice todo lo que hay que decir y eso es importante en una autobiografía. Es duro con los demás y es duro consigo mismo, lo cual es raro en una autobiografía, porque una autobiografía tiende a justificar la vida que uno ha llevado y creo que Felipe en muchos lugares de este libro reconoce sus falencias o lo que quiso hacer y no fue.

De hecho, hay algunos capítulos que tienen títulos muy sugestivos de cómo quiso darle un propósito a su vida y que en determinado momento él considera que no logró lo que hubiera querido ser. Creo que uno de los capítulos más interesantes también, y aquí quizás nos pueda ilustrar más Felipe, hay un capítulo que habla de sus amores y otro de sus desamores. Ojo, no me refiero a las parejas que ha tenido, a quienes menciona muy brevemente, muy de pasada, sino a sus amores filosóficos.

Es decir, hay un capítulo donde él habla extensamente, evidentemente con muchas referencias y cosas muy interesantes de sus amores. Por ejemplo, el capítulo El rol de la confusión en mi vida, y aquí voy a hacer una pequeña digresión, porque algo que es importante y que está en toda la autobiografía de Felipe es la duda. Es decir, creo que citas a Octavio Paz, que dice que uno aprende o lee para aprender a dudar, una cosa así, porque el que no duda, el que tiene solamente certezas, no puede llegar muy lejos, evidentemente. Y entonces la duda tiene un espacio muy importante en la vida y en la literatura y en esta autobiografía de Felipe.

Otro título de capítulo es Construir una vida con sentido; ahí sí habla un poco de la familia, etc. Y el capítulo 5 es el que habla de sus maestros. Entonces empieza citando a André Gide, que decía que todas las cosas ya han sido dichas. Entonces uno no hace más que repetir, de alguna manera, cuando escribe, pero lo hace -evidentemente- de manera diferente. Uno de sus maestros es Hans Magnus Erzenberger, que yo no sabía, me he enterado ahora, que estuvo aquí en Bolivia y que Felipe lo llevó a pasear.

Quizás sería interesante que nos cuentes esa experiencia. No sé si ustedes han leído a Magnus Enzensberger, yo me acuerdo un texto muy lindo de él, sobre los lujos del futuro. Hace 40 años ya decía que el antilujo del futuro iba a ser el teléfono celular, ¿Verdad? Y cita diez lujos del futuro, que era uno que cita Felipe también, la falta de tiempo, el tiempo que se va, el aire limpio, en fin.

Felipe es un defensor del medio ambiente, o por lo menos tiene una conciencia muy profunda de lo que es la destrucción del medio ambiente, lo cita a lo largo de su biografía. Pero quizás nos cuentas estas anécdotas que pueden ser interesantes de tus maestros, empezando por Hans Magnus Enzensberger.

Hugo Celso Felipe Mansilla

FM. Este es un capítulo de la desilusión. No sólo el escritor y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger, sino muchos otros autores y personalidades que yo he admirado, me parecieron en el curso de mi ya larga vida, una desilusión por sus acciones, por la repetición de sus obras y sobre todo por su posición política.
Yo no fui alumno directo, pero asistí a muchos cursos y leí la obra, creo yo, completa, del famoso filósofo alemán Theodor V. Adorno. Y este señor que, sobre todo en círculos de artistas, de escritores, goza de una fama enorme hasta hoy.

Este señor me pareció muy interesante y al mismo tiempo una desilusión. Y así los otros autores que yo menciono en este capítulo titulado Mis maestros, se podría haber llamado “mis maestros, una profunda desilusión”. Todos ellos terminaron, curiosamente, desilusionándome.

El caso de Enzensberger, que parece interesar aquí a Moro Gumucio es muy claro. Yo supongo, pudiendo equivocarme, que él ha escrito el alemán más elegante en el campo de las ciencias sociales y de la literatura. Yo creo que solamente Goethe ha podido escribir un alemán tan extremadamente musical y elegante como Enzensberger. Además, era un políglota, hablaba un español extraordinariamente bueno. Pero cuando vino aquí a Bolivia, invitado por el Goethe-Institut, yo estoy hablando del año 84, hace muchos años de esto, pensé que él iba a tener un mínimo de interés por la historia, por los aspectos culturales del país o por las curiosidades. Pero no. Él ya tenía, sin haber estado nunca aquí, un mapa perfecto de lo que era la cultura, la historia, la filosofía, la literatura y cómo eran los bolivianos. Es decir, tenía ideas prefijadas. A mi concepto, eran ideas en parte completamente falsas. Él creía que los bolivianos eran unos revolucionarios, como en Cuba, etc. Y yo creo que él no veía lo que para mí es importante.

Y esa es una de las habilidades de Alfonso Gumucio Dagron, las diferencias, los matices, las sutilezas. Eso creo que en los rasgos generales no le interesaron al señor Enzelsberger para nada. Para nada. Él jamás me preguntó. Estuvimos muchos días juntos viajando por el país, él jamás me preguntó nada sobre el país. Pero él nunca paró de hablar. Hablaba tan hermoso, decía cosas tan interesantes, que yo, obviamente, nunca me permití interrumpirle o hacerle una pregunta, nunca me atreví.
Pero era una descripción del mundo y de él mismo, que en el fondo era como leer un libro de él. Es decir, me pareció que él tenía poco interés por las cosas particulares, por las cosas concretas, por las personas específicas de este mundo.

AG. Bueno, ese capítulo en el que a tus maestros que los pones en duda, no es en realidad de tus desamores, que es el siguiente capítulo. Porque en este capítulo, en el 5, tú hablas muy bien de Jasper, de Weber, de Stefan Zweig, y te decepcionas de Benjamin, de Adorno, evidentemente, pero hablas muy bien de Hannah Arendt, salvo de su relación con su gran maestro. Hablas bien de Camus, o sea, no hablas mal de todos ni te decepcionas de todos.

