Crónica en tierra Chipaya

Textual

Isa

Alfonso Gumucio Dagron

El ocaso

No muy lejos aparecieron las dunas de arena. Con el sol que declinaba en el horizonte, las dunas eran de miel y parecían moverse lentamente en el vaivén de sus propias sombras. El barniz dorado las mostraba cálidas, pero el frio que se colaba por las rendijas de las puertas del jeep indicaba que la temperatura exterior había caído por debajo de cero grados.

Suele suceder en esos páramos del altiplano: cuando el sol está arriba hay que cuidar incluso el cuello porque el reflejo del sol es traicionero. Y cuando se esconde al final de la tarde, es mejor enfundar chompas y chamarras hasta el día siguiente.  En los viajes anteriores a Chipaya dormíamos vestidos porque no era suficiente el peso de 4 o 5 frazadas en el albergue.

“Las dunas”, anunció el chofer, a tiempo de colocar la palanca de doble tracción. Sabíamos que se aproximaba un estrecho paso de cien metros de largo entre dos dunas. Había que acelerar y cruzar los dedos. Siempre lográbamos pasar cuando el chofer maniobraba con habilidad. La excitación de desafiar a las dunas movía adrenalina en el pecho. El jeep aceleró para entrar al callejón de arena. El chofer maniobraba el volante para que las ruedas ya gastadas del viejo vehículo no le jugaran una mala pasada. Pero le jugaron una mala pasada: aceleró demasiado y una de las llantas se hundió en la arena.

Elecciones autonómicas en el ayllu Manazaya

Bajamos para ayudar. Marco Machaca sacó la cámara y le pedí que se instalara sobre la duna más alta para registrar un plano fijo del atardecer. El sol se estaba ocultando detrás de una cadena de cerros distantes que teñía de un rojo intenso, como una cortina de sangre. Solo en el altiplano la levedad del aire permite ver tan lejos con nitidez. De pronto, el paisaje austero se transfigura, nadie diría que ahí la tierra se niega a dar frutos, una palabra excesiva porque sugiere colores, aromas y sabores, pero esta tierra ya no da siquiera quinua.

El sol cae definitivamente, por hoy. Mañana surgirá del lado opuesto para llevarse el frio. Pienso en todos los viajes a Santa Ana Chipaya para filmar el documental que comencé meses atrás sobre el proceso autonómico de la nación uru-chipaya.

Si siguiéramos las reglas de un documental, se parecería a un ensayo o a un reportaje, pero esta vez será una crónica por su carga testimonial. Desde un principio me di cuenta de que no podía mirar desde afuera el proceso autonómico chipaya: ya estoy adentro, ya me metieron ellos en sus historias, en sus proyectos y en sus sueños. Por eso regreso cada vez, con la excusa de que me falta filmar algo más.

Este lugar parece alejado de todo, más por la vida que llevan sus habitantes que por las distancias que hay que recorrer para llegar. Cada vez se repite nuestro trayecto desde La Paz: subimos temprano en el Teleférico Amarillo hasta Ciudad Satélite, en El Alto. De ahí en taxi a la calle donde salen hacia Oruro las “flotas”. No importa cual, subimos a la que esté saliendo, aunque aquí no hay horarios fijos. Los ayudantes vocean “ya sale, ya sale” pero puede tardar todavía una hora en salir, ya conocemos la argucia. En Oruro, luego de desayunar en el mercado, nos espera un jeep o camioneta. Tres horas más hasta Chipaya. Entre paradas y retrasos, todo un día de viaje.

Durante el rodaje

La comunidad Chipaya es emblemática por razones que se irán revelando en la crónica. No quedan más de cinco mil miembros, dispersos en el noreste del altiplano boliviano, cerca de la permeable frontera con Chile. Tan permeable, que los chipaya la cruzan como si no existiera. Muchos viven la mayor parte del año en lugares del norte chileno, donde trabajan como albañiles o agricultores, a falta de trabajo en su país. Bolivia los expulsa, así de simple, al mismo tiempo que la retórica oficial se enorgullece de su historia, de su lengua ya contaminada y de su típica vestimenta de pesados ponchos rayados con delgadas hebras de color.

He filmado durante semanas el proceso democrático autonómico de la comunidad chipaya. Toda democracia es una construcción colectiva. Como la memoria, la cultura y la comunicación, la democracia no es un episodio ocasional sino un proceso permanente cultivado, irrigado, alimentado todos los días para que sus raíces se afirmen, para que su follaje se despliegue vistoso y para que sus frutos puedan ser compartidos. La edificación del imaginario democrático me parece más el tejido de una red que la cimentación de una construcción rígida y vertical. En el tejido importa más la diversidad de texturas y de colores que la precisión de las líneas o el peso de la plomada.

