Transcripción, edición y propuesta de título, de Isabel Navia a partir del discurso pronunciado por Carlos Mesa Gisbert durante el acto de homenaje a Mariano Baptista Gumucio, organizado por la Academia Boliviana de la Lengua, el 14 de agosto de 2026.
Acercarse a Mariano Baptista supone un desafío muy significativo, pues su obra es inmensa. Moro (Alfonso Gumucio) ha mencionado más o menos 118 libros. 118 libros. Hay, en mi criterio, un Mariano joven, un Mariano maduro, un Mariano viejo. Uso la palabra viejo, no de la tercera edad, porque creo que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.
El Mariano joven es un hombre abierto al conocimiento y comprometido con el país desde la perspectiva de la ilusión, de la esperanza, de la creatividad.
Cuando mencionamos su obra y su trabajo, a veces deslindamos su participación activa y militante en política. Creyó en la política, hizo política, participó en la política; fue un hombre vinculado a la gestión pública desde muy joven, hasta el punto en que cerró ese ciclo. Si hacemos un seguimiento de la secuencia desde cuando fue nombrado secretario privado del presidente Paz Estensoro, adscrito con convicción en las ideas del nacionalismo revolucionario; pasando por lo que representó el gobierno del general Alfredo Ovando, el grupo de jóvenes intelectuales que acompañó a un presidente controversial y que de alguna manera no tenía una relación aparente de causa y efecto entre lo que él representaba como persona y el equipo humano de ministros que lo acompañaba, entre ellos Mariano Baptista, el “ovanducto”, le llamaban.
Ahí estuvo como ministro de Estado, voy a mencionarlo más en detalle después; acompañó al presidente Siles Suazo, al presidente Jaime Paz Zamora, fue ministro de Estado, fue embajador, fue cónsul general en Chile y estuvo vinculado e involucrado con las ideas, obviamente, del nacionalismo revolucionario, con las observaciones categóricas que usted tiene para él (dirigiéndose a H.C.F. Mansilla), pero en el contexto de su participación creo que quedó en él un profundo desencanto: la imposibilidad de transformar la sociedad boliviana y este es un elemento continuo en su actividad. Es esa conciencia de que lo que estás haciendo probablemente no va a tener ningún impacto, ni ninguna repercusión, pero es algo que haces más allá de ti, que es parte de tu producto de construcción, que es tu compromiso con la sociedad.
Desencanto, desilusión, el país no entiende, el país probablemente no va a recoger lo que estoy sembrando, pero no dejaré de sembrar hasta el último día de mi vida.
No sé si la palabra o el concepto adecuado es amor, obvio, pero hay una relación paradójica y contradictoria. Estás vinculado irreversiblemente a esa sociedad llamada Bolivia y a la vez encuentras que no tiene las respuestas adecuadas. Un elemento que me parece fundamental, que es una constante y que probablemente sea una línea absolutamente perfecta, absolutamente continua y que no se rompe en ningún momento en la tarea de Mariano, es la educación, la pedagogía.
Hay dos libros extraordinariamente importantes para comprender lo que ellos indican: que hay una paradoja histórico-política. Salvemos a Bolivia de la escuela y La educación como forma de suicidio nacional. Hablamos del comienzo de la década de los años 70. Salvemos a Bolivia de la escuela es un libro de construcción más teórica que La educación como forma de suicidio nacional. La vinculación de Mariano con Paulo Freire, con Iván Ilich, con la educación para la liberación, pensada en el sentido revolucionario, actúa de por medio la teología de la liberación, educación religiosa. La palabra liberación podemos discutirla ahora en la distancia.
El planteamiento de Mariano es una transformación que rompe los esquemas decimonónicos de una educación que va rumbo al desastre. En La educación como forma de suicidio nacional hace un par de reflexiones importantes que tienen que ver con en qué estábamos. Primero, una lista de por lo menos 12 estudios que van desde el crucial 1955, el Código de la Educación, la propuesta que llevó adelante el MNR y que generó una transformación significativa. Y luego un conjunto de diagnósticos, media docena entre 1956 y 1968, norteamericanos, canadienses internacionales, Banco Mundial, sobre el diagnóstico y la receta de cómo funciona la educación; el congreso educativo de 1970, la evidencia de que ninguno de esos diagnósticos había sido utilizado, y la conclusión de ese congreso, que lleva simplemente a decir que no podemos avanzar más porque tenemos un problema con el magisterio y con la comprensión de lo que representa la educación normalista.
En un artículo subsiguiente del propio libro menciona y dice “el currículum para literatura en el ciclo medio”, lo que entonces era el ciclo medio, el primero de medio, era el tercero de secundaria de hoy, que recomendaba 30 o 35 libros internacionales de literatura a los chicos de tercero de secundaria: Los hermanos Karamazov, La náusea. No voy más allá. ¿Qué escenario de realidad, qué posibilidad de construir realmente una vinculación objetiva entre el estudiante y su acercamiento al conocimiento tenía ese sistema educativo?
Interesante el planteamiento, lo ha dicho también H.C.F. Mancilla, vinculado a lo que se definía entonces como medio, que luego se estableció como medio ambiente, la conciencia medioambiental en la década de los años 70, como propuesta internacional que él recogía para aplicarla en nuestra educación. El problema es que podemos evaluar ese texto con las limitaciones de lo que en la década de los años 70 se podía entender por una educación de avanzada: infraestructura inexistente, aulas que se caían en pedazos, profesores que no tenían idea, en el ámbito rural, de un mínimo sentido de alfabetización, no ajena para los jóvenes, sino para ellos mismos; y una evidencia de que nuestro cuerpo educativo en infraestructura y en construcción era un desastre absoluto.