Portrait of German-born American political theorist and author Hannah Arendt (1906 – 1975), 1949. (Photo by Fred Stein Archive/Archive Photos/Getty Images)

FM. Hay evidentemente excepciones. Un lector exacto y acucioso como Moro Gumucio se da cuenta de que yo aquí, obligado por el público presente a resumir rápidamente un montón de conocimientos, incurro en generalidades que no son naturalmente sostenibles. Eso lo anotó muy bien, el señor Gumucio, pero yo quisiera decir que los grandes maestros en general me han parecido una desilusión, una desilusión además muy grande y muy completa, y eso se nota en uno de los capítulos donde yo hago una revisión de mi biblioteca y yo tengo el presentimiento que más o menos dos textos de mi biblioteca han sido una pésima inversión, o sea que no ha valido la pena. Los libros no son siempre ese objeto precioso.

Yo digo también en un capítulo que el ser humano tuvo dos grandes inventos: el libro y la cama, pero después de ver la cantidad de ejemplares que creo que los voy a quemar o regalar, estoy muy desilusionado justamente de ese objeto tan interesante.

AG. El título alternativo que tiene este capítulo de los maestros, es “Mis fuentes de inspiración, pese a todo”. Bueno, rechazas a Benjamin y a Adorno por ser muy tolerantes con el comunismo soviético, pero analicemos tu propia ideología. ¿Cómo has evolucionado tú en términos filosóficos, desde tus primeras publicaciones hasta las más recientes?

FM. Vengo de un hogar que era muy complejo, mi madre una católica creyente, y mi padre tenía simpatías por un partido que ya no existe, el Partido de la Izquierda Revolucionaria. De ahí se deriva en parte, creo yo, todo lo que yo pienso, porque yo pienso que ambos tenían razón, parcialmente. Entonces, la evolución de mi pensamiento en realidad, dicen mis enemigos con cierta razón, que yo no he evolucionado, me he quedado en la etapa infantil, con una ligera, muy suave rebelión contra el padre, es decir, contra ideas izquierdistas, etc. Y al mismo tiempo también un cierto desapego con respecto a credos religiosos. En el fondo soy una persona que todavía busca, que no tiene una ideología clara, no he evolucionado en ese sentido. Mi especialidad es criticar a otros y a otros fenómenos, no tanto el crear una idea original.

AG. Hay anécdotas sabrosas en tu libro y una que me hace pensar que tenemos que ir mirando la hora, porque conversar contigo demasiado tiempo puede ser un preludio de muerte. Hay una anécdota que sucedió con José Luis de Ímaz en Buenos Aires, en mayo del 2008. Sería interesante que la cuentes.

FM. El sociólogo argentino José Luis de Ímaz era, en las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, uno de los pensadores argentinos más importantes. José Luis de Ímaz venía de una familia muy aristócrata de Córdoba, terrateniente, pero al mismo tiempo era peronista. Él fue lo que ahora sería un viceministro de cultura en el gobierno de Carlos Saúl Menem, y él nunca ocultó sus notables preferencias por el peronismo. Lo que menciona Moro Gumucio es que Ímaz me invitó a cenar a su casa y yo noté que estaba un poco cansado y que le fallaba un poco la memoria. Confundía un poquito personas y casos, pero siguió hablando hasta muy tarde, y me despedí de él ya muy, muy entrada la noche. Pero al llegar a mi hotel de vuelta, me llamó la esposa y me dijo que acababa de fallecer. Es la única anécdota. Después, mis contactos con los otros maestros no han sido tan peligrosos.

AG. Sobre esto de los viajes, esto de que tus viajes son circulares, haces una afirmación que es interesante. Hablando de una vuelta por el mapa de Europa, de un itinerario irracional, dices y dices que esta irracionalidad “ha sido probablemente una representación fidedigna de mi espíritu confuso, de mis indecisiones y de mi inseguridad para emprender un rumbo claro.” Y sin embargo, todos tenemos la impresión de que tú eres un tipo que sabe muy bien lo que piensa y a dónde va.

FM. Oh, no. Oh, no, de ninguna manera. Yo no tengo ni siquiera un programa para mañana miércoles. No sé qué voy a hacer mañana. Por las dudas, el día jueves sí tengo algo, voy a presentar una novela de mi amigo, el notable escritor Ignacio Vera de Rada. Pero aparte de ese compromiso el día jueves, para el resto del año no sé qué cosa voy a hacer. Ya no trabajo en la universidad, me han echado de las dos carreras donde tenía algo que ver, filosofía y ciencias políticas, y no tengo ningún programa, nada. Y han sido así mis viajes.

Como tenía algo de dinero, yo, por ejemplo, iniciaba un viaje por una región que me gusta muchísimo, el norte de Italia, pero decidía prácticamente de un momento a otro qué otra ciudad, qué otro paisaje, qué otra cosa visitaba. Es decir, tanto los viajes como mi vida han sido, tal vez, por suerte, un poco caóticos.

AG. Y a mí me da la impresión de que esa cabalgata dispersa tuya, era que estabas escapando de algo. Esa es la impresión que me dejó a mí. Y no me refiero de tus parejas, que han sido varias, sino del país, de alguna manera, porque además de la fuga en círculos, hay algo que dices y es que cuando viajas, tu estado de salud mejora notablemente, y llegas a Bolivia y te enfermas de todo. Y desde 1990 dices que está muy enfermo, lo cual todos sabemos que no es cierto.

FM. En un viaje uno está naturalmente muy atento a cosas inesperadas, por ejemplo, cómo va a ser el hotel, qué se va a hacer al día siguiente, itinerarios, museos. Es decir, uno no tiene mucho tiempo para pensar en sí mismo. Pero cuando uno está en el hogar, el hogar es al mismo tiempo algo muy positivo, uno se siente bien, aunque al mismo tiempo es algo opresivo. Esa es la impresión que yo siempre he tenido.

AG. Hay cosas que me interesan mucho, porque, a ver, dices, por ejemplo, bueno, hablas de tu hogar familiar, etc. De tu madre, de tus hijos. Una duda me viene porque veo que si en filosofía dudas, en política eres tajante e intolerante, me da la impresión. ¿Me vas a contradecir? ¿Eres un hombre prejuicioso?

FM. Puede ser. Uno mismo se conoce mal. Yo digo aquí, claro, es un ardid, una treta de escritor típica. Yo digo, he escrito este libro para conocerme a mí mismo, lo cual obviamente, hay que tomarlo cum grano salis. No es del todo verdad, pero tampoco es mentira. Es decir, yo mismo creo ser algo liberal, pero puede ser que yo tenga prejuicios.

