Catalina de dos mundos es la novela más reciente de Juan Claudio Lechín. Una obra que, tal como él mismo narra, ha surgido de una investigación rigurosa y llena de altibajos, en la que, tras cuatro décadas de búsqueda, consigue aquello que necesita para dar vida a esta novela histórica y de intriga.
Edición de Isabel Navia y Sofía Quinteros
Cuando me fui a estudiar a Boston, en los años 80, me llevé los dos tomos de Crónicas Potosinas, de Modesto Omiste, y allí descubrí un cuento que se llama Los tesoros de Rocha. Magnífico. Me enamoré, me enloquecí con el cuento, aunque era —finalmente— literatura, pues no decía en ninguna parte que fuera un hecho histórico, pero sí parecía que era una herencia sociocultural.
Vengo de vacaciones a Bolivia en el año 83, voy a Sucre, donde nuestra querida y recordada Cristina Bubba. Ella me lleva a conocer a don Gunnar Mendoza, en el Archivo Nacional, y le pregunto a don Gunnar por el falsificador de monedas de plata Francisco Rocha. Gunnar me cuenta que él es uno de los que rescata los escritos de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela y me recomienda que, para leer a Rocha, debería comprar los tres tomos de las crónicas de Arzáns: Historia de la Villa Imperial de Potosí, que ahí iba a encontrar todo, porque don Gunnar no era muy abundante de palabras.
Bueno, de regreso me compro los tres tomos y, efectivamente, sin ver los prólogos de Lewis Hanke y de Gunnar Mendoza, joven, entusiasmado, ¡zas!, me voy directamente y encuentro a Rocha y al gobernador, y me parece una maravilla, me quedo fascinado.
Regreso a Lima, tengo una cantidad grande de grandes amigos en Lima, cineastas. Les cuento la historia del falsificador de moneda, que es casi una película – hay que hacer una película – y Pancho Salomón dice: “Va a comenzar con una moneda en cámara lenta, que va a dar vueltas y vueltas”.
Regreso a Bolivia, me caso y empiezo a escribir una novela. Me doy cuenta de que yo, hasta entonces, no tenía ni la pluma que hiciera honor a esa narración, ni conocía lo suficiente como para escribir, y no podía inventar.
Algo que he dejado pasar, y se los contaba emocionado, es que el cuento en cuestión, Los tesoros de Rocha, es de Julio Lucas Jaimes, quien vivía en Arequipa en 1860 y era funcionario diplomático. Se casó con una señorita tacneña y se fueron a vivir a Lima, donde conoce a Ricardo Palma, famosísimo cronista, y ambos fundan la revista La Broma.
Era mayor Ricardo Palma. Y Julio Lucas se queda tan conmovido por la amistad con él, que a su primer hijo le pone Ricardo, en honor a Ricardo Palma. Y ese es nuestro Ricardo Jaimes Freyre, que es peruano y llega a Bolivia a los 17 años, y hoy es nuestro poeta absolutamente, reconocidamente boliviano.
Me doy cuenta de que no conozco suficiente historia para ser verosímil.
Publico una novela en el 91. Mi primera novela, y me percato de que no tengo una narrativa. El viejo Liber Forti me dice: “Tú no sabes de dramaturgia”.
Y yo creía que sabía de todo.

Empiezo a estudiar dramaturgia, todos esos años, tomo cursos y talleres. Después de estudiar rigurosamente, por lo menos estudiar lo que se pudo en aquella época, termino dando clases en la Facultad de Literatura, de dramaturgia.
Y ahí llego a La gula del picaflor (2004). Se me queda olvidado Rocha, el falsificador de moneda. Pero apenas termino La gula del picaflor, digo: “Ya tengo por lo menos pluma”, y todos esos años había estudiado historia virreinal. Porque para una persona de mi generación, teníamos la historia de Bolivia, que comenzaba con la independencia en 1825. Para atrás, era una larga oscuridad, de explotación española y de oprobio y de miseria, 300 años al techo.
Cuando empiezo a estudiar la historia virreinal y después la de España, me doy cuenta de la riqueza y las fuentes que confluyen en nuestra nacionalidad.
Decido volver a escribir a Rocha. Nos vamos a España con Mónica y, en un momento determinado, ya más calmado, decido leer el prólogo de don Gunnar Mendoza, que no había leído cuando tenía que haberlo leído —obvio—, y en el prólogo dice: “Para ahondar sobre los falsificadores de moneda de plata, véase la cita al pie de página”.
Cita al pie de página. Archivo General de Indias, punto. Escribanía de Cámara. 869 A, 869 B, 869 C. Ahí están los inicios. Reales.
Sorpresa. Voy al Archivo de Indias, solicito el archivo 869 A, me dicen: “Véngase pasado mañana”. Voy, me dan una ficha, indicando que vaya a Madrid en 14 días para recibir un microfilm.
Me voy a Madrid y, mientras espero el microfilm, voy a la biblioteca de la Casa de la Moneda de Madrid y le digo al archivista: “Potosí, algo con Potosí”.
Busca y me dice: “Lo único que tengo de Potosí es un folleto”. Era un folleto de la Sociedad Numismática Argentina.
Voy al folleto y encuentro un nombre, un argentino llamado Arnaldo Cunietti-Ferrando, que tiene un libro sobre la historia virreinal de Potosí, con una riqueza documental impresionante. Entonces yo ahí veo por primera vez a Rocha, de carne y hueso. Antes lo había visto en historias, en narraciones, pero ahí, con Cunietti, lo veo en persona.
Decido ir a Buenos Aires, cuando pudiera, para ir a conocer a este hombre.
Entretanto, me entregan el microfilm. Mil quinientos folios de los juicios a los falsificadores de monedas.
Regreso, matón, y les digo a los de la Facultad de Historia: “Señores, señoras, aquí tengo el microfilm de las falsificaciones de monedas de plata en Potosí”. Y me dicen: “Qué pena, no tenemos lector de microfilms”.
Frustración absoluta. Deambulo como cucaracha fumigada y una gentilísima y querida Mary Money me dice: “Yo estoy dando clase de paleografía, que es la lectura del castellano antiguo. Si quieres, imprimes”, para que ella me ayude con la revisión.
Yo no tenía cómo imprimir.