Está equivocado quien confunde un proceso democrático con una sucesión de eventos electorales. Si bien estos tienen que ver con el ejercicio de una opinión vinculante, no garantizan el fortalecimiento de un proceso que solo se consolida en  la medida en que suma cotidianamente una multiplicidad de acciones colectivas, de comportamientos ciudadanos que apuntalan un ideal de convivencia con pleno ejercicio de todos los derechos.

En eso iba pensando en el jeep cuando aparecieron las luces de Santa Ana de Chipaya, la pequeña capital del nuevo proceso autonómico. Estas consideraciones y expectativas también fueron discutidas a fondo en los cuatro ayllus, entre autoridades tradicionales, ancianos y mujeres. Todos suelen participar sentados en el suelo sobre cueros de oveja, mientras pasan de una mano a otra las bolsas de plástico verde transparente de las que van tomando un puñado de hojas de coca para acullicar. El acto ritual de quebrar las hojas de coca y ensalivarlas no es propiamente una masticación. No se usan los dientes sino la lengua para darle vueltas al bolo de coca en el carrillo de la boca, hasta que se vuelve pastosa.  

Nos alojamos en el albergue administrado por Crimaldo Quispe, que llegó en su moto casi al mismo tiempo que nosotros al ver que las luces del vehículo se aproximaban. Las cuatro cabañas con varias camas fueron construidas reproduciendo el modelo de las viviendas tradicionales de los chipaya, aunque en el pueblo ya no hay ninguna de estas, y solo se encuentran en las afueras. Crimaldo preguntó si queríamos solo desayuno o los tres tiempos de comida. Optamos por lo último porque la señora que cocina tiene buena mano y además no hay en el pueblo ningún lugar para comer, apenas una tienda donde solemos tomar mate de lampaya.

En Santa Ana de Chipaya las calles suelen estar vacías. Al recorrerlas uno ve los candados cerrados en las puertas de las casas. Muchos se han ido a Chile y regresarán solo para los tres o cuatro eventos importantes del año. El más importante de todos: el campeonato deportivo en el que participa toda la comunidad, varones, mujeres, niños. Es el espacio de socialización más importante de los cuatro ayllus. También las fiestas de fin de año, los carnavales y alguno que otro evento político. Chile está más cerca que La Paz.

El llamado a una reunión del ayllu.

Luego de un viaje cansador es bueno encontrar una sopa espesa y caliente, con pan hecho localmente, sin levadura. Paulino Condori, el Qhastan Yoqztan qamñi zoñi (autoridad máxima de la nación uru-chipaya), se une a nosotros para la cena. Nos acompaña en la mesa pero no come con nosotros. Hablamos del programa de los próximos días, como lo hemos hecho otras veces. Paulino se encargará que convocar a las personas. Ha sido nuestro anfitrión y nuestro enlace durante meses, incluso nos hemos reunido durante sus visitas a La Paz, que son frecuentes.

Mañana en la noche proyectaremos en el salón del Colegio Santa Ana, en la plaza principal, la película semi-documental “Vuelve Sebastiana”, realizada en 1953 por Jorge Ruiz, pionero del cine boliviano. Ruiz tuvo la iniciativa de hacer esa película de 28 minutos en un momento en que Santa Ana era aún un pueblo con las características arquitectónicas tradicionales: casas circulares con el techo en punta. No existía la plaza lastimada por el cemento, como ahora. Ruiz no había cumplido aún 30 años de edad. Llamó a su amigo Luis Ramiro Beltrán, 6 años más joven, para que escribiera una historia, y fue a filmarla con otro cómplice de toda la vida, Augusto Roca, muy hábil para hacer funcionar equipos de cine testarudos y precarios.

Ya entonces había en este trío de jóvenes una idea de la democracia concebida como inclusión y participación. Eso me lleva a pensar cómo la producción cultural y en particular el cine, puede contribuir en la construcción de procesos democráticos: apela a la memoria, a los sentidos y a la afectividad. También el cine de ficción o la novela pueden ser instrumentos de análisis histórico o sociológico tan válidos como los ensayos e investigaciones científicas, porque representan la realidad con una fuerza que a veces supera la mirada descriptiva académica. Y ahí vuelvo a encontrar los valores de la crónica: la capacidad de revelar el silencio y de sacar a la luz aquello que los ciudadanos quieren olvidar demasiado pronto, cuando no han cerrado aún las heridas y no se han reconstituido los tejidos sociales rotos.

