Claudia Daza
En 1996 los paceños hacían largas colas frente a las oficinas de Entel para comprar sus primeros celulares. Y hacían lo propio para conseguir un disco recién llegado o para enviar una carta por el correo, cuando las gradas del edificio diseñado por Juan Carlos Calderón para ofrecer ese servicio, hoy desaparecido, eran ocupadas por melómanos del under.
Los celulares tenían antenas, el Hotmail era una extravagancia para unos pocos y las noticias seguían llegando principalmente impresas; nuestras madrugadas no eran madrugadas sin la voz de los canillitas ofreciendo periódicos.
Y también, por primera vez hace 30 años, empezamos a hacer fila para comprar libros en una feria internacional.
Pero para comprender bien ese momento es necesario hojear y ojear un periódico y saber en qué andaba el mundo aquel 1996.

Cambio de piel
El mundo preparaba ya su despedida del siglo XX. Y mientras Carl Sagan decía adiós a este punto azul pálido, nosotros pensábamos mucho en el futuro. Un debate ético nos invadía, pues en Escocia un grupo de científicos había conseguido lo que hasta entonces parecía reservado a la literatura fantástica: clonar un mamífero a partir de una célula adulta. La oveja Dolly abrió un debate que desbordó los laboratorios y llegó a nuestros periódicos, iglesias, parlamentos y sobremesas familiares. ¿Hasta dónde podía llegar la ciencia?
Por su lado, Microsoft intensificaba la llamada «guerra de los navegadores» con una nueva versión de Internet Explorer y millones de personas escuchaban por primera vez una palabra que pronto dominaría la vida cotidiana: internet.
La cultura popular resultaba imparable. Seguíamos el ritmo de la Macarena; aparecieron las Spice Girls en la tele; en los cines, Tom Cruise iniciaba una misión imposible que terminaría extendiéndose durante décadas. Al mismo tiempo, Trainspotting, Fargo y Romeo + Juliet demostraban que Hollywood y el cine independiente podían convivir en un mismo año extraordinario. Los Expedientes secretos X era la serie del momento.
George R. R. Martin publicaba la primera novela de una saga llamada Canción de hielo y fuego; no lo sabíamos, pero años después se convertiría en Game of Thrones. En Inglaterra, una escritora rechazada por varias editoriales encontraba finalmente quien apostara por el manuscrito de Harry Potter y la piedra filosofal. No los vimos venir. Al parecer, era un tiempo de descubrimientos, de entusiasmo tecnológico y de profundas preguntas sobre el rumbo de la humanidad.



Bolivia cultural
Las fotografías de los periódicos muestran las filas que hacíamos para ese nuevo aparato, ese ladrillo llamado celular. Lentamente nos íbamos despidiendo de los teléfonos conectados por un cable.
Pero Bolivia no vivía únicamente pendiente de la tecnología. Bajo esa sensación de modernidad convivía un país atravesado por profundas tensiones sociales y políticas. Aquel año, indígenas y campesinos emprendían la marcha para exigir la modificación de la Ley INRA y defender sus derechos sobre la tierra. Durante más de un mes caminaron desde el trópico de Cochabamba y los Yungas hasta llegar a La Paz, convirtiendo el recorrido en uno de los grandes símbolos de la movilización social de los años noventa.
Aquel también fue un año de despedidas. Bolivia perdió a dos expresidentes que habían marcado buena parte de su historia contemporánea: Walter Guevara Arze y Hernán Siles Zuazo. Diez años antes, también se habían marchado Jaime Sáenz y el argentino Jorge Luis Borges.
¿Se acuerdan de la Revista Chekeo? En el 96, los adolescentes y veinteañeros leíamos esa revista que llegaba semanalmente con La Razón.
Las carteleras anunciaban retrospectivas cinematográficas y nuevas propuestas musicales. El cine boliviano atravesaba uno de sus periodos más fértiles. Cuestión de fe, de Marcos Loayza, seguía conquistando espectadores dentro y fuera del país. Seguíamos comentando las películas bolivianas del 95, seguíamos con el sabor de Para recibir el canto de los pájaros de Jorge Sanjinés, Jonás y la Ballena Rosada de Juan Carlos Valdivia, mientras Sayariy, de Mela Márquez, llevaba a festivales internacionales una mirada ligada a las tradiciones del norte de Potosí. ¿Se acuerdan del cine Tesla? Allí habíamos visto esas películas. Hoy es un lugar de culto religioso, como muchos otros cines de La Paz.