Aprecié mucho a algunos personajes que estaban ligados al MNR. Por ejemplo, cultivé una cierta amistad con uno de los personajes más siniestros del MNR, que fue Augusto Céspedes. Pero yo reconozco que era un escritor muy brillante, y sobre todo un hombre extraordinariamente ameno. Todos los jueves, en los años ochenta, noventa, él recibía en su casa los amigos, y él solo, él solo divertía a todos durante unas cuatro o cinco horas, porque él tampoco paraba de hablar como Elzensberger, y lo hacía brillantemente, era muy brillante Augusto Céspedes. Nunca me convenció absolutamente nada, nada de todo lo que dijo, pero lo contaba tan bien que evidentemente diluía los prejuicios que yo había recibido en la casa.

Augusto Céspedes (Wikipedia)

Mi padre era partidario de los gobiernos que hubo entre 1946 y 52, gobiernos apoyados por el Partido de la Izquierda Revolucionaria. Mi padre fue muy activo en esa época y para él, como para mí, el 52 fue una verdadera catástrofe. Se hundieron los sueños de mi padre totalmente, nunca más volvió a ser el mismo después de abril del 52. Y obviamente yo he heredado, como dice Alfonso, algunos prejuicios políticos, por ejemplo, contra el MNR, pese a que yo estimé mucho a su padre, a Augusto Céspedes, a René Zavaleta Mercado, a quien conocí personalmente, etc., pero ese partido siempre me ha parecido una de las desgracias repetitivas de este país, igual que los dos otros que se llaman movimientos: el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria, MIR, y el Movimiento al Socialismo. Los tres me parece que han conducido este país por un mal camino.

AG. Ahora, en honor a la verdad, tú mismo dices, a ti la reforma agraria no te afectó; dices: “Mi estudio, el estilo de vida de la familia continuó, seguíamos teniendo una vida bastante cómoda”, y en alguna otra parte del libro te llama la atención que algunos filósofos o algunos autores hablen de su infancia desgraciada. Creo que te refieres a Freud, en algún momento dado. Tú no has vivido eso, pero tampoco te hace falta haber sido desgraciado de niño, es decir, haber vivido cómodamente te ha ayudado en muchos sentidos, porque además hablas de las empresas de tu padre, y la generosidad que distribuía entre sus hijos siempre, más o menos, pero les permitía, digamos, moverse por el mundo.

FM. Por ejemplo, yo tuve hasta se poco (murió hace pocas semanas), una hermana que rara vez trabajó. Mi hermano, bueno, y mi hermana, creo yo, trabajaron poquísimas veces en la vida, si han trabajado. Y yo también trabajo muy poco en la vida, con horarios fijos, con empleador, rarísima vez. Eso, claro, yo le agradezco muchísimo a mi padre, pero podría habernos dejado una mayor herencia.

Si él hubiera administrado mejor, yo en este momento podría estar en Francia, en la Côte d’ Azur, gozando del sur de Francia, etc. Y eso lamentablemente no se ha podido, en parte, claro, muy parcialmente, debido a lo que nos pasó en Cochabamba, porque mi familia en parte proviene de Cochabamba y en agosto de 1953 perdimos una hermosa propiedad en Pairumani, cerca de Quillacollo, en Cochabamba. Era una propiedad por la cual el MNR nunca pagó la indemnización que prometió, porque la reforma agraria prometía una indemnización por las pérdidas.

Nunca movieron un dedo para pagarnos algo por esa hermosa propiedad.

Por ello es que mi vida no ha sido tan magnífica como cree la gente, de ninguna manera. Ha sido una vida en el fondo muy sufrida, muy tarde en la vida. Por ejemplo, he tenido que trabajar en la universidad, cosa que no lo hago con gusto.

AG. Para él es un castigo tener horarios, tener que enviar una columna semanal a un periódico, todas esas cosas son como cadenas. Eso lo dices en varios lugares. Dices que escribes, entre otras razones, porque tienes mala memoria.

FM. Sí.

AG. A mí me parece que nos beneficiamos de eso porque, tu mala memoria hace que nos enteremos de cosas muy interesantes sobre tu vida. Pero también dices que escribes por esta necesidad de comprender el mundo, que es una cita de Hannah Arendt. Otra cosa que tenemos en común es que ambos escribimos diarios íntimos.

FM. Sí. Tengo una mala memoria y eso lo noté ya en el colegio, en la primaria, y por lo tanto siempre anoto con fechas más o menos exactas todo lo que me ha pasado. Ese diario íntimo nunca va a ser publicado porque además no es muy interesante, son generalmente detalles, fechas, personas, etc.; la inmensa mayoría de esos contactos personales nunca llevó a nada, a nada concreto. Por ejemplo, los muchos contactos que he debido hacer en mi vida con mujeres, yo diría que el 95% fue una mala inversión en tiempo y dinero, no llevó absolutamente a nada.

Y por ejemplo, lo que cuento de un amor que tuve en Colombia fue desastroso, eso no lo pongo en el libro, pero fue desastroso en términos financieros y el tiempo que yo invertí, porque en Colombia yo no tenía obviamente casa, tenía que estar en un hotel y para estar a la altura de ella tenía que estar en lo mejor de Bogotá, y eso fue una inmensa inversión que no llevó a ningún rédito concreto.

AG. Otra cosa interesante que dices en varios momentos es que has hecho amistades mejores con gente que tú calificas de izquierda que con gente conservadora, lo cual a mi juicio hace de ti un hombre progresista, aunque la palabra no te guste.

FM. La palabra no me disgusta, lo que pasa es que las fuerzas de izquierda, muy hábiles para todo lo que son relaciones públicas, han monopolizado el uso de ese concepto desde hace décadas. Solamente por eso la palabra, no es que me disgusta, sino que la uso poco.

Cuando yo estudié en Alemania, ocurrió la famosa revuelta estudiantil en toda Europa, de 1968. Esa revuelta empezó donde yo estudiaba, en Alemania, un año antes, en junio de 1967. Todos mis amigos, sin ninguna excepción, se convirtieron en izquierdistas, algunos de un día al otro. O sea, por ejemplo, yo iba a veces a un grupo que tenía además unas cenas muy buenas, unas chicas muy guapitas, era la Unión Liberal Estudiantil, que dependía del Partido Liberal, que justamente en las últimas elecciones se ha hundido estrepitosamente, no ha podido ingresar ni con un solo diputado a ninguno de los parlamentos regionales alemanes, se ha hundido completamente. Pero en esa época era todavía muy importante el Partido Liberal. Estaba aliado primero a la Democracia Cristiana, luego al Partido Socialdemócrata, estuvo aliado prácticamente a todos los partidos políticos hasta hace muy poco tiempo.