Sebastiana Kespi y Paulino Lupi durante la proyección de “Vuelve Sebastiana» de Jorge Ruiz

Definitivamente, estamos filmando una crónica cinematográfica parecida a la que hicieron Ruiz y Roca en 1953, aunque el sesgo de ellos era etnológico. Ahora, la fuerza del cine-crónica radica no tanto en el discurso de la voz, sino en lo que se sugiere a través de las miradas de los sujetos. El cineasta propone y el espectador enriquece su imaginario a partir de la experiencia propia y del conocimiento que se genera en el diálogo entre la propuesta fílmica y las necesidades individuales y colectivas.

Casi nadie en el pueblo chipaya conoce la película de Ruiz y Roca filmada siete décadas antes.  Para nosotros, los cineastas que la hemos visto muchas veces, es importante mostrarla porque queremos leer en los rostros las reacciones de los más viejos, de las mujeres y de los más jóvenes. Para todos será una experiencia inolvidable y por supuesto, la vamos a filmar.

Memoria del futuro

El amanecer en Chipaya es siempre luminoso. Como en todos los viajes anteriores saltamos de la cama para esperar el sol. Nos levantamos aún de madrugada para llevar el trípode y la cámara a un lugar donde podemos filmar una panorámica de los cerros distantes, entre ellos el Tata Sabaya, donde los antiguos Uru-Chipaya realizaban sus rituales. A las 6 de la mañana, cuando los primeros rayos asoman en el horizonte, ya hay jóvenes jugando fútbol en la cancha cercana al cementerio.

Hacemos varias tomas entre las tumbas, dentro del cementerio perfectamente circular, donde un grupo de hombres y mujeres entra tambaleante, parece que se recogen luego de una noche de celebración. El alcohol es un escape común, una costumbre adquirida sobre la que solo tienen influencia las sectas evangélicas que han desplazado las prácticas católicas. La cámara recorre  el cementerio hasta la parte mas alejada de la entrada, donde hay un pequeño cuarto de adobe en el que se mezclan osamentas con botellas rotas y papeles sucios. Es como el cementerio del cementerio, donde van a parar los que no tienen siquiera una tumba.

El día transcurre en reuniones y entrevistas. Buscamos a los dirigentes de los cuatro ayllus para asegurarnos de que su gente estará en la proyección de la película. Somos conscientes de los roces entre los ayllus, eso es normal, es parte de la historia no narrada. Hablamos con Tito Quispe, Jilaqata Mayor del ayllu Wistrullani, con René Lázaro Mollo, Segunda Mayor del ayllu Aranzaya, y con Ezequiel Mamani Condori, Jilaqata Mayor del ayllu Manazaya y su esposa Julia Felipe. En un viaje anterior filmamos en su casa, mientras desayunaban con su hija pequeña, y luego en las afueras del pueblo otra escena para ver la topografía, los ríos cada vez con menos agua. Con Ezequiel y Julia he desarrollado una linda amistad en estos meses, al punto que Julia está tejiendo para mi un poncho chipaya, algo que no es usual, ya que son muy celosos de su vestimenta tradicional. En otra escena clave, Ezequiel y Julia explican en cámara los detalles de las prendas que visten. No dudo del valor que esto tendrá para la memoria de los chipaya.

En el ayllu Ayparavi, aproximadamente a 30 o 40 minutos, hay otro buen amigo, el Jilaqata Mayor Adrián Quispe Condori. Nos aseguramos con Paulino que le hayan hecho llegar el mensaje sobre la proyección y algunos carteles enviados con anticipación y que ahora están pegados en los lugares más transitados del pueblo. Ayparavi no es solo un ayllu aislado, sino quizás el que más ha sufrido los cambios de clima en décadas recientes. Medio siglo atrás el ayllu tuvo que reconstruir sus casas a un kilómetro de donde estaba antes. En su historia se habla de tres traslados forzosos por sequías o inundaciones, los dos extremos del cambio climático. Quedan las ruinas del último traslado junto al rio Barras, que hoy ya no inunda las tierras para sembrar, está completamente seco a pesar de las ceremonias que se hacen cada 3 de enero llamando a la lluvia. Todo esto nos mostró y contó Adrián en un viaje anterior, y quedará como testimonio en el documental.