En 1996, la música también buscaba nuevos caminos. Grillo Villegas junto a Llegas presentaba Huye el Sol, un disco que con el tiempo se convertiría en una referencia del rock nacional. Por su lado, Coda 3 dejaba atrás su antiguo nombre para convertirse definitivamente en Octavia. No era únicamente un cambio de identidad, era el comienzo de una de las agrupaciones bolivianas con mayor proyección. Pero en los taxis, en los micros y en los salones de fiesta sonaban Los Ronisch y Aquarius. Zebra, Los Kory’s y Los Infieles. Maroyu y Clímax llenaban bailes populares y, desde Argentina, Antonio Ríos y el fenómeno de Gilda —que murió en septiembre de 1996—, comenzaban a conquistar las radios nacionales.
Teatro de Los Andes, grupo creado en 1991, ya era reconocido dentro y fuera del país por combinar una intensa investigación escénica con la mirada profundamente latinoamericana.
Las librerías también comenzaban a ofrecer un panorama renovado. Ese año aparecían o adquirían especial relevancia títulos que hoy forman parte del patrimonio bibliográfico boliviano, desde Los tejedores de la noche, de Jesús Urzagasti, hasta una nueva circulación de Aluvión de fuego, de Óscar Cerruto, junto a obras de Antonio Paredes Candia, el escritor popular que años antes encabezaba una feria nacional montada tercamente en El Prado.
La preservación del patrimonio acompañaba ese mismo impulso. En Calamarca concluía la restauración de valiosos lienzos coloniales y del altar mayor del templo, un recordatorio de que la cultura no solo consiste en crear nuevas obras, sino también en cuidar aquellas que datan de décadas y hasta de siglos pasados.
Como prueba de un dinamismo innegable, los diarios anunciaban retrospectivas cinematográficas con cine de Herzog en la Cinemateca Boliviana, festivales de teatro, conciertos, exposiciones de artistas como Inés Córdova o Darío Antezana, encuentros de etnología, debates sobre derechos de autor y homenajes a figuras fundamentales de la literatura boliviana. Todo eso se relataba desde las oficinas de Última Hora o La Razón.
Sin embargo, la frecuencia de lectura en Bolivia para mediados de los años 90 era sumamente baja, situación que fue analizada por Manfredo Kempff S. en su columna «Tiempo de leer», a propósito de la primera feria. Según los datos presentados, el promedio de lectura per cápita en el país era «muy poco», habiendo subido de apenas media página por habitante en 1986 a cuatro páginas en 1996. El autor señalaba que esta falta de hábito se debía a que no existían incentivos, los libros eran caros y los lectores no encontraban lo que buscaban. Ante este panorama, se planteaba como un objetivo para la siguiente década que la población boliviana pudiera alcanzar la meta de leer, al menos, un libro por año.

Aun así, la Primera Feria Internacional del Libro no apareció en medio del desierto. Llegó cuando el terreno ya estaba preparado y la Cámara del Libro de La Paz decidió jugar su carta mayor.
Una cita internacional
No fue en agosto, como ahora, sino en noviembre, justo el Día de Ñatitas, el 8 de noviembre de 1996, y en el Círculo Aeronáutico de Los Pinos. La feria se inauguró con un concierto de Música de Maestros.
Los periódicos de aquellos días permiten reconstruir algo de ese ambiente. Las páginas culturales anunciaban la programación diaria como si se tratara de una agenda imprescindible para la ciudad. Había presentaciones de libros, mesas redondas, conferencias, debates sobre crítica literaria, seminarios de derechos de autor y encuentros entre escritores de distintos países. Cada jornada ofrecía nuevas razones para regresar al recinto.
Santillana llegó con decenas de novedades editoriales y aprovechó la ocasión para presentar colecciones dedicadas a la narrativa boliviana. Otras editoriales apostaron por mostrar autores nacionales junto a nombres ya consolidados de la literatura latinoamericana. La programación tampoco se limitó a los libros; la feria reunió a narradores, críticos, periodistas, investigadores y especialistas en propiedad intelectual. Se discutía sobre el futuro de la edición, los desafíos de los derechos de autor y el lugar que debía ocupar la literatura boliviana en un continente que atravesaba profundas transformaciones culturales.
Sobre los invitados nacionales e internacionales Última Hora señalaba:
- Invitados internacionales: La feria fue sede de un encuentro sobre crítica y narrativa que contó con la participación de Hugo Achugar (Uruguay), Silviano Santiago (Brasil), Carlos Germán Belli (Perú), Raúl Zurita (Chile), Luis Darío Bernal (Colombia) y Antonio Cornejo Polar (Perú). También se destaca la presencia de los argentinos C.E. Feiling y Luis Chitarroni en mesas redondas organizadas por su embajada.
- Autores bolivianos: Se programaron sesiones de «firma de autores» en las que el público pudo interactuar con escritores como Yolanda Bedregal, Gaby Vallejos, Juan Recacoechea, Hugo Boero Rojo, Armando Soriano Badani, Mariano Baptista Gumucio, Manfredo Kempff, Enrique Ipiña y Raquel Montenegro. Asimismo, se lanzaron títulos de narrativa boliviana con obras de autores como Manuel Vargas, Gladys Dávalos y Edmundo Paz Soldán.

Es difícil saber si quienes caminaron por aquellos pasillos imaginaban lo que ocurriría tres décadas después. Por ejemplo, que sería preciso un campo ferial para dar cabida a muchos más expositores y, sobre todo, a miles de visitantes. Probablemente no. En ese momento la preocupación era mucho más inmediata: lograr que la feria funcionara, que el público asistiera, que los libros encontraran lectores, que hubiese una ley del libro y que el experimento pudiera repetirse al año siguiente.
Y mientras eso ocurría en Los Pinos, las páginas de los periódicos seguían llenándose de noticias que hoy parecen definir toda una época: el auge de los teléfonos celulares, los debates sobre internet, los estrenos de cine, las nuevas bandas de rock, las discusiones políticas y los cambios de un mundo que avanzaba hacia el nuevo milenio.
Un milenio en curso que hoy, 9 de agosto de 2026, se marca en La Paz con el cierre de otra cita anual —la trigésima—, a la espera de que llegue la próxima tan puntual como hasta ahora.
Claudia Daza es periodista cultural.
