Entre elecciones y los intentos de paz en Ucrania

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Isa

Carlos Decker-Molina

Las últimas semanas han estado marcadas por acontecimientos electorales en distintos países, cuyos resultados podrían tener consecuencias que trascienden sus fronteras. Las elecciones no solo modifican gobiernos: también alteran alianzas, redefinen prioridades y, en determinadas circunstancias, cambian el equilibrio internacional.

Brasil ha ofrecido una sorpresa electoral que merece un análisis particular por sus posibles consecuencias para América Latina. Pero escribo desde Europa y regreso a mi escenario más cercano.

Suecia celebró elecciones parlamentarias en septiembre y todavía no ha conseguido formar gobierno. Las negociaciones se prolongan y comienza a perfilarse la posibilidad de una nueva convocatoria electoral. Mientras tanto, las encuestas registran un avance del Partido Moderado, representante de la derecha conservadora tradicional.

En Israel, los resultados electorales han dejado un escenario de profunda división política. Benjamin Netanyahu conserva posibilidades de formar gobierno, aunque estas dependen de complejas negociaciones parlamentarias y de la posición que adopten otras fuerzas, incluidos los partidos árabes, cuya participación electoral ha adquirido especial relevancia.

Serbia ofrece otro escenario interesante. La victoria de la llamada Lista de los Estudiantes representa un desafío a las estructuras políticas tradicionales y, por extensión, a la influencia que Moscú ha ejercido sobre determinados sectores del poder serbio. La propuesta de un gobierno transitorio, integrado por profesionales independientes y encargado de preparar una renovación democrática, constituye una experiencia que habrá que observar con atención.

Estos acontecimientos, aparentemente dispersos, expresan sociedades que buscan nuevas formas de representación política en un mundo cada vez más incierto.

Y es precisamente esa incertidumbre la que nos devuelve a Rusia y a la guerra de Ucrania.

¿Una fisura en la unidad europea?

Una noticia reciente ha provocado interpretaciones contradictorias: los contactos mantenidos por los dirigentes de Finlandia y Noruega con Vladímir Putin.

Algunos analistas han querido descubrir en ellos los primeros síntomas de una ruptura de la unidad europea en torno al apoyo a Ucrania. Otros consideran que se trata de un movimiento diplomático destinado a explorar posibilidades de negociación.

Conviene separar los hechos de las interpretaciones.

Según el comunicado difundido por la presidencia finlandesa el 27 de octubre de 2026, el presidente Alexander Stubb y el primer ministro noruego Jonas Gahr Støre mantuvieron una conversación telefónica con Vladímir Putin.

El contacto estuvo precedido por una reunión celebrada en Oslo el 20 de octubre, en la que participaron los emisarios estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner, los dirigentes nórdicos y el presidente ucraniano Volodímir Zelenski.

Stubb y Støre precisaron que habían intervenido en calidad de representantes de sus respectivos países y no en nombre de Europa. La aclaración tiene importancia política, pero no significa que sus iniciativas contradigan necesariamente la posición común europea de respaldo a Ucrania.

Aquí aparece una distinción fundamental: hablar con Putin no equivale necesariamente a negociar con Putin, y mucho menos a aceptar sus exigencias.

Finlandia y Noruega tienen razones propias para mantener abiertos determinados canales de comunicación con Moscú.

La invasión rusa de Ucrania transformó profundamente el equilibrio estratégico del norte de Europa. Finlandia abandonó décadas de no alineamiento militar e ingresó en la OTAN en 2023. Noruega, miembro fundador de la Alianza Atlántica, comparte con Rusia una frontera en el extremo norte.

Rusia mantiene una importante presencia militar en el Ártico y en el llamado Gran Norte, donde los países nórdicos también desarrollan actividades de vigilancia y defensa. La seguridad del mar Báltico y del Ártico se ha convertido en un asunto de primera importancia.

En estas circunstancias, hablar con el adversario puede ser una necesidad estratégica. No para concederle legitimidad a sus acciones militares, sino para conocer sus intenciones, reducir los riesgos de incidentes y evitar errores de cálculo.

Durante la Guerra Fría, Washington y Moscú mantuvieron canales de comunicación incluso en los momentos de mayor tensión. La diplomacia no exige confianza entre los interlocutores; en ocasiones, existe precisamente porque esa confianza ha desaparecido.

¿Qué busca realmente Putin?

El analista finlandés Henri Vanhanen ha planteado una hipótesis que merece atención: Putin podría intentar cultivar la imagen de un dirigente dispuesto a negociar mientras mantiene la presión militar sobre Ucrania.

Vanhanen también advierte que el Kremlin podría aprovechar estos contactos directos para profundizar las divergencias entre los europeos y obtener mediante la diplomacia concesiones de seguridad que no ha conseguido imponer en el campo de batalla.

La observación es pertinente.

Mientras se multiplican los contactos diplomáticos, Rusia continúa sus operaciones militares, mantiene sus esfuerzos de reclutamiento y proyecta un elevado gasto de defensa para 2027.

El contraste entre las palabras y los hechos plantea una pregunta inevitable: ¿busca Putin una paz negociada o simplemente ganar tiempo?

El 25 de octubre, Yuri Ushakov, asesor de política exterior del presidente ruso, afirmó que Moscú debía dialogar con toda Europa. Al mismo tiempo, acusó a los gobiernos europeos de respaldar a Kiev en su supuesta voluntad de prolongar la guerra.

Es una formulación reveladora. Rusia se presenta como partidaria del diálogo mientras atribuye a Ucrania y a sus aliados la responsabilidad de que continúen los combates.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre ambas posiciones: Ucrania ha expresado su disposición a aceptar un alto el fuego previo a las negociaciones, mientras Moscú ha condicionado reiteradamente la suspensión de las hostilidades a la satisfacción de sus exigencias políticas y territoriales.

