La casa de la vicuña

Textual

Isa

Beatriz Loayza Millán

Llegó a casa la vicuña y, con ella, comenzaron mis sueños. Era una mañana soleada del primer mes de mis vacaciones escolares. El empedrado del patio relucía, extendiéndose delante de las habitaciones en las que vivían el cochabambino, su mujer y sus cinco hijos; la enfermera y su hija ciega; el jubilado y su madre octogenaria, y se detenía ante un montículo de tierra frente al cuartucho debajo de la grada donde Adela, la portera, permanecía vigilante de día y de noche.

El patio y sus habitantes eran el espacio prohibido para mí por mis padres. Nosotros éramos las personas “decentes” de arriba y ellos eran la “chusma” de abajo. Desde la planta alta contemplaba con curiosidad a los vecinos de la planta baja. Me asombraba el cuidado con que la enfermera peinaba los largos cabellos de su hija ciega mientras cantaba para ella. La madre octogenaria del jubilado cocinaba para él en la puerta de su habitación. La portera lavaba y barría el patio, no permitía el ingreso de personas extrañas y hacía las compras para la enfermera y su hija. Yo alguna vez me animaba a hablar con Teresa, una de las hijas del cochabambino, quien armaba una pequeña tienda sobre una caja de cartón, con piedritas de diversas formas y algunas lanas de variados colores. En cuanto me veía, me gritaba “caserita, ven a comprarme”. Por algunos minutos la miraba sin decir nada hasta que me animaba a decirle en voz baja “ahora no puedo, pero cuando no esté mi mamá jugaré contigo a la tiendita y te pagaré con billetitos de Alasitas”.

En la planta alta, además de nosotros, vivía Carmela, una solterona amiga de mi mamá, que estaba muy encariñada conmigo; me llenaba de golosinas y tejía para mí vestidos, gorros y capas de todos los colores. Ella fue quien llevó a casa a la vicuña, regalo de uno de sus ahijados que la había traído especialmente para ella desde Apolobamba. Les pidió a mis padres que le permitieran tener al animal al fondo del corredor, en el área donde estaba la lavandería. Les dijo que la iba a tener por unos pocos días, hasta encontrar a alguna persona interesada en comprarla. Mis padres no se negaron y, de esa manera, Viki, el nombre que yo le puse, se quedó en la casa.

Me dormí muy contenta con la idea de que mi nueva amiga iba a permanecer cerca de mí por un tiempo. Esa noche soñé con Viki por primera vez. Se aproximó a mi cama sonriendo, lo que me sorprendió, ya que no sabía que las vicuñas pudieran sonreír. “Me gusta el nombre que me pusiste, seguramente a mi madre le habría gustado también”. Dejó de hablar, sus ojos se llenaron de lágrimas y entre sollozos continuó: “a los pocos días de nacida, un horrible hombre me metió en una bolsa y me llevó a una choza en la que me vendió a otro horrible hombre”. Al oír su historia me puse a llorar a gritos.

Mi madre me despertó y me abrazó con fuerza, diciéndome que me calmara, que ella estaba conmigo. “Nunca dejes que me alejen de ti”, le dije, tomando sus manos con fuerza. Ella me besó en la frente y me dijo: “Jamás me alejaré de ti, tú eres mi vida”.

Me gustaba sentarme en el suelo delante de Viki y hablar con ella. Le contaba los cuentos de fantasmas que mi abuela me contaba, le hablaba sobre el miedo que sentía cuando algunas noches mis padres salían y me quedaba sola, acostada en mi cama, mi cabeza envuelta entre las sábanas, temerosa de oír pasos o voces extrañas de hombres horribles que me buscaban para comerme como el ogro de los cuentos que se comía a niñas y niños. Le hacía saber que mi más grande deseo era conocer el mar y que también quería unos juguetes que había visto en una revista, una cocinita con cuatro hornillas y horno, una muñeca que podía hablar, un payaso saltarín y otros.  Le decía que estaba segura de que para la Navidad, Papa Noel traería para mí esos juguetes porque me estaba portando muy bien, obedeciendo y ayudando a mamá y no discutiendo con papá cuando me daba órdenes que no me gustaban y que pensaba que merecía un premio por haber pasado del primero al segundo básico con muy buenas notas.