Yo iba al Partido Liberal, como les dije, porque había muy buenas cenas, las chicas eran muy guapitas, los tipos me parece que me estimaban. Pero el incidente que desencadenó la revuelta estudiantil en Berlín ocurrió el 2 de junio de 1967. Yo, como siempre, al fin de semana siguiente (habían pasado tres días) fui a la Unión Liberal y me encontré con que todos mis amigos, todas las chicas, se habían vuelto izquierdistas y marxistas, todos, todos, todos. Y cuando pregunté por qué, el jefe, que era mi amigo de la juventud liberal, me dijo: “Hay que estar con el tiempo. Esta revuelta me ha abierto los ojos a la verdad histórica y no se puede ir contra la historia. Tú deberías hacer lo mismo”. Y no sé por qué, eso me cayó extraordinariamente mal.

AG. De hecho dices que después terminaron enriquecidos, como todos los que llegan a posiciones altas. Yo me he distraído, me he divertido, he disfrutado la lectura de esta autobiografía, más allá de los desacuerdos que podamos tener, porque yo creo que Felipe está más allá de las pequeñeces, está más allá del pueblo chico, el pueblo enfermo, el lamento boliviano, los enanitos verdes, en fin. Estás por encima de esas cosas, y eso te ha permitido una gran libertad para expresarte también.

Ahora, en el texto, aunque lo niegas muchas veces, hay una cierta coquetería literaria. Te gusta trabajar con las palabras. Dices tú mismo que revisas un texto, es decir, lo pules bien. Hay un trabajo ahí, no es simplemente acordarse de las cosas y escribirlas.

FM. Bueno, es el trabajo, yo creo, de todo escritor. Además, como yo, en mi ya larga vida, he tenido mucho tiempo libre, he tratado naturalmente de mejorar un texto, y he tratado de seguir el consejo de otro de mis maestros, que me fascinó y desilusionó: Jorge Luis Borges, quien dice que la labor del escritor es aminorar un énfasis y reducir una parte muy larga de un texto. He tratado eso, de cortar, de recortar un texto y hacerlo más legible.

AG. Una cosa que tenemos en común, y que seguramente aquí todos los de nuestra generación tienen en común, son nuestras primeras lecturas, eso es muy lindo. No sé a qué edad los que están aquí leyeron, por ejemplo, a Dumas o a julio Verne. Eran nuestras primeras lecturas. ¿En qué medida alimentaron quizás tu espíritu viajero después? Porque en mi caso sí tuvo influencia tanto Dumas como Julio Verne, incluso Agatha Christie, que yo me leía todas las novelas, tú no la mencionas, Agatha Christie es otro género, evidentemente, pero tiene algo de influencia en tu futuro viajero.

FM. Me encantó Julio Verne. Tenía una enorme debilidad, cuando yo era adolescente, por este autor. No solamente la cantidad de viajes que él realizó desde su escritorio, viajó muy poco, pero las descripciones que él hacía de países, por ejemplo, de mentalidades, de sociedades, eran descripciones que animaban a uno a tratar de conocerlas.

A eso se debe también justamente la posición de mi madre. Mi madre nos llevaba a Buenos Aires y La Plata muy a menudo, casi cada año. Entonces, yo desde muy niño, es decir, yo, por ejemplo, vine a Bolivia a las pocas semanas de haber nacido, en tren que duraba cinco días el viaje. Durante toda mi infancia yo he estado cruzando fronteras muy, muy a menudo, obligado por mis padres. Y después a uno le gusta eso. Es también lo que yo creo, con perdón del público, por lo que voy a decir que no va a gustar, que creo que es uno de los núcleos de la mentalidad boliviana.

Jules Verne by Étienne Carjat

Los bolivianos a veces, muy de vez en cuando, protestan por la mala administración de la justicia, el exceso de tramitología y burocracia, etcétera, etcétera. Pero yo creo que de la pequeña protesta se pasa fácilmente a la tolerancia, y de la tolerancia, lo que no va a gustar a ustedes, es que a los bolivianos les gusta la mala justicia, la mala burocracia, etc. Les encanta. En cambio, lo que yo noté en mis primeros días en Alemania era una burocracia completamente diferente. En los 20 años que he estado en Alemania, nunca, nunca he tenido que hacer una fotocopia de un documento de identidad, nunca. Es decir, por ejemplo, obtener un título aquí, el título de doctor o de magíster en la Universidad Mayor de San Andrés tiene más o menos 122 pasos. La mayoría de esos pasos son pagados, y eso que es una universidad pública, etcétera, etcétera. Tienen que ser pagados por los pobres tontos que hacen el trámite. Cuando yo he sacado mi doctorado en Alemania, he hecho tres trámites, perdón, tres pasitos en media hora. Eso fue absolutamente todo, que, en términos comparativos, me gustó mucho.

Yo tengo todavía un amigo alemán, el único que me queda por razones de edad, que ha escrito además sobre Bolivia, y el hijo de él es un antropólogo que vive aquí en Bolivia. Y él me mostró la necesidad de comparar culturas y me dijo que, precisamente porque a los latinoamericanos no les gustan las comparaciones, “tu deber sagrado”, me dice, “es hacer comparaciones”. Y claro, como yo era muy impresionable, muy ingenuo, a los 20 años yo le creí y me he dedicado a hacer esas comparaciones odiosas.

AG. El libro ha sido para ti lo más importante. Dices: “No hay duda de que el invento más glorioso de los hombres ha sido el libro. El aire que emana de las grandes obras no es un viento pesado o maloliente, sino una corriente cosmopolita, en principio abierta a todo el mundo. Este aroma permite soñar, imaginarse un mundo distinto y tal vez mejor”. Hay textos muy bellos, como pueden constatar, y has vuelto siempre a los libros en busca de respuestas, pero no siempre las has encontrado, porque tu carácter, digamos, tu rasgo filosófico de dudar de todo y de todos, hace que ningún libro sea definitivo, ningún libro sea la Biblia, digamos, por decir un ejemplo.

