Germán Araúz, un narrador de canciones

Textual

Isa

Claudia Daza

La noticia de su muerte me apareció al finalizar el partido de fútbol del martes. Bolivia había perdido ante Irak, y nosotros, periodistas, escritores, amigos, familiares, lectores y discípulos, habíamos perdido a Germán Araúz. Lloré como se llora a alguien que no solo estuvo, sino que explicó el mundo. Busqué fotos con él, sus textos; pero también volví a las canciones que siempre nos mencionaba, como si en ellas aún se pudiera encontrar su voz: Ne me quitte pas, de Jacques Brel, o Triste para la Rosa de Unduavi, de Eduardo Falú.

Germán escuchaba muchísima música. Iba casi religiosamente a los conciertos de los grandes en Bolivia, como Luzmila Carpio; conoció a Benjo Cruz (foto de portada); admiraba profundamente a Leonard Cohen, a quien nombra en uno de sus cuentos; cantaba, entrevistó a Joan Manuel Serrat cuando vino a Bolivia, tocaba guitarra y llegó a compartirla con el compositor español Paco Ibáñez. Pero, más allá de todo eso, como todo cuentista no escuchaba solo la música, sino las historias.

Germán Araúz, guitarreando con Paco Ibañez.

Muchas de sus narraciones no eran privadas ni ocasionales: Germán Araúz las desplegaba una y otra vez en entrevistas, conversaciones de café y guitarreadas, pero también en su taller de cuentos Correveidile, que impartió con Manuel Vargas, donde la música y la literatura se entrelazaban como formas de lectura del mundo. Allí no analizaba canciones: nos contaba todo lo que había que contar. Convertía cada tema en una escena, en un relato con personajes, tiempos y desenlaces, y en ese ejercicio oral e íntimo terminaba formándonos en relato a quienes lo escuchábamos.

En ese mapa musical, Atahualpa Yupanqui ocupaba un lugar central, no solo como músico, sino como una figura que encarnaba la búsqueda del folklore. Le interesaba esa idea de recorrido: un artista que atraviesa la Argentina para conocer sus ritmos desde el territorio, desde la experiencia directa, convirtiendo ese viaje en canción. Pero también le fascinaba el conflicto que rodeó su obra, la relación tensa entre el arte y el poder. Me contó en una entrevista: “El primer gobierno de Juan Domingo Perón no solo prohibió difundir las canciones de Atahualpa Yupanqui, sino incluso mencionarlo. Por eso, cuando en la radio tenían que anunciar una de sus obras, por ejemplo Luna tucumana, no podían decir su nombre y terminaban presentándola como de ‘autor anónimo’. Y hay una anécdota que cuenta que, en esa época, cuando Atahualpa era presentado a alguien, él mismo decía: ‘mucho gusto, Autor Anónimo’.

Su mirada brillaba cuando hablaba de Triste para Rosa de Unduavi. “Es una canción que habla del pueblo de Unduavi, en la entrada a los Yungas, cuya letra fue escrita por César Perdiguero, un poeta que había llegado a La Paz y decidió conocer esa región. En esa época, Unduavi era una parada casi obligada para los viajeros que iban hacia los Yungas, un lugar donde se detenían a almorzar o descansar. Perdiguero entra a uno de esos puestos del camino y allí conoce a una muchacha que lo atiende: la Rosa. Después sigue su recorrido y, al regresar a La Paz, decide detenerse nuevamente para buscarla. Al llegar se entera de que la Rosa había muerto en esos días. De ahí nace Triste para la Rosa de Unduavi, una canción hermosísima que, como suele ocurrir en nuestros medios, se ha difundido muy poco en el país. Es una obra de una carga poética inmensa, a la que Eduardo Falú le da toda su riqueza con una música inigualable: un verdadero Triste”.

