David Santalla desde el volante

Textual

Isa

Claudia Daza

Domingo 22 de febrero. Hago parar un taxi en El Prado para volver a mi casa en la zona sur. Había ido al Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez a escuchar historias, entrevistar personas y despedirme de David Santalla. La lluvia ya había pasado.

Nostalgia. Soledad después de dejar a mi amigo Javi, con quien estuve en el velorio del actor paceño, en la plaza Abaroa. No me queda otra que mirar las aceras y el reflejo de un domingo gris. De repente, ya por la avenida Costanera, el chofer empieza a hablar como descosido, como esos que quieren hacer vida social en el trabajo.

Comienza hablando del clima. De la lluvia, del frío, y entonces —como por magia cinematográfica— arma todo un ensayo sobre Mi socio (película de Paolo Agazzi).

—Qué grave la lluvia, ¿no? Y don David ya ha llegado al Municipal en su camión, así, en plena lluvia.

Me agarra en curva.

—¿Y lo vio llegar? —le pregunto.

—No, en el TikTok he visto. Qué pena, ¿no? Yo lo he llevado varias veces a su casa a don David Santalla. Vivía por Los Pinos. Recién nomás se ha ido a Sucre.

Comienzo a imaginar todas esas charlas que habrían tenido. Me olvido de mirar la calle.

—Justo esas veces me estaba comprando un camión y le pedí consejos, porque él era camionero en la película. Y no, pues, me ha dicho: “Tienes que tener cuidado con la cola. No es fácil manejar un camión”. Que él había tenido que aprender harto para la película. Y yo le comenté que los camioneros son medio mujeriegos. “Sí, pues”, me decía, riéndose. Yo creo que ese camión (el que acompañó el traslado de restos) no es el mismo de la película; era diferente, las llantas de atrás eran distintas…

Lo dice desde la mirada desconfiada de un chofer. Me hace dudar. Pero no: es el mismo. La producción hizo reacondicionar ese camión después de muchos años para la secuela.

Su charla le hace honores al cine. Enumera los lugares que aparecen en la película de Agazzi. Me cuenta cómo era Patacamaya antes y cómo está ahora. Dice que le parece alucinante cómo del Oriente se pasa al valle; se queda hablando de los sembradíos y de ahí salta al mercado Fermín López, en Oruro. Me describe cómo era en la película y cómo están ahora las cosas.

—Ese pueblo igualito está. No ha cambiado nada.

Frena en un semáforo y reflexiona sobre los adoquines en La Paz, que en tal calle había, pero ahora ya no hay.

Relata la película desde sus locaciones. Se nota que ha viajado mucho y que ha visto varias veces la peli, con ese apego a la nostalgia, de esa que remarca nuestro contacto mágico con los abuelos, con los padres, pero también con el país.

—No he visto Mi socio 2.0 ¿Dónde habrá para comprarse, ¿no?

Después de un buen trecho me cuenta su vida cinéfila. Se acuerda de American Visa (Juan Carlos Valdivia) y me resume el meollo de la película. Luego se ríe recordando La llamita blanca (Rodrigo Bellot) y el paso de los Tortolitos por el Oriente. Y entonces hace un recuento de los que se fueron.

—Se ha ido el Hugo Pozo, la cholita de la Jaén… (se refiere a la actriz Rosa Ríos). Y el David Santalla, que decía en el TikTok que había que hacer lo que te gusta. Tan cierto. Qué pésimo que los actores sean tan mal pagados, ¿no? El Ministerio debería darles jubilación, seguro médico. Y no pues, señorita, ¿cómo le van a hacer su estatua después de muerto? Él en vida ha pedido eso. Todo hay que dar en vida. ¡En vida!

Se calla un buen rato; el momento triste en el pequeño viaje.

—A otro que he llevado en este taxi es al Piti Zapata. ¿Sabe quién es don Piti?

Entonces ya me parece todo un personaje el hombre al volante. Cuánta gente habrá llevado en su carro.

—El que compuso Casita de pobre —le respondo.

—¡Ese mismo! Yo no sabía. Me ha tenido que hacer escuchar la canción y decir: “¡Yo he hecho este tema!”. Ucha y yo no sabía, ¡a ver! Usted ¿es actriz, señorita?

Me arrepiento de no haber grabado esa charla. Horas antes, llegaba el camión de Mi socio al Municipal, escoltando el carro de la funeraria Valdivia que llevó los restos de don David. A pesar del dolor, Yúngaro, el hijo que tuvo con Rosario Aquim y que es actor, pedía orden a los asistentes al velorio. El viceministro de Culturas, Andrés Zaratti, organizaba los carros; gente del Gobierno y de la Alcaldía trataba de poner orden. Al camión le costó acomodarse.