FM. En eso Moro Gumucio tiene completamente razón. Nunca he encontrado un autor, un libro, una tendencia que sea completamente de mi gusto. Mi tendencia a dudar, mi amor, por ejemplo, por filósofos como Sócrates o Descartes, o también Octavio Paz, que es un notable filósofo, me ha llevado siempre a poner en duda lo que uno ve, lo que uno lee, etc. Y esa duda creo yo que es algo constitutivo de la cultura occidental, y creo que es lo rescatable de la cultura occidental, esa tradición socrática.

Por ello creo yo que todas las grandes modas actuales, en filosofía, en ciencias sociales, en literatura, que tratan de rescatar las emociones, las intuiciones profundas, que son verdades que uno cree, todo eso me parece lamentable.

Por eso es en parte, que no tengo simpatías por corrientes como el indianismo, y tampoco por el nativismo. Es el nombre que tiene el indianismo en muchos países del África. Y por eso a mí no me gustó esa atmósfera cultural en el África de la cual Moro tiene una opinión un poco más positiva que yo. A él, por ejemplo, le ha gustado Burkina Faso o Haití. A mí me parecen sociedades detestables. Él tal vez nos podrá contar ¿Qué le gustó de Burkina Faso?

AG. No estamos para hablar de mí, pero brevemente, yo no los pongo a todos en el mismo saco. Es decir, para mí, Nigeria, por ejemplo, cuatro años en Nigeria han sido los años más difíciles de mi vida, porque, he visto la corrupción más grande, la deshumanización más grande y, en cambio, en Burkina Faso, un país chiquito, al que tú, cuando te referías al dictador, te referías a Tomás Ankara, que era un capitán del ejército, que finalmente le dio cierta dignidad, aunque tú te burlaste del nombre, tienes todo el derecho de hacerlo, pero le dio dignidad a ese país, cambiándole el nombre geográfico que le habían puesto los colonialistas franceses de Alto Volta, con Burkina Faso, que es una combinación de dos idiomas de este país y que quiere decir tierra de hombres íntegros.

El periodo que yo viví fue interesante y no duró mucho, la prueba es que asesinaron a Tomás Ankara, porque era un tipo progresista, en el sentido de que, por ejemplo, a su gabinete de ministros les dijo que aquí ningún lujo, todos van a manejar el vehículo oficial, un Renault 5, que es un autito muy pequeño. Todos tenían el mismo auto. Y a todos los obligaba a tener el mayor rigor y la mayor honestidad y todo en el poco tiempo que estuvo en el poder. Y algo que quiero decir es que su hermano de cama y rancho, su hombre más fiel, Campaore, lo asesinó y se quedó con el poder y se enriqueció. Ese sí se convirtió en un dictador, estuvo treinta y tantos años de dictador. Entonces hay diferencias que yo veo entre los países porque me ha tocado tener la suerte no de visitarlo, sino de trabajar, estar ahí suficiente tiempo. Pero eso es al margen.

Hay una parte que me parece interesante donde dices: “La conciencia no se puede investigar”, citando a Erasmo de Rotterdam. ¿Quieres expandir un poquito eso?

FM. No necesariamente. Sí, bueno, algo que nos une es Nigeria.

AG. Sí, claro. Un país que yo recuerdo que, quizás también tú lo recuerdas, había el scam nigeriano.

Les voy a contar una brevísima anécdota. Yo vivía en una isla que era bastante cómoda, iba a hacer mis ejercicios a un gimnasio en el hotel Eco Meridian, de la cadena Meridian. Y un día escucho hablar en castellano, con acento ecuatoriano. Y eso era relativamente raro que hubieran ecuatorianos ahí. Entonces me acerco a ellos y les digo: “¿De dónde son ustedes?” Y me dicen de Ecuador, con el acento que Zabaleta, a quien le has dedicado un libro. Decía Zabaleta, decía los ecuatorianos son bolivianos con Valium. Entonces me acerco a ellos y les digo, “¿Qué hacen aquí?” – Negocios, responden. – “¿Con quiénes? ¿Con nigerianos?”, les digo. -“Sí, sí, con nigerianos”.  “Cuídense”, les digo y me voy a hacer mis ejercicios a otro lado. Luego vienen los dos detrás de mí y me dicen: “¿Por qué nos has dicho que nos cuidemos?”. Respondí que se acababa de publicar el domingo pasado en International Herald Tribune, en cinco columnas, un artículo que dice a business proposition that you have to refuse. Una propuesta de negocios que es mejor rechazarla.

Era toda la época en que uno recibía cartas que decían cosas como “yo soy la viuda del general Abacha o lo que sea, he heredado 40 millones de dólares, te doy el 10% si me permites usar tu cuenta para transferir a través de Londres”, o lo que sea. Y ahí cayeron muchos, incluso bolivianos que regresan al país con la cola entre las piernas. Lo que sucedió con los ecuatorianos y había sucedido con mucha gente y era el tema de conversación entre los expatriados, los extranjeros que estábamos en Nigeria, era que los recibían en el aeropuerto, les decían, deme su pasaporte, yo me ocupo de conseguirle la entrada aquí, mañana lo vemos al ministro y van a ver a uno que no era evidentemente el ministro, pero tenía corbata, etc. Que les decía que harían el negocio, pero había que aceitar un poco los mecanismos. “Así que espero que hayan traído algo de efectivo. 10 mil, 15 mil dólares, se los entregaban. Entonces a los ecuatorianos les digo: “¿Cuánto ya han dado?”, 15.000 dólares dicen. “¿A quién?” y me responden que al chofer del ministro. Así era la cosa.

Es decir, la ambición por ganar plata les nublaba el entendimiento, y muchos de ellos corrían riesgos porque no les devolvían sus pasaportes, los amenazaban con llevarlos presos en Nigeria, lo cual no era aconsejable, porque las cárceles nigerianas no son muy bonitas. En fin, pero no estamos aquí para hablar tanto de eso.

Dices que eres un vampiro literario. A ver, ¿solo escribes durante la noche? ¿Qué pasa? ¿Tienes insomnio o es cuando te inspiras?

