H.C.F. Mansilla
Empezaré por las bagatelas. Algunas de las carencias más serias que sufre Bolivia y muchos de sus males político-sociales son vistos como bagatelas, como asuntos de poco valor y sustancia. Ya en 2005 el poeta Juan Cristóbal MacLean se hizo las preguntas: ¿Por qué no existe una multitudinaria agrupación de todos los damnificados por el Poder Judicial? ¿Por qué los estudiantes universitarios jamás se manifiestan por la falta de innovación e investigación y por la baja calidad de la enseñanza impartida en aulas? A estas interrogantes se pueden añadir muchas otras, por ejemplo: ¿Por qué ningún partido o asociación con fines políticos nunca ha elevado una protesta seria contra la burocratización de la administración pública o contra el pésimo estado del aparato judicial? ¿Por qué no existe una oposición masiva y efectiva contra los incendios forestales? Un rasgo del atraso secular de esta sociedad es la relación de los bolivianos con el tiempo, el bien más preciado, por ser el único irrecuperable. Los ciudadanos pierden mucho tiempo en frivolidades, dilatan las acciones que deben ser llevadas a cabo, son impuntuales (el tiempo del otro no vale nada) y hasta la burocracia estatal y judicial se complace en hacer perder tiempo a los usuarios.
No hay una respuesta clara y simple a estas cuestiones. Una posible explicación, entre muchas otras, nos dice que el análisis y el mejoramiento de estos problemas no rendirían ganancias materiales inmediatas ni tampoco prestigio político utilizable. La gente humilde supone, por otra parte, que los males sociales son fenómenos naturales en sentido estricto, como terremotos o tempestades, ante los cuales la única actitud razonable es la pasividad y la paciencia. Los izquierdistas, a su vez, no se preocupan por estos “detalles” insignificantes de la existencia diaria (los epifenómenos de la superestructura, según los marxistas), porque las grandes medidas revolucionarias los eliminarán automáticamente. En cambio, ellos se consagran a reiterar doctrinas del siglo XIX que hoy no tienen eficacia explicativa, aunque nuestros intelectuales las modernicen mediante términos como: lugar de enunciación, colonialidad del poder y del saber, blanquitud, sujeto racializado y otros, que no explican nada, pero que suenan muy bien y parecen muy actuales.
En tiempos electorales las masas de votantes prefieren las banderas radicales, las promesas altisonantes y las consignas fácilmente comprensibles. Poca gente quiere enterarse de los complejos pormenores que favorecen, por ejemplo, la destrucción de las selvas tropicales porque casi todos los sectores sociales con algún peso favorecen enérgicamente el avance de la frontera agrícola mediante la quema de los bosques, avance que es visto como una de las manifestaciones más importantes del anhelado progreso material.
Esta situación general se mantiene por otro factor adicional: la fuerza de los códigos paralelos o informales. Se trata de un conjunto de pautas normativas de comportamiento, que no aparecen en ningún sitio oficial o institucional y no son enseñadas de forma abierta o pública. Pero son normas obedecidas gustosamente por una parte importante de la población boliviana, y llegan a ser vistas como fragmentos importantes de la idiosincrasia nacional. Uno de los ejemplos más conocidos se da en la praxis cotidiana del derecho. En las facultades de leyes no existen cursos con los denominativos: “Cómo retardar un juicio mediante mañas y artimañas”, “Cómo sacarle más dinero al mandante”, “Cómo conseguir un resultado favorable para un cliente importante”, “Cómo colocar adecuadamente un soborno sin llamar la atención negativamente”, “Cómo mandar a la cárcel por razones políticas a un inocente”, etc., etc. Y, sin embargo, la mayoría de los abogados, jueces y fiscales conocen y practican estas habilidades porque el fundamento ético que las posibilita ha sido aprendido en la casa familiar, en la escuela y en las reuniones con los compañeros del estudio universitario. Sin el conocimiento bien logrado de estos códigos informales, el joven practicante del derecho no avanzará profesionalmente.
Como hipótesis provisional, creo que una de las bases para estas curiosas prácticas cotidianas debe ser vista en la inferioridad innata de la persona frente a la organización, en el desamparo del individuo ante la colectividad. Los modelos civilizatorios prehispánicos, la colonia española y la deficiente modernidad republicana han consolidado muy efectivamente los rasgos más irracionales del colectivismo en desmedro de un individualismo moderado, racional y moderno. Los regímenes populistas, los propagandistas del socialismo y los intelectuales indianistas han contribuido a promover ideas, ideales e ideologías colectivistas, consideradas lamentablemente como progresistas por la mayoría de la población. A largo plazo, el resultado ha sido la conversión de los códigos paralelos en uno de los pilares de la mentalidad predominante del país. Al aceptar el mal funcionamiento del Poder Judicial, al convivir con la tramitología irracional en las instancias estatales y al ignorar la destrucción del medio ambiente, la gente primeramente tolera ese estado de cosas y luego pasa a tener una relación positiva con el mismo. En una palabra: al final se encariñan con lo negativo. Por todo ello, la superación de la cultura política del autoritarismo es algo arduo, lento e inseguro. Sé que es incómodo y hasta desagradable decir esto, pero alguien tiene que hacerlo.
En estas circunstancias no se da un desarrollo conveniente del derecho de terceros. La sobrevaloración de lo colectivo impide que los portadores individuales de derechos puedan ser respetados si la mentalidad general (el sentido común de la sociedad) les presta muy poca atención. En el terreno jurídico, los derechos de terceros son las garantías legales que protegen a las personas ajenas a contratos, actos y procesos judiciales. Pero aquí los derechos de terceros se refieren a los inocentes e ingenuos que se encuentran perjudicados por las acciones de agentes, los cuales no se molestan en pensar si sus actuaciones afectan a terceros.
Los conductores de automotores, por ejemplo, no se imaginan que los peatones puedan tener algunos derechos cuando circulan por calles, y que en esquinas o en otros sitios designados pueden tener preferencia sobre los automotores. Letreros, indicadores y otros signos en las vías de tránsito sirven para evitar accidentes y también para hacer respetar los derechos de terceros. El conductor normal los ignora porque sabe que si los infringe, no afrontará ninguna multa o castigo por ello. También podemos mencionar que el ciudadano corriente soporta estoicamente niveles muy altos de ruido, y no protesta contra las estridencias y los estrépitos producidos por otras personas que se deleitan con la vulgaridad, porque para estos últimos resulta ser música celestial. Todo esto nos obliga, aún hoy, a vivir en una atmósfera opresiva con rasgos kafkianos, es decir, con características que combinan lo trágico con lo banal y lo absurdo.
H.C.F. Mansilla es filósofo y politólogo.