Champas, la danza de los valles cochalas

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Isa

Sara Vera Camacho

Es dos de febrero en los valles cochabambinos y Aiquile celebra a la Virgen de la Candelaria, su patrona. Entre tierra seca y olor a campo, la devoción se vuelve danza durante una semana.

El sonido del charango irrumpe en el silencio de la comunidad y aparecen hombres y mujeres vestidos con prendas bordadas y coloridas, moviéndose con pasos que parecen sembrar memoria en la tierra. Es la danza de champas, conocida por las borlas de lana multicolor, champas, que adornan principalmente la vestimenta masculina y que, con cada salto vibran y se agitan como una extensión del cuerpo en movimiento.

Se trata de un baile comunitario en el que se entrelazan zapateos, brincos y juegos de coqueteo entre parejas. Cada movimiento es sencillo, pero cargado de simbolismo: habla del campo, de la preparación de la tierra para los cultivos, de fecundidad y de la raíz campesina que pugna por no apagarse.

El origen de la danza se encuentra en la comunidad de Raqaypampa, ubicada en la provincia de Mizque; desde allí se extendió hacia Aiquile, convirtiéndose en parte de la identidad cultural de ambos municipios. En celebraciones comunitarias, patronales y fiestas locales la gente practica la danza, aunque sin registros oficiales, sin apoyo institucional y casi sin eco mediático.

Basta observar para sentir su fuerza expresiva: las mujeres agitan sus polleras multicolores, lucen mandiles bordados y blusas largas; los hombres zapatean alrededor de ellas y visten camisas y chalecos adornados con borlas (las champas), pantalones de lana de oveja con parches tejidos, pañoletas y más borlas vibrantes. Todos llevan sombreros en forma de cono y abarcas blancas rayadas de negro.

Foto: Álbum de Spotify de Guery García, Champa Ranchu

Rara vez la danza de champas aparece en las entradas folklóricas más conocidas del país. Sin embargo, en el último tiempo las academias de baile se han ido interesando, lo que la ha llevado a escenarios teatrales y festivales, aunque con un lenguaje de proyección estética.

En las tablas, la danza despierta curiosidad y provoca aplausos; pero en su propio territorio la historia va siendo otra: los jóvenes migran y, en las festividades locales, la hegemonía de la morenada, los caporales o la diablada amenaza con opacarla.

Ahí radica la paradoja: mientras la danza rural gana reconocimiento en espacios culturales formales y urbanos, en los pueblos donde nació corre el riesgo de diluirse.

Observar la danza de champas en las comunidades vallunas recuerda que existen bailes más allá de los grandes carnavales, y que son estas expresiones cotidianas las que sostienen, con pasos sencillos, la memoria viva de los pueblos.

Sara Vera Camacho es periodista cultural y comunicadora.

Foto de portada tomada del Ballet Folklórico de La Paz (2019)

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