¿Cuándo es justo obedecer a la ley y cuándo es legítimo protestar?

Textual

Isa

Erika J. Rivera

Ante los disturbios recientes en las calles de París y las principales ciudades de Francia, pregunto lo siguiente: ¿Es la revuelta un simple problema de vandalismo contra el orden público o es una crisis de legitimidad? Para ello me apoyaré en el filósofo John Stuart Mill. Las protestas comenzaron el 17 de septiembre. Un grupo de profesores inició una huelga para denunciar la falta de docentes en matemáticas, francés, letras, historia y personal de asistencia social. Esa misma tarde los estudiantes se sumaron a las protestas bajo el lema: “Estamos pidiendo lo mínimo”.

Mas de mil liceos se sumaron hasta el 1 de octubre. Según expertos, las redes sociales tuvieron un papel clave en la convocatoria y en la difusión sobre las condiciones en las que estudian los jóvenes. Se suma el reclamo contra el accionar de las fuerzas de seguridad bajo el lema: “Demasiado jóvenes para ser escuchados, suficientemente mayores para ser gasificados”.

El problema es el financiamiento por la delicada situación fiscal. El gobierno prepara un presupuesto de austeridad para 2027, con un parlamento fragmentado y bajo la mirada de los mercados financieros. Se considera riesgoso estigmatizar un movimiento que nació de reclamos concretos sobre las condiciones de la educación. Según las encuestas, el 72% de los franceses considera legítimas las demandas de los estudiantes, pero un 55% considera que las protestas deberían terminar. Marine Le Pen (lideresa del principal partido de la extrema derecha) cuestionó los destrozos y defendió una reducción del gasto público. Jean-Luc Mélenchon (líder de un partido de la extrema izquierda) respaldó a los estudiantes y denunció la violencia policial.

Pero el conflicto en pocas semanas sumó a docentes, sindicatos, trabajadores públicos, transportistas, chalecos amarillos y sectores afectados por el costo de vida. Lo que comenzó en los suburbios de París se transformó en una protesta nacional con más de 500.000 personas movilizadas en todo el país, 1.800 detenidos y más de 500 policías heridos. Ahora el conflicto tiene también una dimensión política. Francia se aproxima a las elecciones presidenciales de 2027 en un escenario de fragmentación y creciente desconfianza hacia las instituciones con protestas violentas, incendios, patrimonio destruido, comercios saqueados, un escenario que combina reclamos educativos, pérdida de poder adquisitivo, encarecimiento de combustibles, impuesto ecológico, rechazo al ajuste y cuestionamientos a la respuesta del equipo de ministros del gobierno.

Pensemos con John Stuart Mill el declive de los servicios públicos, la falta de oportunidades y el futuro incierto para los jóvenes en un mundo que pareciera sin espacios de realización concreta laboral e  individual. Aparecen diversas corrientes que interpelan la pertinencia y el anacronismo de las universidades para la producción del conocimiento creativo. Estas instituciones no tienen la capacidad de responder a los desafíos del presente. Por ello se plantea la extinción de estos claustros y de las carreras obsoletas frente a la Inteligencia Artificial.

El libro Sobre la Libertad (de Mill) nos permite reflexionar sobre la libertad y el daño. Podemos expresar las dos caras de este problema. Mill defendería las protestas como vital para la libertad de expresión porque hacen progresar a una sociedad. Nos diría que silenciar ese descontento es peor que el descontento mismo, porque sin choque de opiniones no hay verdad. La extensión de la protesta a otros países europeos sería para Mill la prueba de su idea de que Europa es un espacio de ideas contagiosas.

La otra cara de la moneda: La violencia es condenada por causar daños. Aquí es donde Mill trazaría una frontera. Su principio es: tu libertad termina donde empieza el daño a otro. El saldo de saqueos en tiendas parisinas, incendios, el ayuntamiento de Limoges de 143 años ardiendo, muchas plazas llenas de gases lacrimógenos. Para Mill, eso ya no es libertad, es daño. Manifestarse es un derecho fundamental. Sembrar el desorden con violencia y de manera concertada no lo es. El saqueo no es opinión, es acción que lesiona la libertad y propiedad de otros.

En síntesis podríamos concluir que es importante no confundir causa legítima con método ilegítimo. Es legítima y debe ser escuchada la indignación de los jóvenes por los millones que se destinan a la guerra y no para la educación. La protesta debe protegerse, pero lo otro (los daños causados) debe castigarse.

En segundo lugar hay que tomar en cuenta el peligro de la tiranía de la mayoría invertida. Mill nos advirtió contra mayorías que aplastan minorías, pero también contra minorías violentas que imponen miedo a la mayoría silenciosa. Cuando una parisina dice: “Es desgarrador ver nuestra ciudad así”, está expresando ese miedo. Por último la solución es más debate, no menos. Mill pediría que el gobierno responda con razones, no solo con policía, y que la sociedad distinga entre protesta legítima y violencia condenable. Considero que siguiendo el lineamiento de Mill decimos lo siguiente: Defiende hasta el final el derecho a tomar la Bastilla con palabras, condena tomarla incendiando el ayuntamiento. El conflicto entre el Principio del Daño y las medidas punitivas del Estado describe la tensión que ocurre cuando los ciudadanos se rebelan porque sienten que el gobierno está agrediendo sus vidas, y el Estado responde usando la fuerza para imponer el orden. Para John Stuart Mill, esta dinámica define los límites de cuándo es justo obedecer a la ley y cuándo es legítimo protestar.

Erika J. Rivera, nacida en Guayaramerín, ha estudiado filosofía en la UMSA. Tiene una maestría en filosofía política en la misma universidad.

Imagen de portada tomada de El Potosí.

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