Con Georges Brassens emergía otra dimensión: la que, probablemente, terminó de moldear su mirada crítica, ácida, incómoda, esa que daría forma a Machi Mirón. Araúz encontraba en La mala reputación algo más que una canción: una declaración de principios. Ese hombre señalado por pensar distinto, condenado haga lo que haga, dialogaba con su propia forma de mirar el mundo. De pronto citaba versos de otra canción: “Es para ti este cantar, campesino que, sin hablar, me diste leña el día que el frío me hería la piel…”. Y luego explicaba que cada vez que la escuchaban en casa, su hija no podía evitar las lágrimas; se emocionaba profundamente, quizá porque él solía cantársela cuando era niña.

No se puede entender su discoteca sin Mercedes Sosa, a quien evocaba como una escena decisiva de la música latinoamericana. Recordaba su irrupción en Cosquín, cuando todavía no era conocida y ni siquiera estaba programada. En medio del concierto, Jorge Cafrune decide invitarla a subir al escenario y, según contaba, alguien lanzó con desprecio: “¿quién permitió que esa sirvienta suba al escenario?”. Ese tipo de frases las narraba como si fueran un cuento, pero eran realidad. Luego venía la voz y todo cambiaba. También se detenía en Balderrama, la zamba de Gustavo Cuchi Leguizamón, que retrata el boliche de un boliviano en Salta, donde se reunían músicos y poetas; una canción que conservaba la memoria viva de esos encuentros.

Sin embargo, siempre volvía a Jacques Brel, su ídolo más íntimo. “Quedé alucinado de tanta poesía”, decía al recordar la primera vez que escuchó Ne me quitte pas en Buenos Aires. Para él, Brel era un artista fundamental, aunque poco comprendido en América Latina. En su mirada, Brel no solo interpretaba: reinventaba la canción con una intensidad poco común. Recordaba el paso del artista belga por el cine y su retiro en los años sesenta debido a un cáncer de pulmón marcado por el consumo de tabaco. Pero más allá de la biografía, a Araúz le interesaba la huella: la manera en que sus canciones echaron raíces en la música popular. Repetía sus versos, cargados de una tristeza absoluta, y destacaba esa forma de llevar el amor hasta el límite de la humillación. También recordaba su sorpresa al descubrir versiones como la de Edith Piaf, que le permitieron redescubrir una obra que durante años había escuchado en traducciones pobres, seguramente comentadas con su amigo Cachín Antezana, otro amante de la chanson française.

En medio de esas historias, emergía una escena íntima: una tarde en su casa, junto a Matilde Casazola, le hizo escuchar Mathilde. Y lo contaba como un cuento: “Matilde la escuchó conmovida, siguió toda la canción con una tensión increíble y al final me dijo: qué bella, qué bella que es. Pero después me dice: quiero aclararte que en realidad la Matilde de la que habla Brel es una prostituta”. Lo narraba con una sonrisa, y lo contaba como un chiste, como si fuera el remate de una historia en la que él mismo se sorprendía.

Otra imagen que evocaba sobre Brel tenía que ver con su dimensión universal. “Un día conocí a una pareja de belgas que estaban acá, los llevé a la casa y les puse un disco de Brel. Se quedaron escuchando arrobados. Entonces el muchacho me dijo: ‘Esta canción yo la cantaba cuando era niño en el colegio’”. En esa escena encontraba una confirmación: la obra de Brel había echado raíces profundas en la memoria colectiva. No le sorprendía que, ya iniciado el año 2000, una encuesta en Europa eligiera Ne me quitte pas como la mejor canción del siglo XX.

La noticia de la muerte, está dicho, llegó al finalizar el partido. Bolivia había perdido ante Irak, y nosotros habíamos perdido a Germán Araúz. Volví entonces a las canciones, como él nos enseñó, no para escucharlas, sino para encontrar una historia. Puse Ne me quitte pas como si también pudiera decirle que no se fuera, como si en esa súplica quedara algo de su forma de mirar el mundo. Pero, a pesar de todo, nos dejó. Y, sin embargo, en esas canciones, las que nos contó a sus amigos, las que nos enseñó a escuchar, su voz sigue ahí, convertida en historia, en biografía, en anécdota; como si todavía tuviera algo más que decirnos.

Claudia Daza es periodista.

Imágenes: archivo Araúz

ETIQUETAS
Comparte con tus contactos