Lo que valía en 1972 y 73 vale perfectamente hoy. La reforma educativa del 94, frustrada. La delirante reforma educativa del año 2011, Avelino Siñani, y el resultado de hoy es, probablemente, nuestra gran frustración histórica. Yo recojo el elemento central, Mariano Batista, como ministro de educación, como crítico de una educación que nos llevaba al desastre, como proponente de un cambio que implicaba la posibilidad de un cambio de la sociedad, anclada en una corrupción intelectual y en una imposibilidad de desarrollar la transformación requerida, porque el magisterio estaba pensado de otra manera, el magisterio como una actividad de vida entera, como una garantía material determinada.
Baptista pasó de la reflexión específica, con esos dos libros, a la pedagogía como acción personal, que no paró a lo largo del tiempo. La biblioteca popular de Última Hora y su tarea -no sé si de cartón- tenía un espíritu mucho menos duro, mucho más risueño, mucho más abierto, mucho más dispuesto a respaldar a los jóvenes. En sus años de director de Última Hora marcó una diferencia en la construcción del periodismo como acción directa. Había una complementación cultural significativa. Estamos hablando -lo dije- de la biblioteca popular.
Cuando yo era joven estudiante universitario, nos animamos a hacer una encuesta, 7.277 encuestas con un compañero universitario, Ronny Antelo; era la primera vez que se hacía en colegios de La Paz y creo que de Bolivia, sobre consumo de drogas, sobre actitud ante la sexualidad, sobre creencias religiosas que marcaron una respuesta que hoy día nos haría sonreír. Un diagnóstico de lo que significaba la percepción de los chicos de colegios de últimos cursos en ese tipo de actividades, en ese tipo de pensamiento. Cuando le presentamos a Mariano la idea de presentar los resultados en el periódico, no dudó un instante y abrió sus puertas para que lo hiciéramos.
¿Recuerdan ustedes a Luz Ácida, Waldo Lizón? Estamos hablando del consumo inmoderado de sustancias controladas. Resultado: una vez a la semana el periódico publicaba una página que se llamaba Luz Ácida de quienes estaban en la contracultura, de jóvenes que estaban vinculados a ese mundo nuevo que se abría a lo psicodélico y ahí estaba abierto el espacio en tiempo de la dictadura del general Banzer.
Estamos en la construcción de un escenario de apertura mental que tuvo una consecuencia permanente a lo largo del tiempo. Su vinculación con la historia tiene una referencia importante que muchas veces se deja de lado. La historia en la perspectiva del individuo y sus pulsiones positivas, negativas, constructivas, depresivas, propositivas, que plantea la relación de los hechos históricos no solamente con los grandes movimientos económicos, con las grandes contradicciones sociales, con la visión subjetiva de la historia, sino con los personajes de la historia a partir de su sentido humano. La historia íntima del Palacio de Gobierno, la historia contemporánea de Bolivia, las cartas a los presidentes de Alcides Arguedas, el libro que acaba de comentar Moro, que está en la Biblioteca del Bicentenario. La comprensión de la historia de nuestro país a través de la correspondencia. Es un conjunto de elementos que te plantean una visión distinta y absolutamente válida de cómo somos, cómo fuimos y cómo seremos. Visión crítica que después del momento de la ilusión, la política como posibilidad de transformar el mundo, la paradoja a la que hacía referencia, la guerrilla de Teoponte, julio de 1970, los alfabetizadores que respalda el ministro de educación Mariano Baptista y que terminan aniquilados en la guerrilla de Teoponte, que por supuesto es una circunstancia que tiene que ver con el espíritu abierto de quien dice “voy a respaldar a quienes van a alfabetizar” que terminan en una guerrilla que seguía el Ejército de Liberación Nacional en la guerrilla del Che Guevara.
La desilusión, la posibilidad de mirar serenamente el mundo y mirar serenamente las cosas. El Mariano Baptista que, alejado de la política, construye solo un universo personal, que es la posibilidad de interpretar la cultura y de desarrollarla en la lógica de quien escribe, en la lógica de quien piensa y en la lógica audiovisual. Ya lo comenté en otro homenaje que hicimos a Mariano Baptista, la posibilidad de que un hombre de setenta y cinco, ochenta, ochenta y cinco años pudiera llevar adelante un programa de televisión que manejaba con su cámara personal. Él era el camarógrafo, el que colocaba la cámara, el que entrevistaba, el que casi respondía. El hombre que creía que había que difundir la cultura a través de los museos. El “señor museo”, desde Cobija hasta La Paz, en el escenario de la construcción humanista del presente.
La Mona Lisa no será gratuita, Moro; Leonardo era un hombre del Renacimiento; Mariano era un hombre del Renacimiento. Era un hombre capaz de acercarse a todos los ámbitos del pensamiento y a la construcción humana. 118 libros que son pequeñas, medianas y grandes joyas. Y la posibilidad tan significativa de recuperar el espíritu y el pensamiento de personalidades que han construido la historia, que han construido la cultura plástica, que han construido la ciencia. Martín Cárdenas, Man Césped y el encuentro con un conjunto de personalidades desde el Chueco Céspedes hasta Medinacelli: Atrevámonos a ser bolivianos.
Es interesante, coincido. Mariano tenía una visión escéptica sobre Bolivia, pero estaba atado de manera absolutamente imposible de romper, con Bolivia. Y ese título del libro sobre Carlos Medinacelli, Atrevámonos a ser bolivianos, es probablemente la frase más interpeladora que nos deja Mariano Batista en su vida. Atrevámonos, seamos bolivianos. Mariano nos marca el camino, desarrolló una vida absolutamente productiva. Era un hombre sereno, era un hombre sin rencores, probablemente desencantado, pero amaba a Bolivia sin necesidad de repetir el nombre 14 veces, amaba Bolivia.
Gracias.