La Placa: la concepción de lo abstracto

Textual

Isa

Álvaro Romero Villavicencio

Es muy grato para mí participar en la inauguración de esta sala dedicada a uno de los valores de la pintura boliviana, como es Alfredo La Placa, cuya producción, al decir de Pedro Querejazu, es una muestra de constante evolución y creatividad. Me concentro en este sustantivo porque la creatividad representa un don divino para el embellecimiento espiritual. Un texto bíblico considera al arte, como decimos, en un don divino “que refleja sabiduría, inteligencia y santidad” perspectivas desde las que, estoy seguro, La Placa ha participado de la pasión generativa de Dios y es, a través de su obra, un aliado del sueño creativo de Dios afirmación que en cierta medida la encuentro plasmada en un fragmento de su escrito «De la imagen de culto al culto de la imagen». 

Por qué digo esto. Somos conocedores que nuestro artista nacido en esa cuna de talentosos artistas como es Potosí; cursó estudios de medicina en Argentina e Italia y estando en un curso avanzado descubrió su verdadera pasión: el arte. Entonces, imagino ese descubrimiento como un llamado a una vocación que lo ha convertido en un constructor y un guardián de un bello espacio pictórico que le fluía desde el corazón y que es el espejo del “recuerdo sensorial” al que se refiere nuestro pintor en otro de sus textos.

En fin. Conocemos la trayectoria artística de La Placa y los reconocimientos que ha recibido. Su obra artística está complementada con textos, poemas y fotografías de su autoría que han hecho de él un hombre “culto e inquieto” cuyo talento ha querido llevar a la luz lo inédito y en ese su afán, con esta colección que es un resumen perfecto de esa su vocación, de ese llamado a ser artista, nos hace partícipes de muchos y muy importantes pasajes de su vida personal y artística y quiere dejar un legado que trascienda generaciones.

La apertura de esta sala cierra un ciclo anhelado por él. Ciclo que germinó cuando en 2016 Alfredo La Placa ofreció en calidad de donación a la Fundación Cultural del Banco Central un número determinado de sus obras. Por circunstancias desconocidas, la Fundación desestimó el ofrecimiento, pero, por ese don divino al que me referí, indica a nuestro artista que el Banco Central podría recibir las pinturas. Al no poder comunicarse con las autoridades del Banco de ese entonces, la Fundación conversa conmigo que, sin autorización alguna, acepto la propuesta y gestiono, más bien con éxito, que el Directorio pueda acoger dicho ofrecimiento, y se concerta una visita de Alfredo La Placa y Rita del Solar, su esposa, para prever la instalación de las obras donadas en algún espacio del edificio del BCB.

El día de la visita, las autoridades del Banco me encomiendan, ¡gracias a Dios!, la atención a los invitados especiales a quienes yo debía mostrar únicamente una sala contigua a Presidencia y Gerencia General en la cual, a la sazón, Alfredo se reencuentra con “Transmutante”, una de sus obras a la que había perdido el rastro. En ese ambiente de entusiasmo y en consideración a la visita de tan ilustre personaje, los invito a pasear, entre otros lugares, la sala de reuniones del Directorio adyacente a la oficina que yo ocupaba en ese entonces en el piso 26. 

Antes de llegar a esa sala se había definido la entrega en calidad de donación, de siete obras y algunos objetos que usaba Alfredo La Placa en su taller. Cuando llegamos al piso 26, Alfredo y Rita entraron en la sala. Nuestro artista se sentó en una de las butacas alrededor de la mesa, observó los muros revestidos íntegramente de madera noble y me sorprendió con esta frase: “Este es el lugar. Voy a donar veinte. ¡No! ¡Treinta cuadros!”. Así concibió esta colección Alfredo La Placa. Fui testigo de su decisión, de cómo se acomodaron las obras con ayuda de personal calificado de este Museo Nacional para no lastimar el revestimiento de madera; y hoy, como Director del Banco Central, doy testimonio del nuevo hogar donde, como fue el deseo de Alfredo, muchos ojos verán habitar lo abstracto… 

Durante los 21 años en que trabajé en el Banco me deleité con la vista del Illimani. Los últimos cinco años compartí esa fascinación e inspiración con las obras de Alfredo La Placa en una suerte de museo privado que visitaban cuantos acudían a mi oficina en el piso 26. Cuando en el año 2021 me retiraron del banco, me embargó una tristeza melancólica. Por dejar un trabajo ¡sí! Pero sobre todo porque no volvería a ver aquella portentosa escultura natural (¡no saben cómo se ve al Illimani desde esa oficina!) ni tampoco una obra artística que solazaba mis pupilas… hoy siento una alegría desbordante: volví a ver el Illimani y, ahora, gracias a la predisposición de la Fundación Cultural, de sus autoridades y ejecutivos; de este repositorio cultural y de su Directora, de la familia del pintor La Placa, del Directorio, el Presidente y ejecutivos del Banco Central se abre al gran público una obra que respira la esencia de Dios y el milagro de la belleza pintado por manos humanas…

Evocando un verso de nuestro artista que dice: “Me asustan tantas vidas —clausuradas en sucursales abisales— selladas a la luz de la historia”, en su homenaje le decimos que la vitalidad de su obra se hace libre y visible para ser eterna y radiante… 

¡He aquí el legado de un mito boliviano! ¡Contemplémoslo!

Gracias…

Palabras de Álvaro Romero Villavicencio, Director del Banco Central de Bolivia, en la inauguración de la sala permanente dedicada a Alfredo La Placa en el Museo Nacional de Arte. La Paz, 23 de julio de 2026

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