FM. Debido a que pocas veces en mi vida, por suerte, tuve que trabajar, me acostumbré tempranamente -quiero hacer un juego de palabras- a levantarme tarde; desde muy temprano odié levantarme temprano.

Yo tenía el récord absoluto de atrasos y faltas en el colegio alemán, pero como tenía buenas notas y mi padre tenía una buena posición, nunca en el colegio se atrevieron a hacerme problemas porque llegaba tarde. Y luego en Alemania, es un sistema universitario, por lo menos en ciencias sociales, completamente diferente al boliviano, uno puede elegir en forma absolutamente libre a qué clases uno acude, a cuáles sí, a cuáles no, yo elegí siempre clases que eran después del almuerzo; eso a los 20 años. Por lo tanto, ha quedado esa tradición. No puedo escribir, ni puedo pensar a la luz del día. Necesito la relativa oscuridad de la noche. Y he reunido algunos testimonios de escritores famosos, como Stefan Zweig, que también explican por qué la noche es lo ideal para escribir.

Entonces, no es que yo tenga insomnio, sino que realmente yo empiezo a pensar recién a partir de las ocho de la noche. Eso no pude practicar en el breve tiempo que estuve en ese horripilante país llamado Nigeria. Moro es muy generoso con los países donde ha estado, es muy generoso con las culturas, él colecciona obras de arte, pinturas, máscaras, tiene una notable conexión de esos países. Pero se le ha escapado, ¿no es cierto? ¿Han escuchado una crítica a Nigeria?, porque ese país, el más poblado del África, 220 millones de habitantes, es pues un país que debería ser serio, y sin embargo, es lo más corrupto, lo más informal en todo sentido; es una desgracia.

Uno va, por ejemplo, por una carretera, como me tocó a mí, ir de Lagos, la entonces capital, a Ibadán, que tenía una universidad famosa, y por la carretera repentinamente venían camiones a toda velocidad por el lado equivocado. Ellos mismos no tenían la más remota idea de reglas de tráfico.

AG. Ahí tengo una anécdota: justo en la misma carretera, mira las coincidencias. Ibadán es la segunda ciudad de Nigeria después de Lagos, que era la capital en el momento en que yo estaba ahí. Ahora es Abuja, que la quisieron hacer como Brasilia, vieron el mapa y dijeron “bueno, este es más o menos el centro del país, aquí vamos a hacer Abuja”, y construyeron una capital nueva, con barrios pobres incluidos, con todo. No solamente hicieron Brasilia, sino que llevaron la pobreza también ahí. Pero bueno, en un tránsito, yo escapaba de Lagos.

De hecho tengo un libro inédito escrito en inglés, que nunca obviamente lo he compartido con otras personas, salvo con los que llegaban, los expatriados que llegaban a Nigeria, y se llama The Nigerian Factor, el factor nigeriano. Eran siete capítulos donde hablaba de la corrupción de los hoteles, de los aeropuertos, que eran fatales. Las anécdotas que tengo de aeropuertos y de aviones en Nigeria son como para novela.

Pero bueno, el caso es que yendo una vez con el chofer de la oficina, yo trabajaba en UNICEF en Nigeria, yendo de Lagos a Ibadán, veo que el chofer hace una maniobra para evitar un cadáver que estaba en plena carretera. Lo evitó, como lo más usual.

Fui a ver a mi amigo Chief Oloruntova, que era un pintor nigeriano que se aparecía cada cierto tiempo por mi casa en Lagos, se terminaba media botella de whisky y me vendía tres o cuatro cuadros baratos, por suerte, porque me decía: “Tengo mis cuadros en mi exposición en Nueva York, my brother, mi hermano, así que yo los vendo así, por nada”. Son lindos cuadros, tengo diez cuadros de él.

Pero bueno, tres días después de visitar a este amigo y de visitar la oficina zonal de UNICEF en Ibadán, regresamos y en el mismo lugar seguía el cadáver, solo que era una estampilla porque ya le habían pasado encima 50 mil autos, nadie lo había recogido, ni la policía ni nada. Eso era Nigeria. Totalmente indolente.

Ya vamos a ir cerrando poquito a poco. Tú no sabías que ambos hemos trabajado en la Casa Agramonte, en la Plaza Murillo, ¿Eso no sabías?, ¿Te estás enterando? A ver, cuenta que hacías ahí. Porque alguna vez trabajó. No es que nunca ha trabajado.

FM. Este es un trabajo típico que me tocó y que me permitía levantarme a las 11 de la mañana. Era la época de la alta inflación, los últimos momentos del régimen militar. Don José de Mesa había sido nombrado director del antiguo Instituto Boliviano de Cultura, lo que ahora es el Ministerio de Culturas, y a mí me nombró…

AG. Ya no hay (ministerio de cultura).

FM. ¿Ya no hay? No, me entero. No veo periódicos, ni veo televisión.

Bueno, mi dirección, que tenía el pomposo título de Dirección Nacional de Literatura e Historia, estaba en la Casa Agramonte, que es una edificación señorial, pero en muy, muy mal estado, en la esquina de la Plaza Murillo, frente a la Cancillería. Ha debido ser una casa señorial porque es en primer lugar enorme el edificio, muy imponente, cayéndose, y ha pertenecido a doña Rosa Agramonte de Cusicanqui, una señora muy, muy, muy rica, que una gran parte de su vida vivió y murió en París. Hay todavía un problema de herencia que no se ha solucionado hasta hoy. Por lo tanto, el edificio no tiene hasta hoy un propietario claro. Nadie paga impuestos catastrales y nadie lo cuida.

Casa Agramonte – Foto tomada de Facebook – Fotos antiguas La Paz

Entonces, yo iba, siguiendo también un consejo no muy directo de don José de Mesa, yo iba solamente media hora al día a ver cómo estaban mis empleados. Digo en tono feudal, “mis empleados”, eran funcionarios mal pagados, muy fieles y muy trabajadores, pero no había prácticamente nada que hacer.

Yo diseñé un programa, junto con José de Mesa, para publicar 100 volúmenes, algo similar a lo que ha hecho la Biblioteca del Bicentenario, solamente en escala más reducida: autores de la colonia y de la primera época de la república que no eran muy conocidos; hasta hoy no muy conocidos. Por ejemplo, queríamos editar a grandes autores altoperuanos, hoy completamente olvidados, como Gaspar de Escalona y Agüero, Gaspar de Villarroel, José de Aguilar, Victorián de Villava. Nadie los conoce y son realmente autores de primera calidad.

