La música no es universal

Textual

Isa

Claudia Daza

El otro día me lo explicaron bien bonito, guitarra en mano, enseñándome un huayño. Vengo de la escuela del “ligerito, ligerito” del charango. Podría decir que fue de lo primero que aprendí desde chiquita y, por supuesto, también soy de la comarca donde jalonearte para bailar es ley en cualquier fiesta. Es decir, hubo código desde temprano. Por eso comprendo al tiro cadencias que tienen que ver con ritmos tan cercanos como el huayño: no los pienso, los reconozco en el cuerpo y en ese sonido especial que un colla detecta al tiro.

Lo mismo me pasó con los bailes bolivianos. Nunca estuve en una compañía de danza folklórica, pero te lo bailo todo. De tanto ver entradas, fiestas, ensayos y compañías, se me metió un folclore intuitivo en el cuerpo: en el ritmo, en la forma de pisar, incluso en la manera de sentir el mundo. Vivimos al pulso de la morenada, hacemos pausas largas como quimba y, cuando toca, estallamos en el jaleo de una cueca. Sabemos cuándo estallar. Conozco el código: sé cuándo se mueven el hombro y el tobillo, cuándo hay que gritar y, sobre todo, cuándo no. No se grita ni se hacen palmas en cualquier momento. Todo eso es aprendizaje. Se mama desde wawita, pero también se enseña. Hay que agradecer que en Bolivia los profes de educación física nos hicieron bailar ritmos nacionales, obligados aunque sea. Algo quedó. Mucho quedó. Sabemos cuándo gritar “¡Oso!” en Oruro. Código.

De manera extracurricular me metí al universo del flamenco, una galaxia que no funciona si no entiendes sus códigos. Ahí me tocó entrar con sangre a ritmos de los que en mi infancia jamás me habían hablado. Pero había algo que me fascinaba: lo nuevo y el reto de aprender a escribir con el cuerpo otra gramática. Código puro. Parece magia, pero no lo es. Y, aun así, jamás voy a bailar como un niño gitano que, sin aprender, ya lo domina. Eso no va a pasar, ni viviendo en una cueva en Granada. Hay cosas que son, nomás, de quienes nacieron ahí.

Algo parecido me ocurrió con el tango. Yo juraba que todo era marcación y ensayo, pero luego me enseñaron las claves: las señales que lanza quien guía, ese leve apretón en la cintura que sugiere un cambio, el dibujo que se arma sin decir una palabra. El tango es hermoso porque es diálogo. Hay que aprenderlo, vivirlo, sufrirlo y conversarlo. Si yo fuera presidenta, metería a todos los asambleístas a clases de tango o de salsa. En serio. Porque uno aprende a dialogar con ese tira y afloje del baile en pareja: decidir sin imponer, proponer sin aplastar, avanzar sin que el otro se caiga. Y, por supuesto, después todos a bailar en círculo para la chovena y sikureada de rigor.

La música y el baile tienen capas que, a la primera escucha, no vamos a entender. Por eso no son universales. No basta con oír. Hay que saber. No es que escuches música de Nueva Zelanda y de inmediato entiendas por qué alguien grita en cierto momento. Hay que meterse, estudiar, equivocarse y aprender los códigos de ese lenguaje.

Otro ejemplo clarísimo: el jazz. La primera vez que fui a un concierto no entendía por qué la gente aplaudía en medio del tema. A veces intuía por qué, otras no. Me sentía al margen, ignorante. Me explicaron, pero tuve que escuchar mucho jazz, ir a conciertos y entrenar el oído para reconocer esas cosas que otros celebran al instante. Manejo de código. Aún hoy, si me toman examen, no sé si apruebo. Capaz que no. Muchas veces me sigo sintiendo en el limbo.

Imagínense el estrés de no entender música de la India. Me encanta, me parece fascinante, pero saber qué está pasando ahí exige tiempo, contexto y convivencia. No basta con decir “me gusta”. Hay que interesarse de verdad, aceptar que al principio una escucha a ciegas. Supongo que eso pasa con todos los géneros, incluso con los cantantes. Leonard Cohen me conquistó en el primer susurro; Taylor Swift sigue siendo un misterio para mí: no le agarro la idea, por más que sea la más escuchada del mundo.

Y entonces vuelvo a esa frase tan repetida, casi automática: que la música es un lenguaje universal. Tal vez se dice porque todos los cuerpos reaccionan al sonido, porque el pulso, el volumen o la repetición afectan antes de que pensemos. Tal vez porque la música puede generar emoción incluso cuando no entendemos nada más. Pero emoción no es comprensión. Sentir no es saber.

La música no nos iguala en el entendimiento; nos iguala en la posibilidad de sentir algo. El resto es aprendizaje, historia, territorio, cuerpo, memoria. Los códigos no flotan en el aire: se heredan, se enseñan, se ensayan, se equivocan. Por eso algunas músicas nos abrazan de inmediato y otras nos dejan afuera, mirando desde la puerta.

Quizás insistimos en llamarla universal porque nos incomoda admitir que no entendemos. Porque decir “no sé escuchar esto” suena a carencia, cuando en realidad es una invitación. Cada música que no comprendemos del todo nos está diciendo: acá hay un mundo; si quieres entrar, vas a tener que quedarte un rato.

Y tal vez ahí esté lo más valioso. No en creer que la música nos une mágicamente, sino en aceptar que nos exige algo: tiempo, atención, humildad. Escuchar de verdad es aprender a habitar el ritmo del otro. Y eso, más que universal, es profundamente humano.

*Semanario de mis clases con Gabo Guzmán, que vive diciéndome que los gringos nunca van a entender una tropa de sicuris.

Claudia Daza es periodista cultural

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