Estaban muchos chicos que hacen stand up, compañeros y compañeras de teatro. Todos queríamos registrar el momento para la tele o para TikTok. Sonaba un bolero de caballería, otro bolero de caballería en el teatro, pensé. Prensa. Transmisión en vivo.

Una señora se acercó al camión como si fuera el mismo ataúd. Se agachó y le habló, llorando intensamente.

Entró don David al teatro. Lo aplaudieron. Lo filmaron. Los pañuelos fueron reemplazados por celulares. Terminó de tocar el bolero y un señor gritó que tocaran el tema de Mi Socio. Los músicos de la Banda Municipal Eduardo Caba se miraron; no sabían, no respondieron. Tendrán que aprender el tema para el día del entierro y para siempre.

Comenzó a gotear fuerte. La Paz estaba muy triste.

—Lo que es la vida: David se va justo en el entierro del Pepino —me dijo una amiga cineasta, casi riendo, casi llorando.

—Nos vamos a mojar, ¿qué hacemos? —decíamos varios.

La cola era inmensa. No se podía entrar todavía. La amenaza de lluvia era contundente. La gente se afligía. Como colados profesionales, nos dimos cuenta de que el Teatro de Cámara Norma Merlo estaba abierto. Entramos disimuladamente, como si fuéramos a otro lugar. El tumulto no se dio cuenta.

Conocemos los pasillos y las conexiones; pero los funcionarios ¿acaso son sonsos? Nos interceptaron en la sala de espera. Decidimos aguardar. Saqué mi grabadora y entrevisté. Allí me contaron lo riguroso que era: puntual, ordenado; que manejaba una técnica italiana y chilena del humor, su escuela. Que pagaba puntual a su gente, que siempre se acordaba.

El Teatro Norma Merlo estaba abierto porque unos adolescentes hacían una obra, algo de romanos. Al verlos correr de un lugar a otro con sus trajes, recordé que Davicho, de niño, ya hacía sus obritas, y que años después también vestía de griego o romano para una obra. El teatro es así, continúa: mientras hay velorio en la sala principal, al lado los niños representan una obra.

De pronto entró otra sarta de gente que conocía muy bien el teatro. La situación se puso tensa: estaba lloviendo. Los sacaron a gritos. Todo parecía una comedia donde unos personajes quieren a toda costa entrar a un velorio por una puerta que no es la oficial.

Mientras tanto, me pierdo recordando. Cada vez que el teatro se convierte en funeraria, es como si el Tío Ubico nos recibiera en otra dimensión. Horas antes había recordado que justo hace un año velábamos también al actor Diego Massi. Hace unos meses fue Guido Arze; antes, Franz Chuquimia; hace años, las grandes Norma Merlo, Agar Delós, Rosa Ríos; y hace poco, el compositor Julio César Paredes. La única que no quiso velarse en el teatro fue Maritza Wilde: decía que el teatro era para hacer teatro. Punto.

Por fin nos dejaron entrar. Quinientos dolientes anoche: esa es la capacidad del Alberto Saavedra. Abrazos para todos. Estaban los hijos, la viuda, los sobrinos, los amigos. Fernando Illanes en primera fila, su colega de cuarenta años. Después me habló del rol social de los personajes de Santalla (creados, me hace notar Mabel Franco, junto a Hugo Eduardo Pol): siempre construía figuras no valoradas por la sociedad —la imilla, la vieja, el viejo renegón—. Suena la canción que compuso Alberto Villalpando para Mi socio, suena la voz de Gerardo Arias, suena la quena, suena ese taquirari con voz potosina: la canción más triste y más tierna del país.

—Mucho ha llovido, ¿no? —me dice el chofer.

Quiero sacar mi grabadora. Me desespero, porque qué bonito siempre se lo ha pensado al finado desde su volante. Pero decido hacer periodismo solo conversando, alucinando en cómo un chofer recuerda a otro chofer. Esta es la nota, me digo por dentro. Y me parece glorioso cómo las personas que se van se manifiestan: nos regalan señales, nos muestran la huella que dejan en la memoria de la gente. Para eso uno se muere: para que te lo hablen bonito. Tan bonito como se lo habló el Yúngaro, su hijo menor.

Llego tarde a casa. Había llovido peor por mi barrio. Al abrir la puerta escucho carcajadas. ¿Qué está pasando?, me digo, curiosa.

Me acerco rápido a la habitación de mi madre. Me fijo bien, le pregunto. Y me explica que estaba mirando al Enredoncio en TikTok, como si nunca lo hubiera escuchado, como si recién descubriera un chiste de hace años, como si fuera la primera vez que veía una obra del gran David Santalla, el artista. Así nomás la gente se hace inmortal.

Claudia Daza es periodista cultural

Imágenes: Secretaría Municipal de Culturas

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