Francia: ¿los bárbaros incendian Atenas?

Textual

Isa

Carlos Decker-Molina

¿Los bárbaros incendian Atenas? La pregunta parece sencilla, pero esconde otra mucho más incómoda: ¿quién lanzó la primera piedra? ¿Los jóvenes que incendian automóviles y edificios públicos o quienes, durante décadas, han permitido que se acumulen las condiciones para que estalle la indignación?

La respuesta es más complicada de lo que parece.

¿Es la generación Z la que está saliendo a las calles de París, Serbia, Albania y otros lugares del mundo? ¿Estamos ante una rebelión generacional o frente a una crisis más profunda de nuestras sociedades?

Conviene comenzar por una definición. La llamada generación Z comprende, aproximadamente, a los nacidos entre 1997 y 2012. Son los primeros jóvenes que crecieron plenamente inmersos en el universo digital, las redes sociales y una globalización que prometía oportunidades ilimitadas. Pero también han conocido la precariedad laboral, el encarecimiento de la vivienda, las crisis económicas, la pandemia y la incertidumbre sobre el futuro.

No constituyen una clase social ni comparten necesariamente una ideología. Los une, en todo caso, una experiencia histórica: han heredado un mundo que ofrece más información que certezas.

Francia y sus contradicciones

Francia arrastra problemas estructurales que sus gobiernos han intentado resolver sin conseguir consensos duraderos.

Uno de ellos es el sistema de pensiones. Emmanuel Macron impulsó en 2023 una reforma para elevar progresivamente la edad legal de jubilación de 62 a 64 años cuando en Suecia, por ejemplo, llega a los 67. La reforma francesa fue aprobada, pero provocó una enorme resistencia social y su aplicación fue parcialmente suspendida hasta 2028.

El problema no es solamente contable. Para unos, la sostenibilidad financiera exige trabajar más años; para otros, prolongar la vida laboral significa desconocer las desigualdades entre quienes trabajan en una oficina y quienes han pasado décadas realizando tareas físicamente agotadoras.

A ello se suman la elevada deuda pública, el débil crecimiento económico y las dificultades para financiar servicios públicos que durante mucho tiempo constituyeron una de las señas de identidad del Estado social francés.

Las protestas estudiantiles que comenzaron en septiembre de 2026 denunciaban la falta de profesores, edificios escolares deteriorados, aulas sobrecargadas y condiciones de enseñanza deficientes. En pocas semanas, la movilización se extendió a centenares de establecimientos y terminó confluyendo con el descontento por el costo de la vida y los recortes presupuestarios.

Hasta aquí, las reivindicaciones parecen legítimas. Pero surge otra pregunta: ¿por qué una protesta por mejores condiciones educativas termina convirtiéndose, en algunos lugares, en una batalla callejera?

No todos los manifestantes son violentos. La mayoría protesta pacíficamente. Sin embargo, los incendios, saqueos y enfrentamientos con la policía han terminado ocupando el centro de la información pública, desplazando las demandas que originaron el movimiento. Y aquí aparece la política. O, más precisamente, su crisis.

¿Dónde están los partidos políticos?

¿Dónde están los partidos que reconstruyeron Francia después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué ocurrió con las organizaciones capaces de transformar el descontento social en proyectos políticos?

El Partido Comunista francés, que llegó a ser una poderosa fuerza obrera, perdió gran parte de su influencia. El Partido Socialista sufrió un prolongado debilitamiento. La derecha republicana también se fragmentó. Surgieron nuevas fuerzas, pero ninguna ha conseguido reconstruir plenamente los antiguos vínculos entre representación política, sindicatos y sociedad.

No pretendo idealizar el pasado. Sin embargo, las organizaciones políticas ofrecían algo que hoy parece escasear: espacios de formación, discusión ideológica y elaboración colectiva.

En Mayo del 68, las calles francesas también ardieron. Hubo barricadas, enfrentamientos y una profunda impugnación del orden establecido. Pero detrás de aquella rebelión coexistían corrientes marxistas, anarquistas, trotskistas, libertarias y sindicales. Se discutía sobre capitalismo, autoridad, universidad, sexualidad, democracia y organización social.

No todos compartían las mismas soluciones, pero existía una extraordinaria efervescencia intelectual.

Las movilizaciones de 1968 contribuyeron a transformar las relaciones laborales, las costumbres y la cultura política francesa. No construyeron la revolución imaginada por algunos de sus protagonistas, pero dejaron una huella duradera.

Hoy, en cambio, buena parte de la protesta parece desarrollarse sin una perspectiva política común. Las redes sociales permiten convocar multitudes en pocas horas, pero no necesariamente ayudan a construir organizaciones capaces de negociar, formular programas o sostener proyectos de largo plazo.

No afirmo que los jóvenes no lean ni piensen. Sería una generalización injusta. Lo que me preocupa es la sustitución del debate político por la reacción inmediata, del argumento por la consigna y de la organización por la viralidad.

La indignación puede reunir a miles de personas. Pero la indignación, por sí sola, no constituye un proyecto político.

Del proletario al emprendedor

Existe otra transformación que considero fundamental.

Durante buena parte del siglo XX, la izquierda identificaba a su sujeto histórico con la clase trabajadora, especialmente con el proletariado industrial. Hoy ese sujeto se ha fragmentado.

Los trabajadores no han desaparecido, pero las fábricas ya no concentran necesariamente a las grandes masas asalariadas. El empleo se ha desplazado hacia los servicios, las plataformas digitales, la subcontratación y múltiples formas de precariedad.

