David Mondacca Araúz
Tenía como 20 años cuando mi madre me dijo al oído: ‘Vas a conocer a mi hermano menor, es poeta y escritor’. Eso para mí era cosa grave. Tal advertencia repleta de emoción de mi vieja me hacía entender que iba a acercarme al misterio de la palabra. Y Germán era, efectivamente, una fuente inagotable de conocimiento y arte.
Mientras él estudiaba una carrera en Argentina, había trabajado como vendedor de libros en Buenos Aires, y por esa labor se había leído todo y de todo. Me acerqué con sigilo, con júbilo, esa mezcla de dicha y miedo en el alma. Y no era para menos, Germán tenía en el verbo ese extraño poder de provocar, en quienes lo escuchaban, una especie de sinestesia. En su presencia, se me hacían nítidas las imágenes de aquello que contaba o escribía y, a veces, cantaba. Era magia pura.
Su amistad fue determinante en mi carrera de actor. En aquella edad, yo dudaba en si quemar mis naves o no y fue su aliento el que me dio el coraje para hacerlo y elegir el camino del teatro, sabiendo que en nuestro país era un camino cuesta arriba, como sigue siéndolo ahora.
En mis constantes visitas a su cálido hogar, nutría mi espíritu y renovaba mi fe en el Arte. En su casa conocí a Alfredo Zitarrosa, a Víctor Heredia, a la Chavela Vargas, a doña Gladys Moreno, a Luzmila Carpio, a Mario Benedetti y a muchos de nuestros poetas.
Mi eterno agradecimiento a tu permanencia en este mundo, querido maestro, en esta amistad tu palabra siempre fue y es luminosa. ¡Gracias, Germán!
David Mondacca Araúz, actor y dramaturgo.

Imágenes: archivo Araúz