Los pozos del lobo

Textual

Isa

Carmen Beatriz Ruiz Parada

Entre la cocina y el patio en el que crecen y aroman las plantas de romero, quilquiña y perejil, deliciosa despensa a la mano, está la galería, ocupada por un largo mesón de añosa madera, alrededor del cual siempre hay movimiento. Según las horas exhibe el ajetreo de cubiertos y platos y lo rodea el bullicio de las mujeres organizando el almuerzo; en la quietud de la tarde y hasta altas horas de la noche lo ocupa una modista laboriosa con un silencioso desorden de telas, hilos y tijeras.  

Parecen las imágenes de una tranquila y feliz vida familiar… y deberían serlo, pero detrás de esa amorosa estampa están el dolor y el miedo de la guerra; la indefensión de la orfandad, la pobreza y la amenaza del hambre, y también la feroz determinación de un grupo de mujeres de seguir adelante, pese a todo.

En la novela Los pozos del lobo, publicada por primera vez el año 2008, Gladys Dávalos Arze retrata la vida cotidiana de una familia casi enteramente compuesta por mujeres en la Cochabamba de 1932 a 1935, particularmente en Quillacollo y Cercado. Lo hace desplegando una serie de estampas sucesivas descritas con la minuciosidad de quien borda un lienzo con esos retazos de vida en la retaguardia y en el propio escenario de la guerra. ¡Y lo logra!, porque, tal como ella misma dijo:

El libro retrata un año de esa cotidianidad, 1934, poco después de la defensa boliviana de Boquerón, mencionado como el episodio más dramático de la contienda e incluye la descripción de instituciones de la época entre internados y orfanatos, donde acogieron a numerosos niños y niñas que se quedaron sin la protección familiar o cuyas madres sencillamente no podían sostener.  En esos centros diversas órdenes religiosas alojaron, alimentaron y catequizaron a parte de la niñez que quedó en la retaguardia, víctima de las consecuencias de la guerra, convirtiéndose en espacios de encuentro multicultural, interregional y de distintos estratos sociales. En palabras de Gadys Dávalos Arze:

Estructuralmente la novela sigue un camino lineal con estampas cronológicas a lo largo de un año, que se despliegan a modo de un tapiz trabajado con minuciosa labor artesanal.

La narradora es una niña de aproximadamente diez años, su lenguaje es sencillo y coloquial, muy descriptivo, casi etnográfico, con abundante inserción de palabras en quechua, lo cual logra transmitir las características de los modos de tratarse en la intimidad de las familias acomodadas que compartían su tiempo entre la supervisión de trabajo y de forma “natural” el usufructo del trabajo de colonos y de los productos de las fincas. En este sentido se pueden entender esas fronteras difusas entre las vidas de lo rural y lo citadino y entre la cotidianidad de las familias propietarias de fincas y “sus” colonos.

La ilustración de acontecimientos y relaciones de la vida diaria incluye a los miembros de la familia extendida, al vecindario, la parroquia y a la población indígena quechua.

La novela también destaca el proceso acelerado “y a la fuerza” de ciudadanización de las mujeres, cuya vida, generalmente circunscrita a las tareas de crianza y de cuidado del hogar, se agotaba en el día a día de esos quehaceres. Mientras que, en los años de la guerra, con la mayoría de los hombres en tareas administrativas o en el campo de batalla, con ayuda estatal casi inexistente, ellas tuvieron que asumir las responsabilidades añadidas de administración de bienes, conseguir el sustento diario, hacer trámites administrativos y enfrentar y tomar decisiones a veces dolorosas (como por ejemplo llevar a sus hijos a los internados) que, sin embargo, muchas veces resignificaron su papel en los hogares y en la sociedad. Sin duda esta etapa de nuestra historia sentó las bases, entre otros procesos, para el despertar de las demandas feministas de las siguientes décadas.

Gladys Dávalos muestra esa evidencia en el papel que asumió Mercedes, a cargo de siete hijas, decidiendo enviar algunas al internado y rescatando su habilidad en la costura como un medio de vida.

Además, las mujeres asumieron tareas importantes de soporte emocional y afectivo para los combatientes, a través del servicio de cartas, como madrinas de guerra, como espías, o cosiendo ropa de campaña y participando en jornadas de colecta de fondos y vituallas.

Con todos esos elementos, la narración es natural y envolvente, nos hace conocer a sus personajes principales: Mercedes, las niñas, las suegras, las comadres y vecinas, las monjas…en un desfile de personajes que, pese a ser abundantes en número, nunca se desdibujan, sino que aparecen con personalidad propia.

En la narrativa se destaca la descripción de hechos de una vida cotidiana que nos puede parecer ingenua y, sin embargo está cargada de la tensión de ambos mundos: por un lado la guerra como telón de fondo, con sus vicisitudes, dolor, muerte y derrota y, por el otro, el día a día de la sobrevivencia y, en ella, temas tan duros, pese a ser habituales, como los abusos y la violencia doméstica (a veces entre mujeres), las relaciones homosexuales, el trato paternalista de los hombres, el alcoholismo, la descomposición familiar, el racismo, la violación, el aborto, el infanticidio, la enfermedad y la muerte…

Probablemente en todo esto pensaba Gladys cuando tituló su libro Los pozos de lobo, porque, como ella misma lo dijo:

Tampoco encontramos sólo drama, porque los hechos descritos muestran el cariño, la protección y solidaridad de las vivencias con que estas heroínas de la retaguardia tejen sus relaciones y su sobrevivencia en el día a día. No todo es épico, como la titánica labor de sobrevivencia que enfrentan Mercedes y sus hijas, también hay cariño filial, disfrute de la comida, el descubrimiento de la sexualidad, travesuras, bromas y confusiones picarescas.

Carmen B. Ruiz y Gabriela Keseberg, en la FIL Cochabamba

Esta edición de Los pozos del lobo, es una producción cuidada, limpia, sin errores tipográficos, en la que se agradecen la buena calidad del papel y del tamaño de la letra. No podía ser de otra manera, porque además de ser una publicación necesaria para que las y los bolivianos nos conozcamos más, es un acto de amor de una hija talentosa hacia su también talentosa y admirada madre.

La autora, comunicadora social, leyó este texto el 11 de octubre de 2026, en la Feria Internacional del Libro de Cochabamba, en el evento sobre el Los Pozos del Lobo, organizado por Gabriela Keseberg Dávalos, con quien se puede adquirir el libro (cel.: 758 52417).

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