Pasado un tiempo, me voy a Buenos Aires a ver a mi hija y ahí me encuentro con Cunietti-Ferrando. Nos hacemos amiguísimos, me regala sus libros. Una maravilla. Había entrado en los archivos de Potosí, un tipo extraordinario. Murió hace poco. Investigó mucho tiempo, con gran rigor y disciplina. Es un hombre que contribuyó a nuestra historia de una manera fantástica.
Y, en otras ocasiones, me iba a la biblioteca de Buenos Aires. Y, por referencia de un amigo, visito al director Horacio Salas. Charlando, le cuento que tengo mi microfilm, que no lo puedo leer, y me dice: “Che, anteayer me llegó una máquina que transforma el microfilm en digital. Traeme tu microfilm y al día siguiente te entrego el digital”.
Al día siguiente voy, trémulo de pavor, de emoción, le entrego mi microfilm y, efectivamente, un día después me lo devuelven en digital y lo meto a mi computadora. Eran 1500 folios ilegibles. Era muy difícil leer la escritura encadenada y la escritura jurídica de esa época.
Regreso a Lima y le digo a Mary Money que ya tengo el microfilm digitalizado. Me pide que le dé 10 hojas, pues tenía 20 alumnos que podían revisar 200 folios, por lo menos, con toda la generosidad del mundo. Un día hacemos una sesión de entrega con los chicos. Veo que las 200 primeras páginas no tenían mayormente nada, eran generalidades.
Frustrado, decido escribir a Rocha. Me digo que no me haré historiadorcito aquí, porque no hay fundamento. Lo más que puedo hacer es escribir en primera persona. La esclava negra que cuenta la historia.
Empecé a escribir en la beca de la Fundación Rockefeller. Estaba bonita, se dejaba contar, pero al regreso, decido volver a escribir la novela y, en un determinado momento, me llama un amigo querido, venezolano, y me dice: “Juan, aquí en la Facultad de Historia en Caracas, la situación está muy mala. Si podrías ayudar a alguien”.
Me encantaría ayudar a un venezolano. He vivido tantos años en Venezuela, son mis hermanos, pero qué podría hacer. Y me dice: “Por ejemplo, yo tengo un amigo que transcribe escritura encadenada”.
El precio antes era imposible, años atrás, pagar 1500 folios era imposible, pero la situación de Venezuela lo hace posible.
Fui a Sucre, consigo que una boliviana, del Archivo de Sucre, y un venezolano empiecen a transcribir, por un monto que podía pagar. Empezaron a transcribir el archivo y, dos, tres meses más tarde, me llegan los archivos en Word. (Habían pasado 40 años desde el día en que Juan Claudio tuvo la idea de escribir esta historia).
Los abro, los ordeno: 1500 folios de transcripción. Me pongo a ordenar datos en Excel, por personajes, por fechas, y ahí finalmente empiezo a tener una visión verdaderamente clara de la falsificación de moneda de plata entre los años 1646 y 1651.
Alguna gente dice: “Pero bueno, no es mucha historia”. No, pero hay un esqueleto de historia en el que es todo preciso. Por ejemplo: el 3 de febrero, Rocha falsificó 50 mil pesos. Es historia, comprobada. O el 8 de abril entró Luis de Vila a la Casa de la Moneda. Eso es historia.
Ese sustrato es histórico, pero la narración es parte de la recreación histórica. Ya con ese instrumento, después de tantos fracasos, finalmente me puse a escribir rigurosamente esta novela que traigo hoy día para ustedes.

Las editoras han trabajado este texto con base en la transcripción de las palabras de Juan Claudio durante la presentación de su libro, en la XXX Feria Internacional del Libro de La Paz, el 1 de agosto de 2026.