Por la alta inflación, no se pudo publicar absolutamente nada porque las imprentas daban unas proformas que tenían validez de dos días en esa época de la alta inflación, y el proceso burocrático de comprobación duraba meses. Así que no se pudo publicar absolutamente nada. Entonces lo que yo hacía era estar media hora, charlar un poquito con los empleados, ayudarles a comprar dólares o víveres o azúcar o lo que se vendía en ese momento, y luego pasar a la Cancillería, donde el canciller era mi tío, Gonzalo Romero. Y así hablábamos de todo un poco. Mi tío tenía una gran capacidad para discernir qué mujeres valían la pena en ese momento en La Paz. Entonces hablábamos obviamente también de filosofía, de ciencias políticas, hablábamos mal del gobierno militar, pero también comentábamos qué chicas están de moda. Y así se pasaban unas cuantas horas de mi sacrificado trabajo.

AG. Eso era 1982. Yo estuve en 1970 en ese mismo edificio, que ya era el lugar que se llamaba el Depósito Legal, donde cada libro que publicaba una editorial tenía que enviar cinco ejemplares para que se enviara uno a Sucre, otro a no sé dónde. Pero yo no trabajaba en Depósito Legal ni en el Instituto Boliviano de Cultura, sino en el periódico El Nacional, del General Torres. Un periódico de breve existencia, pero donde me di el lujo de publicar durante el año que estuve ahí, hasta que derrocaron al General Torres y yo salí al exilio; me di el lujo de publicar una página entera sobre cultura todos los días; un desafío.

¿Podemos dar tiempo para un par de comentarios o preguntas? Creo que María me dijo que sí, o sea que, adelante.

P1 (pregunta 1). Buenas noches, doctor, ¿Cómo está? Hace un tiempo hablábamos en su casa sobre la imagen que está en su libro, que incluso en algunos sectores y entre algunos críticos del arte consideraron que era una imagen muy infantil para un libro de esta categoría. Ahí usted nos comentó la anécdota que había detrás de esta hermosa imagen y me gustaría que las personas aquí también la puedan escuchar.

FM. Como he relatado, mi padre tenía amistades que provenían del Partido de la Izquierda Revolucionaria, PIR. Uno de esos personajes era el pintor y poeta Luis Luksic. Y un día, ha debido ser alrededor de 1948 – 1949, yo recién había aprendido a leer, mi padre le pidió a Luksic que haga un pequeño retrato mío como un infante muy, muy joven. Luksic ya notó mi gran interés por los libros. Mi padre notó ese interés por los libros y le dijo a Luksic: “píntalo sobre una pila de libros porque va a terminar así”. Lo cual es verdad, claro. Entonces Luksic hizo un retrato relativamente pequeño que está en muy buen estado. Luis Luksic hoy es totalmente olvidado en Bolivia. Él se fue a Caracas, a Venezuela, y después hizo una brillante carrera en el exterior, pero aquí en Bolivia, es un pintor boliviano totalmente olvidado.

Yo también -en ese sentido- quería hacer un pequeño homenaje a esos bolivianos de un gran talento que han pasado desapercibidos en la historia del país. Por eso, y para aburrir a ustedes es que he mencionado a Gaspar de Escalona y Agüero, cosas que veo por las caras que no les interesen lo más mínimo, porque este país ha producido talentos muy notables. Me atrevo a decir que, comparando a Bolivia por el número de población, etc., etc., Bolivia ha tenido una historia cultural muchísimo más rica que países comparables en población y riqueza, como por ejemplo Senegal o aquí cerca, Ecuador, Cuba, Guatemala, etc. No quiero de ninguna manera hacer quedar mal a estos países, pero creo que aquí siempre ha habido una veta cultural, literaria, artística muy brillante que los propios bolivianos no han sabido realmente tenerla como es, apreciarla en su calidad. Un ejemplo es justamente, Alfonso Gumucio Dagrón, que merecería un mayor reconocimiento de la sociedad boliviana.

AG. Mientras van preparando la pregunta siguiente, uno de los temas que coincidimos es sobre la fealdad urbana de La Paz, que mucha gente dice ciudad maravilla porque vino un suizo pirata y le vendió por 100 mil dólares el título a la alcaldía. ¿Cómo la sufres? Los cables, la fealdad de la ciudad, ¿Cómo la vives?

FM. Cuando yo era niño, es decir, hace una eternidad, La Paz era una de las ciudades más bellas de América Latina. El centro histórico de La Paz en los años 40 era ejemplar. En primer lugar, era extraordinariamente limpia la ciudad cuando yo era niño. Había muy poco tráfico, no había el cableado aéreo que hay ahora de cables de teléfono, electricidad, etc. Todas las fachadas bien mantenidas. Era realmente una ciudad muy linda, como posiblemente Quito por un lado, y Sucre por otro, han mantenido ese estilo.

La ciudad se ha vuelto horrible en gran parte, perdonen la expresión, pero quiero ser franco, porque se ha democratizado, y las clases populares lamentablemente son seres humanos que merecen todo nuestro respeto, pero en general no tienen ideas de estética y, diría yo también de poca ética.

P2. Buenas noches. Una consulta: en lo personal, Don Alfonso nos hablaba que una parte de su vida de joven usted buscaba el propósito de su vida. ¿Lo ha encontrado?, y una pregunta indiscreta, obviamente, ¿cuál es o cuál considera que es ese propósito, si no es mucha molestia?

FM. Ninguna. No he encontrado cuál pueda ser el propósito de mi vida, por eso escribo mucho, porque no sé qué proponer a la sociedad y a mí mismo.

