Inventario de un agujero negro

Textual

Isa

Cuento de Daniela Sánchez López

Siempre lo sospeché. Esa casa es un agujero negro, un vórtice.

La ciencia define un agujero negro como un “objeto astronómico con una fuerza gravitatoria tan intensa que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de él”. Yo creo firmemente que la casa de mi abuela (donde también viven mis padres) es una anomalía física porque todo aquel que la habita (u objeto que cae en ella) termina irremediablemente perdido y girando en una espiral eterna hacia su puerta.

En todo caso, y aunque la ciencia aún no me apoye en mi hipótesis, en esa casa hay una ley física o cósmica (no lo sé con certeza) según la cual, a medida que se acumulan los objetos (cachivaches sin ton ni son, en mi humilde opinión), uno menos encuentra las cosas.

Esta vez es el audífono de mi madre; mejor dicho, el oído que aún, vagamente, la conecta conmigo y con el mundo. ¡Y ay, madre mía! Lo que me tocará hacer esta vez para buscarlo.

Recuerdo bien que la primera vez que algo desapareció fue un bolígrafo. Un simplón, sin gracia, bolígrafo azul de plástico, de esos objetos aleatorios que una nunca sabe de dónde los tiene, pero ahí están en algún cajón o rincón de la casa, esperando ansiosamente a ser vistos, ser útiles.

Debía yo tener unos 14 años. En aquellos tiempos, el teléfono rojo con cable (hoy en día un vetusto objeto de museo) tenía un trono especial en el comedor, sobre una vitrina con un cajón donde debía haber siempre papel y un bolígrafo.

En aquellos años, recibir o hacer una llamada y no tener “algo para anotar” era un error imperdonable, ya que una podía perder para siempre el teléfono del chico que le gustaba o aquel mensaje urgente que, sin la intervención del bolígrafo, podría perderse en el olvido.

Una tarde, contesté el teléfono y una voz de ultratumba, de mujer, me dijo sin mayor preámbulo: “Anota rápido la combinación de la caja fuerte”. Yo, sin reconocerla y totalmente desconcertada, solo atiné a buscar el mentado bolígrafo, pero no lo encontré en el cajón.

Luego, la voz añadió: “Esto es todo lo que puedo hacer por ti” y colgó bruscamente.

Nunca supe quién era ni por qué llamó. Probablemente se equivocó de número y algo cambió irremediablemente para alguien en algún lugar.

Lo que sí supe desde entonces era que siempre debía tener un bolígrafo a mano por si llegaban llamadas misteriosas.

Después de ese día, me obsesioné con el bolígrafo del teléfono. Cada semana me aseguraba de poner uno en el cajón, pero siempre terminaba perdido. Traté con bolígrafos baratos, caros, azules, negros, verdes y rojos…y nada. Siempre fue igual. Cada uno desapareció y nadie nunca pudo explicar cómo.

Lo interesante (y como para volverse loca) fue que a medida que desaparecían los bolígrafos, en el bendito cajón del teléfono rojo aparecían papeles: grandes, pequeños, en blanco, con garabatos, recibos viejos, listas infinitas con la letra de mi papá, números sin explicación ni nombre. En fin, primero fueron unos cuantos, pero al cabo de un par de años, cada lunes que yo ponía un bolígrafo, los papelitos se multiplicaban en ese cajón.

Luché todo lo que pude contra este conjuro de desapariciones y apariciones, pero, al final, tuve que aceptar que nunca iba a poder deshacerme de los papeles inútiles ni tener un bolígrafo a la mano en la vieja casa.

La desaparición de los bolígrafos fue casi una anécdota (aunque confieso que en mis noches de insomnio aún pienso en el destinatario de esa secuencia de números que no logré anotar y en dónde diablos estarán las docenas de bolígrafos que se perdieron); lo que vino después consolidó mi hipótesis del agujero negro en la casa de mi abuela.

Otra vez desapareció mi gato Chopin (que en paz descanse).  Era un gato de color ceniza, con grandes ojos verdes, mirada indiferente y enorme, como un tigrecillo. Yo lo adoraba y él se dejaba querer de vez en cuando.

Un día volví de la universidad y no lo encontré en sus escondites de siempre (en el cajón del ropero de la abuela, en la vitrina del comedor o en aquel recóndito cuartito sobre el techo cuya razón de ser nadie entendía).  Revolvimos la casa de arriba abajo.

Mi abuela siempre fue peculiar con los rincones extraños de la casa. Ella solía decir que, cuando se mudó a esta casa, había rincones con recuerdos de otros tiempos que era mejor no tocar. Sea verdad o no, fue una estrategia útil para que, de niña, yo no anduviera de curiosa. Sin embargo, esta vez cada cajón, depósito y cuarto fueron removidos.

La casa tenía dos pisos y unas escaleras que conectaban con un largo pasillo lleno de plantas y espejos. A un lado estaban la cocina, el gran comedor y el living de la familia, y al final, el cuarto de mi abuela, con un gran ventanal que daba a la avenida. Debajo de las gradas, había un pequeño depósito siempre con llave. Esa vez del gato, mi desesperación fue tal que logré romper el candado y abrirlo.    

