Alex Kastellaun
Recuerdo que a un candidato a la Alcaldía de La Paz lo filmaron usando unos zapatos rotos. Geniales, como siempre, nuestros políticos usaron la imagen para defenestrarlo; sólo que inmediatamente el video se convirtió en el eje de la campaña de ese candidato, con una canción que hacía de banda sonora a la tragicomedia de turno: “Zapatos rotos, zapatos rotos, con esa facha ¿a dónde vas?”, sonaba la campaña de quien luego se haría k’elli con sus votos en el concejo, pero ésa ya es otra historia.

Años después, un presidente electo hacía su gira por varios países para generar nuevas relaciones y lo hacía con una chompa a rayas de colores. Las críticas, hasta el hartazgo, la convertirían en un emblema de la clase popular en el poder. Por extrañas razones, esa chompa ahora se encuentra en un museo al mejor estilo conservador. Y más adelante, el electo presidente no respetaría la decisión de un referéndum que le dijo “No” a su repostulación y nombraría al grupo que protestaba por ese hecho como “pititas”, bautizando también un movimiento que, al final, provocaría su renuncia.
La ropa y los accesorios como bandera, como lenguaje simbólico, como construcción subterránea, como fotografía de un tropiezo que se convierte en “hacer un Homero” hacia el estrellato mediático, para bien o para mal.
Falsos golpes, falsos atentados, falsas soluciones, falsas protestas y promesas, falso feisbuk y falsas soledades. Veo con una mueca nerviosa, a la distancia, el autogol de la turba política como modo de vida y, de repente, se me reaparece un personaje que se tambalea en una casa en plena crisis de la posguerra. Éste se come sus zapatos, envuelve con el tenedor sus guatos como tallarines perfectos para llevárselos a la boca; sonríe después de eructar el cuero del último mordisco ante la hermosa dama que lo acompaña. Nos hace reír de la simplicidad a la que puede llegar el vértigo de sentir hambre y no tener nada bajo el brazo, de recoger una bandera que se cae de un auto y, al tratar de devolverla, encabezar una marcha de protesta. Si habremos visto analogías de ese descálculo político, de la autofagia de chompas, de sueños, de ilusiones; trabajar con maquinaria ocho, diez, catorce, veinte horas hasta convertirse en máquina, casi como los que ganan tiempo antes de que les pesque el próximo bloqueo y, sin embargo, reírse moviendo la cabeza…

Caminar en blanco y negro hacia el Huayna Potosí con la vida empolvada y un bastón hecho de huesos, que son los tuyos y los del pueblo. Una esperanza que no termina de claudicar y un eterno grito ante el silencio contenido por no aceptar la batalla, ni siquiera la derrota. Vivir no debería ser una guerra.
La pantalla de la vida
Chaplin nos hizo reír pensando, casi como un meme cuando banaliza el chistesito político del día; pero él lo hizo con toda una historia, una narrativa colgada en películas que dejaron un quiebre constante de lo establecido y sirvieron, como hasta ahora, para vernos desde una humanidad fuerte y potente en su no dejarse caer.
Yo, becado, leyendo a filósofos que te dicen que como pienses el mundo será la realidad que vivas en él, invitado por una familia maravillosa, termino visitando la casa del artista en Suiza. Sin haber percibido sueldo tooodo este tiempo y con responsabilidades que no tengo idea de cómo cubriré a mi retorno, le tomo fotos a las emociones de entenderse parte de esos rastros fílmicos y me arrebato de la risa en medio de unos cortos y sus locaciones. De pronto veo al pequeño hijo de mi amiga, que también sonríe, con todo el futuro reflejado en sus ojos profundos, con toda una vida por delante y pienso en mi hija y, ahí nomás, el piso tiembla. Pero toca seguir y en lo posible, de reojo, creo que no estaría mal animarnos a vernos en los zapatos de la historia, una historia en la que no fueron pocas las crisis ni los sufrires. Pero, miren: estamos ahora, casi abrazados por una red que intenta hiperconectarnos y nos hace saber que entre los otros y nosotros las diferencias son tal vez unos zapatos rotos, una chompa y pititas, pero que mucho de los mismos sentires nos habitan y nos hacen soñar sonriendo de a poquito al caminar, como mirando el mañana, como finalizando una película que, poco a poco, quiero pensar, se llena de color.

En este otro continente, a diario veo exactamente el mismo deseo… No es lo mismo vivir con hambre que comer verduras para cuidar la dieta, dirán algunos; no es lo mismo usar los incómodos y viejos zapatos a diario, que protestar usando pantuflas mientras engordas en tu sindicato. Otros tal vez digan que no es lo mismo vivir con pena en el alma, con vacíos, con miedos, que vivir luchando contra un individualismo recalcitrante, contra la competencia desleal en medio de sociedades perfumadas que pueden significar la diferencia entre quererse vivo o muerto o ausente. No es lo mismo y creo que nunca va a ser lo mismo; tampoco es lo mismo vivir en medio de malos políticos y un pueblo que, sin embargo, no rifa su dignidad y, al que lo hace, lo somete a una sonriente paciencia. Si algo sabemos es que el tiempo te cobra, el tiempo siempre le cobró al mal caudillo y a los que lo acompañan; de eso sí sabemos.
Después del museo, cuando vuelvo a la ciudad donde estudio en Alemania, conozco a una pequeña mujer, honesta y dulce, que me mira y me dice qué bueno que no seas alemán; pero esa es ya otra historia.