Filmando a Paulino Lupi con Freddy Delgado (camarógrafo) y Ramiro Valdez (sonidista)

La sala está repleta media hora antes. Las autoridades chipaya ocupan la primera fila. A falta de pantalla hacemos lo necesario para proyectar sobre el muro. Se apaga la luz y comienza la historia narrada por Jorge Ruiz: Sebastiana, una niña chipaya sale a pastar ovejas, se aleja demasiado de su casa y penetra en territorio aymara. El comentario en off explica que los aymara fueron cercando a los chipaya por muchos años, despojándolos de sus tierras. Sebastiana encuentra a un niño aymara. Duda en acercarse, siente algo de temor. En su comunidad le han dicho que desconfíe de los aymara, pero el niño se acerca y comparte su comida con ella, maravillada de ver papa, chuño y mote, delicias que no prueba casi nunca. Paulino, el niño aymara, la invita a su pueblo.

Mi mirada no está en la pantalla. En primera fila está Sebastiana Kespi (ahora Quispe), la niña de la película de Jorge Ruiz, que ahora tiene 76 años, y Paulino Lupi (ahora López), de la misma edad, que interpreta al niño aymara. Ambos fijan la vista en la pantalla, aunque a ratos intercambian algunas palabras y risas. Las autoridades de los ayllus y todos en la audiencia están fascinados por la película de Ruiz y Roca que nunca antes han visto.

Hasta hace poco nadie había reparado en la existencia de Paulino Lupi, porque se presumía que era aymara y “quién sabe qué habrá sido de él”. Sin embargo, en una filmación anterior, conversando con Sebastiana, le pregunté por él: “No es aymara” me dijo sonriendo traviesamente. “Es del Ayllu Manazaya, vive en la esquina de la plaza”. La emoción de ese descubrimiento me hizo cruzar rápidamente las tres cuadras que separan la casa de Sebastiana de la plaza, con mis colegas Ramiro Valdez (sonidista) y Freddy Delgado (camarógrafo). Ya frente a Paulino sentí una inmensa satisfacción y no pude contenerme de darle un abrazo antes de comenzar a conversar. La memoria de Paulino está mejor que la de Sebastiana. Recuerda bien que él y ella fueron escogidos porque Jorge Ruiz preguntó al maestro de la escuela quienes eran los mejores alumnos. Sentí la misma emoción que había sentido en 1975 cuando redescubrí en Houston a José María Velasco Maidana, a quien en Bolivia nadie recordaba.

Termina la proyección con la nota triste del guion de Luis Ramiro Beltrán: alarmado porque Sebastiana no ha regresado en todo el día, su abuelo decide ir a buscarla y la encuentra, pero en el camino de regreso fallece de agotamiento. Se encienden las luces y en los rostros también hay luz. Los comentarios giran en cómo han cambiado los trajes, los peinados, las casas… Todos los detalles han pasado por la criba memoriosa de los ancianos, mientras que los jóvenes se sorprenden al descubrir una página desconocida de su propia historia.

Alfonso con Sebastiana y Paulino, ambos ya fallecidos.

Sebastiana y Paulino

Temprano, vamos con Paulino y Sebastiana a las afueras del pueblo.  Les muestro fotos de la película de Jorge Ruiz donde ambos aparecen y les pido interpretar las mismas escenas. Es un momento mágico, tanto para ellos como para nosotros los cineastas. Nos damos cuenta de que estamos cerrando un círculo de la memoria y de que el documental quedará como un referente histórico para los chipaya, una crónica visual sobre su identidad y su cultura.

Una crónica tiene la ventaja de no ser un reportaje sino un relato cuyo valor reside en el testimonio. Nadie puede contar lo vivido de la misma manera ya que probablemente hay muchas maneras de contarlo. Las crónicas son historias subterráneas a veces despreciadas en las salas de redacción porque no son información pura que puede sintetizarse en titulares de dos líneas. La crónica obliga a comprometerse porque toca la intimidad de los hechos y de las personas.

El cronista es como un antiguo juglar o narrador tribal que cosecha fibras de relatos individuales para convertirlas en tejidos colectivos. Eso requiere de observación paciente y despojada de prejuicios. Lejos de la altanería del ejercicio como periodistas que lo saben todo, la crónica se llena de ganas de aprehender la realidad. La noticia va por otro lado, fría y urgente. Las historias de los cronistas son subjetivas y se arman con momentos de vida que el lector tiene que reconstruir como una colcha de retazos.

Esta crónica personal dentro de la crónica colectiva me hace reflexionar sobre lo que durante años he desarrollado en el campo de la comunicación participativa: la distinción entre productos y procesos. Con frecuencia la investigación sobre cine se ocupa de las películas, pero en el cine comunitario son más importantes los procesos testimoniales y la recuperación de la memoria, no solo el producto final.

Alfonso Gumucio es escritor y cineasta. Estrena su documental «Chipaya», el 23 de septiembre de 2026, en la Cinemateca Boliviana.

Fotos de Alfonso Gumucio.

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