No se trata, por tanto, de dos posiciones equivalentes. Ucrania defiende su territorio frente a una invasión. Rusia pretende consolidar, mediante la fuerza o la negociación, resultados derivados de esa invasión.

Trump, Rusia y el futuro de Europa

Existe, además, un factor que no puede ignorarse: Donald Trump.

El presidente estadounidense parece concebir las relaciones internacionales desde una lógica transaccional, en la que los intereses económicos y estratégicos pueden prevalecer sobre las alianzas tradicionales.

Rusia posee enormes recursos energéticos y minerales, y su reincorporación a determinados circuitos económicos occidentales podría resultar atractiva para sectores del poder estadounidense.

Pero hay una hipótesis todavía más ambiciosa: la posibilidad de que Washington intente un acercamiento estratégico a Moscú para debilitar su asociación con China.

Es una idea que recuerda, aunque en sentido inverso, la maniobra diplomática de Richard Nixon y Henry Kissinger en los años setenta, cuando Estados Unidos se aproximó a China para modificar el equilibrio de fuerzas frente a la Unión Soviética.

¿Podría Trump intentar ahora separar a Putin de Xi Jinping?

No es imposible imaginar esa intención. Otra cosa muy distinta es que pueda realizarse. Ayer había ideología por medio hoy es sólo geopolítica pura.

Las relaciones entre Rusia y China se han profundizado durante los últimos años. Moscú depende crecientemente de los mercados y suministros chinos, mientras Pekín encuentra en Rusia un socio estratégico frente a la influencia estadounidense.

Incluso un acercamiento parcial entre Washington y Moscú podría modificar profundamente la situación europea.

Europa correría el riesgo de quedar marginada de las negociaciones sobre una guerra que se desarrolla en su propio continente y cuyas consecuencias afectan directamente a su seguridad.

Sería una paradoja histórica: que las grandes potencias negociaran el futuro de la seguridad europea sin una participación decisiva de los propios europeos.

Algunos analistas suecos advierten, además, que los objetivos de Putin van más allá de Ucrania. No se trata necesariamente de conquistar militarmente toda Europa oriental, sino de revisar el orden de seguridad surgido después de la Guerra Fría y limitar la soberanía estratégica de los países que anteriormente estuvieron bajo influencia soviética.

En el fondo, Moscú cuestiona el derecho de determinados Estados europeos a decidir libremente sus alianzas.

No está en discusión únicamente el territorio ucraniano. También lo está el principio de que las fronteras internacionales no pueden modificarse mediante la fuerza.

¿Quién garantizaría un alto el fuego?

Regresemos a la conversación de Stubb y Støre con Putin.

Es posible que uno de sus objetivos haya sido comprobar directamente si el presidente ruso está dispuesto a considerar un alto el fuego verificable.

Pero la pregunta más difícil aparece inmediatamente después: ¿quién garantizaría su cumplimiento?

¿Las Naciones Unidas? ¿Una misión europea? ¿Una fuerza multinacional integrada por países aceptables para ambos contendientes?

La ONU podría ofrecer legitimidad internacional, pero una operación de esa naturaleza enfrentaría dificultades políticas evidentes, comenzando por la posición de Rusia en el Consejo de Seguridad.

La Unión Europea dispone de recursos políticos, económicos y tecnológicos, aunque Moscú difícilmente aceptaría sin objeciones una misión exclusivamente europea.

China podría desempeñar alguna función diplomática, pero hasta ahora ha evitado asumir responsabilidades que la comprometan directamente con la supervisión militar del conflicto.

Un alto el fuego no consiste simplemente en ordenar que dejen de disparar los cañones. Exige determinar dónde se detienen los ejércitos, cómo se vigilan las posiciones y qué ocurre cuando se produce una violación del acuerdo.

Sin esos mecanismos, la suspensión de los combates podría convertirse en una pausa para el rearme. Y una pausa militar no equivale necesariamente a la paz.

Las elecciones estadounidenses y el tiempo de Putin

Hay todavía una variable que podría modificar el escenario: las elecciones de medio término en Estados Unidos, previstas para el 3 de noviembre.

Sus resultados determinarán la nueva composición del Congreso y podrían alterar el margen de maniobra de Donald Trump en materia de ayuda militar a Ucrania, sanciones económicas y relaciones con Rusia.

Putin conoce estas circunstancias y probablemente las incorpora a sus cálculos.

Si su objetivo es ganar tiempo, tiene razones para observar tanto la evolución del frente militar como los cambios políticos en Washington y las discrepancias entre los gobiernos europeos.

La guerra se libra en las trincheras de Ucrania, pero también en los parlamentos, las cancillerías y las urnas electorales de otros países.

Los contactos de Finlandia y Noruega con Putin no constituyen, por sí mismos, una ruptura de la solidaridad europea con Ucrania. Pueden representar, por el contrario, un intento de comprobar si existe alguna posibilidad real de avanzar hacia una negociación.

Europa necesita participar en cualquier acuerdo que afecte su seguridad. Ucrania necesita garantías de que una eventual paz no se convertirá en el preludio de otra invasión. Y Rusia debe demostrar, mediante hechos y no solamente declaraciones, que está dispuesta a abandonar la guerra como instrumento de política exterior.

Mientras tanto, las elecciones continúan modificando el paisaje político internacional.

Pero las urnas no detienen por sí solas los misiles.

La pregunta decisiva no es solamente si Putin está dispuesto a hablar de paz, sino si está dispuesto a aceptar una paz que no consagre los resultados de la invasión.

Y esa pregunta sigue sin respuesta.

Carlos Decker Molina es periodista y escritor boliviano, radicado en Suecia.

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