Al mismo tiempo, el neoliberalismo no se limitó a transformar la economía. También produjo una cultura.

El individualismo competitivo, o lo que podríamos llamar la ideología del singularismo, ha convertido al individuo en empresario de sí mismo.

Ya nadie parece querer ser trabajador. Todos deben aspirar a ser emprendedores. El éxito se presenta como resultado exclusivo del esfuerzo individual y el fracaso como una responsabilidad personal.

Quien no consigue ascender en la escala social es considerado un perdedor, un loser, para utilizar la expresión inglesa.

Los sindicatos aparecen como instituciones del pasado, el Estado como un obstáculo y la solidaridad colectiva como una carga.

Naturalmente, esta descripción es una simplificación de tendencias culturales, no una fotografía de toda la sociedad. Pero ayuda a comprender una paradoja: el neoliberalismo ha debilitado las identidades colectivas mientras multiplica las frustraciones individuales.

La mayoría quiere pertenecer a la clase media. No importa si ocupa su escalón inferior, intermedio o superior. Lo importante es no quedar abajo.

¿Y quién realiza los trabajos que nadie quiere hacer?

¿Quién limpia el culo a un anciano francés que ha perdido su autonomía? ¿Quién recoge la basura, limpia los hoteles, reparte alimentos o cuida a los enfermos?

Muchos de esos trabajadores son inmigrantes o descendientes de inmigrantes. No son los únicos, desde luego, pero ocupan un lugar importante en sectores esenciales y frecuentemente mal remunerados.

También ellos aspiran a mejorar su situación económica y alcanzar la prometida seguridad de la clase media.

La economía de plataformas, conocida como gig economy, ha añadido otra contradicción: trabajadores formalmente independientes que, en la práctica, dependen de algoritmos, tarifas variables y empresas sobre las cuales ejercen escaso control.

¿Es eso libertad económica o una nueva forma de subordinación?

La ciudadanía convertida en mercado

Pienso que el neoliberalismo ha modificado incluso el rostro de la ciudadanía.

Durante décadas, el prestigio social podía asociarse al conocimiento, la profesión, el servicio público o la participación política. Hoy, la visibilidad y el dinero parecen haberse convertido en medidas privilegiadas del reconocimiento.

¿Por qué aspirar a ser asistente social cuando se puede soñar con convertirse en influencer? ¿Por qué trabajar en una residencia de ancianos si las redes sociales exhiben permanentemente historias de enriquecimiento rápido?

No estoy afirmando que todos los jóvenes compartan esos sueños. Me interesa señalar el modelo cultural que se les ofrece.

El problema aparece cuando una sociedad necesita maestros, enfermeras, cuidadores y trabajadores sociales, pero recompensa simbólica y económicamente otras actividades que no siempre tienen una utilidad colectiva comparable.

Se produce entonces una contradicción entre lo que la sociedad necesita y lo que el mercado premia.

¿Quién gana con el desorden?

Hay una última cuestión que merece atención.

Las crisis sociales también son escenarios de disputa ideológica.

Las imágenes de automóviles incendiados, comercios saqueados y enfrentamientos callejeros pueden alimentar discursos autoritarios que presentan el orden público como incompatible con determinadas libertades.

En Francia, sectores de la extrema derecha han utilizado las protestas para cuestionar la capacidad del gobierno de mantener el orden. Desde Estados Unidos, Donald Trump y sus aliados han atribuido episodios de violencia a los inmigrantes musulmanes, sin que las autoridades francesas hayan confirmado esa responsabilidad colectiva.

El mecanismo es conocido: convertir un problema social complejo en un conflicto de identidades.

No es necesario demostrar que Moscú, Washington o cualquier otro poder extranjero dirigen las protestas para reconocer que determinados actores políticos pueden intentar aprovecharlas mediante campañas digitales y operaciones de desinformación.

El riesgo es que la protesta contra la precariedad termine transformándose en una ofensiva contra los más vulnerables.

El inmigrante se convierte entonces en el chivo expiatorio. Si un delincuente roba un comercio, su conducta deja de juzgarse como un delito individual y pasa a presentarse como una característica de toda una comunidad. Así se construye políticamente al enemigo.

Volver a la política.

¿Cuáles son las soluciones?

No tengo una respuesta definitiva. Desconfío de quienes aseguran poseerla. Pero sospecho que debemos invertir el orden de nuestras prioridades: volver primero a la política y después a la economía, no al revés.

Eso significa recuperar la discusión sobre qué sociedad queremos construir antes de decidir exclusivamente cuánto cuesta sostenerla.

Significa también comprender que el mercado puede organizar actividades económicas, pero no reemplazar la deliberación democrática ni definir por sí solo el valor de una vida humana.

Francia no está viviendo simplemente una rebelión juvenil. Está mostrando algunas de las contradicciones de un modelo que prometió prosperidad individual mientras debilitaba los instrumentos colectivos para alcanzarla.

Quizá los jóvenes no estén incendiando Atenas porque rechacen la civilización. Quizá estén denunciando, de manera confusa y a veces destructiva, que las instituciones han dejado de ofrecerles un horizonte reconocible.

La violencia no es una solución. Pero tampoco lo es reducir toda protesta a un problema policial.

Y regreso a la pregunta inicial: ¿quién lanzó la primera piedra?

Tal vez la cuestión verdaderamente importante no sea descubrir quién la arrojó, sino comprender por qué había tantas piedras (problemas) esperando ser lanzadas.

Carlos Decker Molina es periodista y escritor boliviano, radicado en Suecia.

ETIQUETAS
Comparte con tus contactos