(manque-à-être)
Paul Tellería
El jueves 26.2.26, día del cumpleaños de Diana Taborga, poeta e hija del autor, y 555 años después del año de nacimiento de Alberto Durero, Jaime Taborga presentó La obra inconclusa, un escrito filosófico y político, en el que, desde la extrapolación, narra con un fino y agudo humor los avatares de Alberto, alter ego de Alberto Durero.

La obra es, a su vez, un tratado filosófico y político, una broma anarquista al sistema, entre cuyas páginas se deslizan lo kafkiano y lo absurdo. Refleja la búsqueda auténtica e irreverente del anarquista (autor y personaje), quien, desde su independencia y libertad de criterio, se hace pis en el sistema, como es menester en todo artista que se precie.
La historia transcurre en la Melancolía I, una pensión que lleva el nombre del cuadro de 1514 del pintor alemán Alberto Durero y, como la describe el libro, «es una pensión familiar como cualquier otra, ni muy buena, ni muy mala, ni muy grande, ni muy chica, ni muy flaca, ni muy gorda…», la cual tiene otra sucursal, la Melancolía II. En sus páginas (todavía la tengo inconclusa) cuestiona y se burla con maestría de los ismos del mundo actual. Es herética, apócrifa y, a la vez, profundamente humanista; esconde en sus páginas una búsqueda espiritual única, desde el estoicismo del Artista del hambre.
Es una obra artística trascendental, de un valor único. Parafraseando al autor y en cuanto inconclusa, es la metáfora de la vida misma, que funda su naturaleza en la imposibilidad de la conclusión. Las construcciones arquitectónicas (verbales y físicas) a las que hace referencia son posibles a partir de la no conclusión.
Es inevitable no recurrir a Lacan al escribir estas palabras, quien, por cierto, es un psicoanalista merecedor del más profundo desprecio por parte del autor (por flojo para la escritura y por francés, sobre todo). Hablar de lo «inconcluso» es hablar de la condición estructural del ser humano, esa que desde Lacan es la «falta» imposible de llenar.
El lenguaje nos antecede y nos limita en nuestra capacidad de significar todo y la falta en ser, como dice Lacan, es lo que nos mantiene vivos y deseantes. Si estuviéramos «concluidos» o completos, el deseo moriría. Por tanto, la obra sería concluida, algo en esencia por demás aburrido y absurdo.
La obra debe estar inconclusa para «ser» y el autor lo intuye, lo sabe y se burla magistralmente de aquello en una novela compleja que es también un tratado de alquimia y magia profunda.

Sabemos que el deseo no se parece en nada a la necesidad; la segunda se calma, el deseo se desplaza, es metonímico, salta de un objeto a otro sin detenerse nunca. Lo sabe bien el Artista del hambre, personaje de la novela, en sus viajes fantásticos entre cuatro paredes y en su estoicismo desde el que domina la necesidad y sabe hacer con su deseo.
Desde lo que no se concluye, el libro nos lleva a la metáfora de la construcción de una obra arquitectónica en la que siempre quedan escombros fuera y es necesario pulir la obra fina, revocar la casa, con cuidado, con dedicación, como se revocan las palabras. Cortar los pedazos de papel para construir grabados precisos que, desde el humor, invitan al erotismo y que, para su construcción, dejaron restos, retazos de papel en el piso; como una forma de recordarnos los pedazos de nosotros mismos que quedaron fuera al hacernos sujetos deseantes.
La novela es acaso, sin querer «queriendo», un tratado sobre buscar algo que siempre se escapa y frente a lo cual hay que seguir deseando y entender que la obra no puede ser concluida, porque siempre faltará algo; como los cientos de puntos finales en los párrafos del libro, como la ausencia de mayúsculas en el inicio de cada párrafo, que operan como goteras verbales que nos remiten a la falta constituyente del lenguaje, como lo dice claramente el capítulo 43:
«[…] la Melancolía I, hostal donde vivo hace años, tiene goteras desde la eternidad; son goteras estructurales que no se pueden tapar ni con todo el oro del mundo. Son determinaciones de la constitución interna de las cosas, de la eternidad y el cosmos, y de la Melancolía I, que necesita gotera para ser melancolía”.
Como escrito filosófico-político, es también una forma de narrar el diálogo con el Otro social, el de la cultura, el de la política, el del sistema, con sus laberintos absurdos y kafkianos, al que interpela. Todo eso nos lleva a un agobiante laberinto del que Phernández de Pernambuco es su mejor representante.

El lenguaje es el vehículo del malentendido, decía el psiquiatra francés, y eso también está claro en una obra escrita con una prosa elegante, rica en imágenes, en un lenguaje cargado de sátiras, picante erotismo e irreverencia. Casi similar al que se da en las sobremesas con vino blanco en la sala del autor.
La obra inconclusa marca un quiebre en la literatura boliviana y pone sobre la mesa el baúl abierto y lleno de sentidos que emergen de su escritura y nos enfrenta, acaso, con el inconsciente colectivo paceño, el de Jung (quien goza de la profunda admiración del autor).
La ética de la obra es clara: dejar las cosas inconclusas es también saber concluir, porque «una cosa es no hacer nada, y otra muy distinta, no hacer nada», como nos confiesa en la página 15.
Habrá que, entonces, hacerse de una buena oreja, como dice Taborga en el capítulo 3:
«…y no tengo nada más que hacer en tanto dios creado, he decidido hacer la oreja del todo […] hacer una oreja no es nada fácil, ciertamente; equivale a hacer un hombre completo, de pies a cabeza, con sus nervios y órganos, y con su propia oreja, naturalmente, que ha de estar también hecha para que pueda oír con claridad, y asimismo contento uno por poder comunicar, pues para qué hacer una cosa tan enrevesada, sea una oreja o un hombre, sino para decirle alguna cosa».
Que cada uno lea y se desplace por la obra, si quiere con la ilusión de concluirla o mejor que escuche al autor:
Paul Tellería es escritor.