Un Trump humillado puede ser peligroso

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Carlos Decker-Molina

Los resultados de las elecciones de medio término (midterms) en Estados Unidos tienen características de un plebiscito contra Donald Trump, su errática política nacional e internacional y sus estrechas relaciones con los grandes magnates tecnológicos, los llamados tecnoligarcas.

Sin embargo, la historia estadounidense enseña que, cuando un presidente pierde el control del Congreso o sufre una derrota parlamentaria importante, suele buscar en la política exterior el protagonismo que pierde en el escenario interno. Y allí, como jefe del Poder Ejecutivo y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, conserva un considerable margen de maniobra.

La victoria demócrata debe interpretarse, ante todo, como un revés para la administración Trump, pero no necesariamente como una buena noticia inmediata para Ucrania, Cuba o Venezuela.

Un presidente humillado electoralmente no es, por definición, un presidente inofensivo.

El «pacificador» y la guerra de Ucrania

Comencemos por Ucrania, donde Trump todavía dispone de importantes instrumentos de presión.

Puede ofrecer a Vladimir Putin la perspectiva de una reapertura de las relaciones comerciales y financieras con Estados Unidos, algo particularmente atractivo para una Rusia atrapada en una economía de guerra.

También conserva herramientas de influencia sobre Ucrania, desde la cooperación en materia de inteligencia hasta el suministro de armamento, incluidos los sistemas antiaéreos Patriot. A ello se suma la importancia estratégica de las comunicaciones satelitales de Starlink, aunque estas no constituyen un instrumento bajo control presidencial directo.

Un Congreso fortalecido por los demócratas podría limitar algunas decisiones presidenciales, condicionar presupuestos y exigir mayor transparencia. Pero Trump seguiría disponiendo de amplias facultades diplomáticas y militares.

Paradójicamente, su derrota electoral podría llevar a Putin a reconsiderar sus cálculos. Un Trump políticamente debilitado quizá no pueda garantizarle las concesiones que esperaba. En ese escenario, Moscú podría encontrar mayores incentivos para explorar una salida negociada.

Tampoco Europa está libre de contradicciones. Sus gobiernos necesitan sostener a Ucrania, pero enfrentan crecientes demandas sociales, particularmente entre los jóvenes, que reclaman viviendas accesibles, mejores condiciones educativas y perspectivas laborales. La seguridad europea compite con otras urgencias presupuestarias.

China observa y calcula

Hace unos días escuché a un politólogo chino elogiar a Trump porque, según dijo, «es el presidente estadounidense que reconoce a China como una gran potencia».

La afirmación merece una segunda lectura.

Detrás de ese reconocimiento podría esconderse un cálculo estratégico mucho menos favorable a Washington: Trump resulta conveniente para China no necesariamente porque sea fuerte, sino porque es imprevisible, debilita alianzas tradicionales y contribuye a erosionar la confianza internacional en Estados Unidos.

Pekín puede interpretar esa conducta como una oportunidad para ampliar su influencia económica, diplomática y tecnológica.

La paradoja es evidente: un presidente que promete devolverle la grandeza a Estados Unidos podría estar acelerando el debilitamiento de su liderazgo mundial.

América Latina, el escenario más vulnerable

Quizá el mayor riesgo de una reacción de Trump se encuentre en América Latina.

Es allí donde podría intentar recuperar protagonismo mediante una política de presiones, sanciones y amenazas, especialmente contra Cuba y Venezuela.

La tentación de imponer gobiernos obedientes a Washington, o de presentar cualquier concesión de La Habana o Caracas como una victoria personal, encaja con su concepción del poder y con una interpretación renovada de la vieja doctrina Monroe.

En Argentina cuenta con Javier Milei, un aliado ideológico que, sin embargo, debería observar con atención lo sucedido en Estados Unidos. La identificación excesiva con Trump puede transformarse en una carga electoral cuando el malestar económico y social comienza a expresarse en las urnas.

Brasil ofrece otra experiencia. La victoria de Lula demostró que una coalición democrática puede derrotar electoralmente a una derecha radical, aunque ello no signifique que las fuerzas autoritarias desaparezcan.

Las derechas europeas toman distancia

Las derechas europeas —en plural, porque no constituyen un bloque homogéneo— también tendrán que revisar sus estrategias. Algunas ya habían comenzado a marcar distancias respecto de Trump antes de estas elecciones. Giorgia Meloni, por ejemplo, ha procurado combinar su afinidad ideológica con Washington con la defensa de determinados intereses europeos.

Para las derechas nacionalistas y populistas, Trump podría dejar de ser un modelo electoral y convertirse en un problema político. Su derrota demostraría que el nacionalismo agresivo, el desprecio por las instituciones y la confrontación permanente tienen límites cuando una ciudadanía decide ejercer su poder democrático.

La metáfora puede parecer excesiva, pero Trump corre el riesgo de convertirse en una especie de virus político para la derecha internacional, frente al cual la vacuna sigue siendo el voto ciudadano. No obstante, conviene evitar conclusiones triunfalistas: perder unas elecciones no significa que el trumpismo haya desaparecido.

Irán y la tentación de la fuerza

Hay otro escenario que merece especial atención: Oriente Medio.

Trump continúa siendo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses y conserva la capacidad de ordenar determinadas operaciones militares, aunque sometido a límites constitucionales, legales y presupuestarios.

Irán podría convertirse en un escenario particularmente peligroso si la Casa Blanca busca recuperar autoridad mediante una demostración de fuerza.

Las relaciones con Netanyahu, las tensiones regionales y las consecuencias de las operaciones militares estadounidenses constituyen un terreno donde una decisión precipitada puede desencadenar efectos difíciles de controlar.

Tampoco habría que descartar una reorganización del gabinete. Trump podría intentar responsabilizar a algunos de sus colaboradores por los fracasos políticos o militares de su administración. Pete Hegseth, por ejemplo, podría convertirse en un candidato a cargar con parte de esos costos.

La búsqueda de culpables es una práctica conocida entre dirigentes que consideran la derrota como una traición y no como una expresión legítima de la voluntad popular.

La derrota no es el final

Los efectos de estas elecciones se sentirán con especial intensidad durante 2027. El Congreso podrá investigar, bloquear iniciativas legislativas, condicionar presupuestos y limitar algunos excesos del Ejecutivo. Pero no podrá sustituir al presidente en la conducción cotidiana de la política exterior.

Trump seguirá ocupando la Casa Blanca, aunque con una legitimidad política cuestionada y mayores obstáculos institucionales. El problema no es únicamente cuánto poder ha perdido, sino qué hará con el poder que todavía conserva.

La historia demuestra que los dirigentes autoritarios o de tendencias autoritarias no siempre reaccionan a las derrotas moderando sus ambiciones. A veces hacen exactamente lo contrario: radicalizan sus posiciones, buscan enemigos externos y convierten sus frustraciones personales en conflictos políticos.

Por eso, un Trump humillado electoralmente puede resultar más peligroso que un Trump victorioso.

La democracia estadounidense ha demostrado su capacidad para poner límites al poder presidencial. Falta saber cómo reaccionará un presidente que nunca ha mostrado demasiada disposición a aceptar esos límites.

Carlos Decker Molina es periodista y escritor boliviano, radicado en Suecia.

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