I’m not a hero: cuando ayudar también incomoda

Textual

Isa

Willy Bernal, El CHEnte
Este texto es el ganador del primer lugar del V Concurso de Crítica Amateur de Teatro convocado en el marco del XV Festival Internacional de Teatro-Fitaz. El jurado encuentra que es un texto sólido, personal y claro. Un trabajo que enfatiza en lo esencial de la propuesta teatral: la interacción con el público; observa, describe, contextualiza y juzga con argumentos, dejando además en claro que es su mirada, su lectura, lejos de generalizarla o presentarla como criterio de verdad.

I’m not a hero, de la compañía suiza Cía. Fluctus, fue probablemente una de las propuestas más complejas y conceptuales que vi en el FITAZ. Y, paradójicamente, una de las más claras. Su complejidad no está en un texto difícil ni en una historia particularmente elaborada, sino en la cantidad de significados que consigue construir a partir del cuerpo, el espacio, los objetos, el agua y, sobre todo, la relación con el espectador.

Desde el comienzo, la obra modifica la disposición tradicional del teatro. No hay una platea convencional frente a un escenario, sino un espacio circular que acerca a los intérpretes y al público. Los actores conversan con los espectadores antes de comenzar y les preguntan cómo están, si están cómodos, incluso qué idiomas hablan. Más que intentar crear una falsa sensación de cotidianeidad, esta decisión parece buscar algo más concreto: disminuir la distancia habitual entre quien observa y quien actúa.

La primera situación ya pone esa intención a prueba. Uno de los actores no tiene dónde sentarse y permanece agachado durante varios minutos, mientras el otro desarrolla una historia aparentemente banal. La incomodidad comienza a trasladarse del cuerpo del actor al público. Uno empieza a preguntarse cuánto tiempo podrá permanecer así, si alguien debería ayudarlo o cuándo terminará la situación. Finalmente, los propios espectadores tienen que intervenir para solucionar el problema.

La escena plantea una pregunta sencilla que luego se vuelve mucho más compleja: ¿qué hacemos cuando vemos que alguien necesita ayuda?

La respuesta, sin embargo, no es automática. Algunos espectadores se resisten a participar. Sería fácil interpretar esa resistencia como una especie de cuarta pared construida por el propio público, pero me parece más interesante no juzgarla tan rápidamente. También puede ser el derecho del espectador a decidir que no quiere formar parte de la acción. Y ahí aparece una de las tensiones más interesantes de la obra: una propuesta que busca romper la distancia teatral se encuentra con que esa distancia también puede ser una elección del público.

Algo similar ocurre cuando aparece el agua.

Primero cae poco a poco. Después aumenta. Los actores comienzan a mojarse, el suelo cambia y el espacio deja de ser un lugar neutro. El agua continúa entrando mientras la acción avanza hasta convertirse en una condición permanente de la representación. Incluso parte del público recibe el agua. Recuerdo particularmente a una mujer mayor sentada junto a mí que, al comprender que la función implicaría agua y contacto cercano, tomó su silla y se alejó del círculo.

No creo que sea necesario decidir qué “significa” exactamente el agua. Puede sugerir vida, supervivencia, peligro, incomodidad, transformación o muchas otras cosas. Pero lo más potente es aquello que hace físicamente: modifica el espacio, aumenta el riesgo, altera la comodidad y obliga tanto a los actores como a los espectadores a relacionarse con una condición que antes no existía.

El agua no ilustra una idea: instala una condición.

Y ese procedimiento resume buena parte del lenguaje de la obra.

El texto, por sí mismo, es cotidiano. Dos personas cuentan situaciones aparentemente sencillas: una avería, una necesidad, una petición de dinero, una negativa. Pero los cuerpos hacen que esas palabras adquieran otra dimensión. Un cuerpo se convierte en escalera, montaña, tabla, camino, puente o superficie de apoyo. Los intérpretes utilizan el cuerpo del otro como herramienta y obstáculo al mismo tiempo.

En ese sentido, el teatro físico no acompaña al texto: lo pone en crisis.

Una de las imágenes más interesantes aparece cuando hablan de mantenerse secos mientras ambos están completamente mojados. La contradicción no necesita ser explicada ni actuada mediante una gran carga emocional. El cuerpo ya demuestra que las palabras y la realidad no coinciden. La acción física revela algo que el diálogo no dice.