Esa noche soñé que Viki entraba en mi dormitorio y me decía que me llevaría a orillas del mar, porque era muy triste que yo no lo conociera, que no supiera de la belleza de sus olas desafiando al viento, ni de su intento de atrapar la luz de la luna para disfrutar de ella en sus profundidades. Le dije que el mar estaba muy lejos y que mi papá no tenía mucho dinero para llevarme en un viaje tan largo.  Ella señaló con una de sus patas las dos alas que le habían aparecido a los costados de su lomo y me dijo: “Yo te llevaré volando, ven, sube a mi espalda”. Cuando intentaba aproximarme a ella, la voz de mi padre me despertó.

Un día llegó Carmela muy contenta y le dijo a mi madre que ya tenía un comprador para la vicuña. Que en una semana vendría a recogerla y que le pagaría un buen precio porque pensaba sacrificarla para vender su lana y su piel. Al oír semejante noticia, sentí que la sangre se me subía a la cabeza, no pude gritar ni correr para abrazar a Viki porque caí al suelo desmayada. Mi padre me llevó al médico, quien dijo que no era nada grave, que era una reacción de “niña mimada”, me dio un jarabe y recomendó que me quedara en cama por tres días.

Esos tres días con sus noches fueron insoportables para mí. En cuanto me dormía, soñaba con Viki que, con los ojos llenos de lágrimas, me pedía que la salvara, que no quería morir, que no quería perder ni su lana ni su piel, que sus alas habían desaparecido en cuanto supo que un horrible hombre la iba a comprar. Al despertar, lloraba con angustia, no quería comer, no decía ni una palabra, no contestaba a mis padres cuando me hablaban ni al médico cuando venía a revisarme y me preguntaba qué era lo que me estaba pasando. Lo único que quería era ir a ver a Viki, pero estaba muy débil y no podía levantarme de la cama.

Una mañana mi padre se sentó en mi cama, me tomó de las manos y me dijo que tenía una linda noticia para mí, me llevaría a conocer el mar. La noticia me animó y, después de varios días, volví a comer, tomé una ducha, me vestí y fui a ver a Viki. La encontré triste y decaída. Cuando le conté que conocería el mar, ella me miró fijamente y me pareció que de uno de sus ojos brotaba una lágrima.

Esa noche se presentó en mi sueño y me pidió que la salvara antes de irme a conocer el mar. Le prometí que así lo haría. En cuanto desperté, me vestí rápidamente y me animé a bajar hasta el patio de la planta baja. Me detuve ante la puerta de la habitación donde vivían los cochabambinos y llamé a Teresa. Ella salió soñolienta, despeinada, sin zapatos, con una polera rota y sucia que le llegaba hasta las rodillas. Le pedí que me ayudara a salvar a la vicuña de la señora Carmela, que la había vendido a un hombre que la iba a matar para vender su lana y su piel. Me dijo que hablaría con su papá para pedirle ayuda. “Mañana nos vemos a esta hora aquí mismo”, me dijo y cerró la puerta con cuidado.

Al día siguiente, bajé al patio donde Teresa me estaba esperando. “Tienes que traer a la vicuña ahora mismo, antes de que despierten tus padres y la señora Carmela”, me dijo al oído. “Mi padre la llevará donde su compadre que tiene un patio grande en su casa. Él la esconderá hasta que veamos qué hacer”. Me quité los zapatos para no hacer ruido, subí las escaleras muy despacio, avancé hasta el área de la lavandería, desaté el nudo de la cuerda que mantenía sujeta a Viki a una cañería y la conduje hasta la planta baja. El padre de Teresa estaba esperando, impaciente. Tomó la cuerda y condujo a Viki hasta el portón que daba a la calle. Antes de salir me dijo que él se iba a encargar de todo, que la vicuña estaba a salvo y que no iba a permitir que nadie le hiciera daño.

