En el taller de Correveidile

Textual

Isa

Manuel Vargas

Uno a veces se olvida. Pero se hacen cosas. Y no estamos solos, todo lo contrario. Correveidile (como su nombre casi lo indica) era, es una revista de cuento. Estoy hablando del año 1996, o sea el siglo pasado. Comenzamos con Marcela Gutiérrez, Adolfo Cárdenas y mi persona. Luego, con el paso de los años, vinieron otros nombres, como los de Virginia Ayllón, Elvis Vargas, Ana María Grisi, Edgar Arandia Quiroga… y veo que el año 2000 aparece el nombre de Germán Araúz Crespo.

Es así que el año 2003, el trío Germán, Edgar y Manuel iniciamos una nueva etapa en la revista, haciendo un recuento de cuentos bolivianos del Siglo XX. Son los números 21, 22, 23, 24 y 25. Los tres amigos nos pusimos a trabajar, discutir, escoger y redactar sencillas aclaraciones y razones de esa selección de cuentos bolivianos.

Edgar era pintor y lector no solo de antropología y arte, sino también de literatura. Germán, aparte de su trabajo periodístico, ya había estado en el Taller del Cuento Nuevo de Santa Cruz, dirigido por Jorge Suárez. Cada uno de nosotros tenía sus propios y/o comunes criterios para ir escogiendo los cuentos, desde Adela Zamudio (1854-1928) hasta Solange Behoteguy (1970).

Una cosa que me llamó la atención es que, después de charlar y discutir un poco o mucho, Germán agarraba la máquina y se ponía a redactar las introducciones a los distintos números de la revista. Cosa que yo nunca haría sino en mi soledad. Supongo que era su experiencia y práctica periodística. Mientras tanto nosotros observábamos, añadíamos, quitábamos frases, conceptos, aclaraciones… Y salía así el texto definitivo. También me acuerdo bien de los gustos certeros de Germán y los entusiasmos por uno u otro cuento. Qué bella experiencia. Ese fue uno de los ejercicios que me llevaría, después a animarme a armar, en otro tiempo y siempre en equipo, la Antología del Cuento Boliviano, de la BBB (2016).

Me agrada recordar que, tal vez ya antes, o un poco después, con Germán realizamos más de un taller de cuento, especialmente para el ávido público paceño. Salieron cuentos, cuentistas y muchas anécdotas que ahora no es el caso recordar aquí. Pero las huellas están en más de un número de la revista Correveidile, incluyendo algunos números especiales de y para la Alasita paceña, el gran evento cultural de la miniatura.

También allá por el año 2000, siempre en Correveidile, me cayó la lluvia de textos de un tal Víctor Hugo Viscarra. Él llegaba de Cochabamba y quería publicar sus cuentos; habló con Jaime Nisttahuz para que lo ayude y él le dijo: “Busca al Manuel Vargas”. Y me buscó, y de ahí viene la leyenda verdadera del cajón de papeles en desordenados rompecabezas que me entregó, de donde fueron saliendo sus libros. Pero lo que casi no he contado hasta ahora, es que después de mi mirada de ratón (de biblioteca), yo le pasaba el material escogido a Germán Araúz, para que lo ponga en solfa; profesionalmente hablando: para el “trabajo de edición” de esos frescos y olorosos materiales. Fue Germán quien sugirió los títulos y subtítulos de casi todas las publicaciones de Víctor Hugo. Además, claro, del orden, la estructura y demás adobos (especialmente en el caso de Borracho estaba…) para que el producto sea… lo que finalmente fue. Y las ilustraciones de la tapa, ¿quién las hacía? Pues el Edgar.

Otra de las cualidades de Germán era la de saber titular, influido tal vez, aparte de su propio carácter y su chispa, por el trabajo periodístico de Argentina, país donde residió en su juventud. Para todos es sabido que Germán era el hombre de los chistes, las anécdotas y las sugerencias. Y esto lo puso en práctica, más allá del periodismo en el que trabajaba, con los libros de Viscarra, entre otros.

Manuel Vargas, escritor.

Imagen de portada: composición con foto del archivo Araúz e imágenes de redes sociales.

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