Esta lógica alcanza su mayor fuerza en la situación del dinero. Uno de los personajes termina sintiéndose prácticamente asaltado y, por miedo, entrega los cincuenta euros que tiene. El otro vive la situación desde un lugar completamente diferente: para él, pedir cinco euros ya significaba un enorme esfuerzo y recibir menos de lo solicitado se convierte en una experiencia de humillación y menosprecio. Al final, los dos quedan sentados, frustrados y convencidos de haber sido perjudicados por el otro.

No hay aquí una víctima completamente inocente ni un agresor completamente identificable. Hay dos personas atrapadas en sus propias versiones de la injusticia.

Y es precisamente ahí donde el título I’m not a hero adquiere, para mí, su mayor fuerza. Ninguno de los dos personajes se considera responsable de haber producido el conflicto. Cada uno puede explicar por qué actuó como lo hizo. El título puede leerse entonces no solo como la ausencia de un héroe, sino como una especie de defensa: no me pidas una conducta extraordinaria; yo también tengo miedo, yo también tengo necesidades, yo también estoy tratando de protegerme.

La obra parece preguntarse qué ocurre cuando nuestra propia vulnerabilidad ocupa tanto espacio que ya no conseguimos reconocer la vulnerabilidad del otro.

Lo interesante es que esa pregunta no queda solamente dentro de la historia. También alcanza al espectador. La obra nos pide ayudar, movernos, aceptar el agua, tolerar la incomodidad y abandonar parcialmente el control sobre lo que ocurre a nuestro alrededor. En ciertos momentos, el público deja de ser simplemente quien observa una situación y comienza a formar parte de ella.

Sin embargo, es justamente allí donde encontré su principal debilidad.

Cuando el público responde como la obra parece esperar, la relación escénica es potente. Pero cuando aparecen resistencia, incomodidad o espectadores que prefieren mantenerse al margen, algunos juegos pierden fluidez. Hubiera sido interesante que esas resistencias fueran utilizadas con mayor libertad como material de la propia obra. No porque los intérpretes no hayan sabido manejar al público, sino porque una propuesta que trabaja con lo imprevisible podría permitirse transformar todavía más las respuestas inesperadas en parte de su dramaturgia.

Hay una contradicción fértil en esto: una obra que habla de la dificultad de ayudar al otro también debe enfrentarse a la dificultad de aceptar que el otro no responda como uno espera.

La precisión física de los intérpretes y su capacidad para sostener situaciones complejas son notables. También resulta sorprendente su dominio del español, con algunos momentos en italiano y francés que aportan otras texturas a la escena, aunque probablemente no todos los espectadores pudieron acceder de la misma manera a esos fragmentos.

I’m not a hero no me parece una obra que entregue respuestas. Su mayor virtud es que consigue convertir una serie de situaciones simples en preguntas incómodas sobre la ayuda, el miedo, la necesidad y la responsabilidad. Su cuerpo escénico es preciso, pero no está allí solamente para demostrar virtuosismo: construye significado. Su agua no es únicamente un símbolo: transforma las condiciones del encuentro. Y su público no es simplemente receptor: debe decidir hasta dónde está dispuesto a involucrarse.

Al final, nadie se convierte en héroe. Como propone el título de la obra.

Lo que queda es algo más incómodo: la sospecha de que, frente a la necesidad del otro, muchas veces no hacemos el mal por crueldad, sino porque necesitamos convencernos de que no teníamos otra opción.

Ficha técnica 

Obra: I’m not a hero

Grupo: Cie Fluctus, Suiza

Duración: 55 minutos

Público: Todo público

Fecha FITAZ: viernes 4 de septiembre de 2026

Funciones: 18:00 y 21:00

Lugar: Nuna Espacio Arte, La Paz

Dirección: Antoine Zivelonghi

Creación: Faustino Blanchut y Kevin Blaser

Actuación: Faustino Blanchut y Kevin Blaser

Música / sonido: Cedric Blaser

Iluminación: Marzio Picchetti

Escenografía: Amelia Prazak

Vestuario: Amelia Prazak

Producción: Fluctus

Coproducción: PREMIO – Premio de Incentivo para las Artes Escénicas, LAC Lugano Arte e Cultura

Distribución: Zona’ B

Técnica en gira: Alice Mollica

Willy Bernal es actor.

Fotos: FITAZ

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