En cuanto la señora Carmela se dio cuenta de que la vicuña había desaparecido, comenzó a gritar desde el corredor, dirigiéndose a los vecinos de la planta baja, llamándolos “maleantes, ladrones, hijos de mala madre”, amenazándolos con ir a la Policía a denunciar el robo de ese valioso animal por el que le iban a pagar mucho dinero.

Al día siguiente, muy temprano, viajamos a Arica. Conocí el mar, me encantó bañarme en sus aguas, sentir su sabor salado, tirarme en la arena a tomar el sol. Por unos días me olvidé de Viki, hasta que una noche soñé que ella entraba en mi habitación, se arrodillaba sobre sus cuatro patas y me suplicaba llorando que la salvara, que estaba en peligro, que muy pronto perdería su lana y su piel. Desperté angustiada y les dije a mis padres que quería volver, que ya no me gustaba el mar, que extrañaba la casa. Mi padre me miró furioso y me dijo que el hotel estaba reservado para siete días, que solamente habían pasado tres y que nos quedaríamos cuatro días más. Lloré, le supliqué, dejé de comer, de bañarme, de ir a la playa, pero a mi padre no le importó. En cuanto regresamos a casa, fui a buscar a Teresa. Le pregunté por Viki y me dijo que había escuchado que su padre le decía a su madre que su compadre había vendido a la vicuña por mucho dinero y que le había dado a él algo de ese dinero, que les serviría para comer por lo menos un mes. Sin decir nada más, Teresa entró en la habitación y cerró la puerta con cuidado.

No recuerdo bien lo que pasó después. Lo que sí recuerdo es que desperté en una cama de hospital y que mi madre, sentada en una silla, me miraba con tristeza, sin decir nada.

Estuve con trastorno depresivo persistente durante mucho tiempo. El médico aconsejó a mis padres que me llevaran a vivir a otra ciudad, que un cambio de ambiente ayudaría en mi recuperación. Nos fuimos a Nueva York, donde vivía mi tía Elisa, hermana de mi madre. Mi padre consiguió trabajo en un edificio como cuidador nocturno, mi madre en un supermercado y yo comencé a estudiar en la escuela católica donde mi tía era asistente de la directora.

Los sueños con Viki continuaron. La veía con alas, sonriendo, pidiéndome que algún día salvara a sus hermanas, que ella ya era libre, pero que había sufrido demasiado al perder su lana y su piel.

Me esforcé mucho por destacarme en mis estudios. Me gradué y obtuve una beca en la Universidad de Búfalo para seguir un curso de Conservación de la Vida Silvestre. Una noche volví a soñar con Viki, se asomó a mi cama, acarició mi cara con una de sus patas y me dijo “tus padres ya están en paz, ellos te amaban aunque muchas veces no te lo demostraron, si quieres te llevo a que los veas por última vez, vamos a ir volando, ya que tengo alas nuevamente”. Me subí sobre su espalda y viajamos hasta llegar a una carretera cercana a Búfalo donde un auto volcado ardía en llamas. Era el auto de mis padres y ellos estaban en el interior calcinados. Grité desesperada y me tiré de la cama para despertar. A los pocos minutos me llamó mi tía para informarme sobre el espantoso final de mis padres. Después del entierro me sentí sola, perdida, sin saber qué hacer.

Decidí terminar el curso. Con el título obtenido volví al país y solicité trabajar en la Reserva de Ulla-Ulla, con una población muy grande de vicuñas. Me aceptaron. Soy feliz trabajando para proteger a las hermanas de mi inolvidable Viki y casi todas las noches sueño con ella. En uno de esos sueños Viky me llevó hasta la casa de mi infancia. En medio del patio vi una estatua de yeso sobre un pedestal de piedra; era una vicuña con una guirnalda de flores de papel en el cuello y una corona de hojas de coca. “El cochabambino ha comprado la casa. Él y su familia viven en la planta alta. Está convencido de que le he traído suerte, por eso me venera como a una diosa”, me dijo Viky, sonriendo como solamente ella sabe hacerlo.

Beatriz Loayza Millán es licenciada en Literatura por la Universidad Mayor de San Andrés. Ganadora del premio Givré de cuento en Buenos Aires, Argentina.

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