Por ejemplo, en el campo que yo he estudiado, ciencias políticas, realmente a mí muy elevada edad, no se me ocurre qué proponer concretamente como una salida a la situación boliviana de crisis permanente; no se me ocurre. Por lo tanto me permito, como usted me ha preguntado por cosas personales, me permito relatar muy brevemente lo siguiente. Yo de niño estuve bajo la influencia de una familia muy extendida. El clan, por ejemplo, Romero, tenía todavía mucho que decir, tenía muchas propiedades en el sur del país. Por una de mis tatarabuelas pertenezco al clan Gutiérrez. Aquí está una destacada escritora y sobrina mía, Verónica Ormachea Gutiérrez. Yo estuve bajo la influencia de estas, sobre todo de las tías. Las tías me decían: “Hijito, no puede ser que la familia que ha dado a José Gutiérrez Guerra y a José María Linares, no puede ser que no tengamos un presidente. Entonces, tú tienes que ser”, y yo que soy hasta hoy increíblemente ingenuo, les creí a mis tías y estudié ciencias políticas precisamente para cumplir, como ellas decían, ese sagrado deber que tenía la familia con el país. Obviamente no resultó absolutamente nada.

Por eso escribo mucho, porque en el fondo no sé qué hacer.

AG. Creo que hay una pregunta más por allá, vamos a ir cerrando. Si pudieras nacer de nuevo, ¿En qué país nacerías? ¿En cuál país te gustaría nacer?

FM. Bueno, me hubiera gustado vivir en algún país de Europa Occidental.

Yo cometí un grave error en mi vida. Durante poco tiempo, pero en forma permanente, tenía un puesto de profesor asistente en la Universidad Libre de Berlín, era un puesto que tenía además un futuro, podría haber llegado a ser profesor, etc. Pero era una cosa muy aburrida. Por ejemplo, una vez a la semana había que hacer una reunión con el profesor jefe de toda la cátedra y eran temas administrativos tediosísimos. Como que dos veces me dormí durante estas reuniones de los profesores y asistentes. Era una cosa muy, muy aburrida. Y me dije que como no soy un genio, nunca voy a ser Habermas o algo así, entonces voy a llegar solamente a ser un engranaje bien aceitado de una maquinaria burocrática enorme y me voy a jubilar como un profesor anónimo dentro de una enorme cantidad de intelectuales en Alemania. Luego, como soy muy ingenuo, pensé “en Bolivia voy a brillar en la ingrata república de las letras.” Entonces el año 74 me vine aquí. Gravísimo error del cual, obviamente, me arrepiento.

AG. Estás hablando bien de Habermas, pero en el libro no lo dejas muy bien parado.

FM. Era muy desagradable.

P3. Muchas gracias. Buenas noches, Dr. Mansilla, interesante lo que nos cuenta. En el primer libro, publicado por la Editorial El País, usted se refiere a un encuentro con Mario Vargas Llosa. A un viaje en barco que venía de Europa hacia América Latina, y usted, ahí dice “Vargas Llosa: un hablador”; obviamente después fue candidato a la presidencia por el Perú. Entonces si nos puede hablar de ese encuentro, creo que ahí lo conoció a Vargas Llosa y ¿qué impresión tuvo en ese momento? Eso, gracias.

FM. Fue un encuentro sin gran importancia. Yo viajé en el último barco italiano, el Donizetti, de una línea que hacía regularmente el trayecto Génova – El Callao – Arica -Valparaíso. En el viaje ya había muy poca gente, yo viajé por suerte, como corresponde, en la primera clase y había muy poca gente. Los pasajeros de primera clase éramos más o menos seis personas, entre los que estaban Mario Vargas Llosa y su esposa. Como éramos tan pocos, tuvimos que compartir una mesa.

Debo decir que el señor Vargas Llosa, durante 28 días, nos divirtió con toda serie de anécdotas muy divertidas de su vida. Algunas creo que nunca las ha vuelto a mencionar en otra ocasión o no ha hablado de ellas o no ha escrito sobre ellas. Por ejemplo, su afición a los juegos de azar. Entonces durante esos días, durante esas semanas, él divertía a toda la mesa. Era tan brillante que nadie se atrevió a hablar. Y él, naturalmente, como le gustaba hablar, nos entretuvo brillantemente durante todos los almuerzos, desayunos, cenas y tés en esos días.

Lo más interesante, sin embargo, es que, Mario Vargas Llosa, jamás nos preguntó quiénes éramos o si queríamos escucharlo. Jamás nos preguntó absolutamente nada a nadie de los otros asistentes en esa mesa. Eso es, en realidad, todo.

AG. Otra coincidencia. Yo regresé en el Donizetti también, pero el año 1967, mucho antes, y no en primera clase.

Quiero cerrar con algo, porque ya estamos sobre la hora. Tú hablas de tus aventuras eróticas, brevemente. Dices que “sin trascendencia”, entre comillas, supongo, y sin “amor genuino”, y yo digo, ¿Cómo define un filósofo el amor genuino? ¿Cómo encaja en esos procesos la racionalidad, el rechazo, los celos?

FM. Como no era hombre rico, sobre todo para los círculos donde yo circulaba, no tenía una enorme fortuna, que siempre es un factor extraordinariamente atractivo para las mujeres. Tampoco era un hombre guapo, así que no podía competir en esos círculos. Las aventuras que he tenido han sido extremadamente modestas. Cuando una cosa es modesta, tranquila, sin grandes aristas literarias que contar, simplemente me hallo en la imposibilidad de distraer a tan ilustre público como el que está aquí, con alguna cosa picante, divertida, que haría recordarme a mí, literariamente, no me ha pasado absolutamente nada interesante en el campo del erotismo.

AG. Pero ¿Cómo define un filósofo esa cosa pasional? ¿Alguien que es racional? ¿Dónde entra la pasión?

FM. Es una equivocación, una equivocación agradable, pero no deja de ser una equivocación. Es decir, algo que uno hace obligado por las circunstancias, pero que no debería hacerlo, porque a mí me costó muchísimo dinero. De los matrimonios. Sí, sí, salí muy pobre de los matrimonios. Debería haberlos evitado si hubiera sido un hombre sabio.

AG. Bueno, creo que se merece un gran aplauso. Obviamente les recomiendo leer sus memorias, porque es un libro muy bueno. Gracias.

FM. Gracias a ti.



H.C.F. Mansilla nació en 1942, es de nacionalidad argentino – boliviana. Estudió en el Colegio alemán y posteriormente hizo sus estudios superiores en Alemania, obteniendo el título de Doctor en Filosofía y Ciencias Políticas. Fue docente en distintas universidades extranjeras como en Austria, Brasil, España y Suiza.

Es autor de más de 60 libros sobre filosofía, política y sociología. Actualmente es docente invitado en la Universidad Mayor de San Andrés.

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