En medio de saquillas de yute con ollas quemadas, herramientas oxidadas, lámparas colgantes y otros cachivaches encontré una caja azul con fotografías en blanco y negro, tarjetas de cumpleaños, postales y un par de cuadernos con notas y dibujos de anatomía. Me impresionó la prolijidad de la letra (y eso que mi abuelo era médico y suelen tener letra ilegible). Las fotografías eran sobre todo de mi mamá y sus hermanos, un par de mi abuela (siempre sola) y una del abuelo en el puente de Brooklyn, en Nueva York.

Hasta ese día, yo nunca había visto la cara de mi abuelo. Él había desaparecido en el tiempo y en las charlas familiares muchos años antes de que yo naciera. Si alguna vez pregunté por él, la respuesta era “vive lejos y no nos recuerda”.  Pero siempre presentí que era un fantasma que rondaba, sobre todo cuando mi abuela escuchaba el tango “Volver” y se le escapaba una lágrima silenciosa.

Volviendo al gato, al final lo encontré ahí, detrás de la caja, muy asustado, enredado entre cables (nunca supe cómo llegó ahí). Mi abuela me observó desde el pasillo y, sin decirme una sola palabra, sacó un candado de su bolsillo y cerró la puerta del depósito. La caja desapareció y, con ella, cualquier vestigio del abuelo.

La abuela siempre fue un enigma para mí. Compartíamos complicidades únicas como fumar cigarrillos a escondidas y leer el horóscopo los domingos en la mañana; pero nunca pude entender su soledad, el resentimiento con mi mamá, ni su silencio sobre el abuelo. Tenía un porte recio, ojos azules, el cabello siempre corto (y teñido de negro), y caminaba saboreando cada paso con su bastón. Cuando ella pasaba por el pasillo, la seguía un olor a pan recién horneado y su dominio absoluto siempre fue la vieja cocina con ollas inmensas. Su sazón era memorable y todo aquel que alguna vez comió sus picantes quedaba embrujado para siempre. Por la casa desfilaron, por muchos años, primos, amigos y parientes que aparecían y reaparecían según el olor de la comida, y hasta un desconocido que un día se coló en un almuerzo y nadie se atrevió a preguntarle quién era ni con quién venía.     

Cuando la abuela murió, la casa/agujero negro se transformó en un espacio extraño, casi inhabitable. El día del entierro, no pudimos encontrar ni sus zapatos favoritos ni la medalla que siempre llevaba consigo. Una vez más, revolvimos cajones, abrimos roperos (¡qué cantidad absurda de roperos tiene esa casa!), vitrinas llenas de adornitos de todo tipo y calidad, maletas polvorientas en el entretecho (aunque nadie, excepto el abuelo, jamás viajó fuera del país). El cajón de los bolígrafos perdidos parecía furioso y escupía papeles sin sentido, y toda la casa parecía achicarse a medida que aparecían más y más objetos a nuestro paso.

Jamás lo había notado, pero hasta había vitrinas colgantes pegadas al techo. Nadie pudo dar razón ni fecha de cuándo (y a quién) se le ocurrió esa idea macabra que desafía la gravedad misma, ni de dónde aparecieron tantas tasas, muñecas y hasta una mandolina (nadie en mi familia toca ningún instrumento).

En fin, fue una batalla perdida. Yo y todos los demás estábamos exhaustos y seguros de que la abuela estaba decepcionada en el más allá.

Después de esta pérdida (de mi abuela con sus zapatos y su medalla), toda la casa entró como en una hibernación. El silencio se hizo insoportable; ya nadie ni siquiera intenta pelear contra el polvo que se acumula en los cuartos y contra los absurdos muebles que siguen multiplicándose cada vez que vengo de visita.

Es como si la casa hubiera perdido su alma (su ajayu, diría mi abuela) y todos los cuartos (y sus habitantes) se defienden acumulando objetos, polvo y ratones.

Nadie tuvo el valor de tocar nada desde que ella murió. Como si fuera una ofensa inconcebible mover un solo florero, como si cada objeto de esta casa fuera parte del armazón que sostenía la historia de mi familia.

¡Y ahora el bendito aparato de los oídos de mi madre no aparece por ningún lado!

Ya he deshecho hasta el colchón, he batallado fieramente con los cuartos llenos de cajones hasta el techo, e incluso he prendido una vela a San Antonio de Padua (según mi abuela, era la única solución para encontrar algo en esa casa) y nada.

Supongo que, con este nuevo objeto tragado por el agujero negro, también se perderán las pocas y escuetas conversaciones con mi madre. En esta casa, las cosas se pierden, los cachivaches se multiplican y las palabras importantes nunca se dicen.

Daniela Sánchez-López es doctora en desarrollo internacional y amante de la literatura de realismo mágico.

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