H.C.F. Mansilla
Los últimos acontecimientos, tanto en Bolivia como en el ancho mundo, exhiben una vez más la poca eficacia de teorías, enfoques y hasta ocurrencias izquierdistas para comprender nuestro tiempo. En el mismo instante, sin embargo, hay que reconocer la inmensa influencia que casi todas ellas mantienen en el amplio campo de la educación, la opinión pública y las redes sociales. Este fenómeno ha sido importante en los sucesos de mayo y junio de 2026 en el Occidente boliviano. Tenemos que ocuparnos del vigoroso ascendiente cultural que los profesores universitarios en las carreras de ciencias sociales, los maestros de escuela y los intelectuales “progresistas” han podido preservar sobre la mentalidad colectiva del país. Hay un solo paso, fácil de franquear, entre una ocupación fundamentalmente teórica y una estupidez reiterativa en la esfera de la praxis cotidiana.
Un comienzo en esta tarea podría ser el análisis de la obra de Jaime Saenz, la cual representa un ejemplo de la notable persistencia del oscurantismo y el irracionalismo en el modo de pensar de amplias capas sociales. Como asevera con dramatismo un discípulo de Saenz, Leonardo García Pabón, lo positivo de Saenz residiría en la “búsqueda de un orden profundo y verdadero”, un orden que debería sustituir el anacrónico pensamiento racional occidental, el que, obviamente, no poseería las características de lo profundo y verdadero. Estos dos adjetivos, típicos de un espíritu religioso, conservador e ilusorio, se repiten constantemente en los textos de los intelectuales izquierdistas.
Los autores que se inspiran en Saenz reclaman, en el fondo, el retorno a modelos tradicionales del orden social. Jaime Saenz admiraba a los caudillos convencionales de índole autoritaria, como Mariano Melgarejo en el siglo XIX y Víctor Paz Estenssoro en el XX. Una cosa es reconocer sin ambages la calidad literaria y poética en las creaciones de Jaime Saenz, pero otra muy distinta y necesaria, es criticar las posiciones éticas y políticas de este autor.
Edgar Ávila Echazú (1930-2022), poeta, artista y político, fue íntimo amigo de Saenz durante décadas y su compañero de aventuras. Publicó una serie de artículos sobre las tendencias fascistas y antisemitas de Jaime, tendencias que ahora sus discípulos tratan de borrar o, por lo menos, diluir en algo inofensivo: se supone que las inclinaciones de Saenz por el nazismo alemán querían rescatar lo místico de aquella corriente, lo esotérico, la magia negra y los rituales satánicos. Ávila relata la fascinación que sintió Saenz por el libro: “El retorno de los brujos”, de Louis Pauwels y Jacques Bergier (1960), porque esta obra, de vigencia atemporal, nos permitiría percibir la realidad auténtica y compleja que se encuentra oculta bajo el detestable velo de la ciencia occidental. Y esa realidad – la parapsicología, los extraterrestres, la alquimia, el esoterismo, las civilizaciones desaparecidas, la magia negra, los arcanos del nazismo – representaría algo más valioso que todo lo que estudia la ciencia occidental, la que correspondería a la cultura de la muerte, a la civilización de lo mercantil, al ámbito pervertido del capitalismo. El resultado práctico: esta mentalidad, cerrada sobre sí misma, tiene raptos románticos e intenta recuperar algún fragmento heroico del pasado. Y entonces se habla de retomar “las banderas de Abril” o llevar a cabo, por fin, la indispensable revolución socialista.
Afirmando cosas que habrían escandalizado a Karl Marx, los intelectuales bolivianos, inspirados por Jaime Saenz y doctrinas afines, aseveran que los excesos, la marginalidad y el delirio representarían formas superiores de una vida auténtica. La Ilustración de Europa Occidental habría sido ante todo un modelo de una sociedad disciplinaria entre otros. Si la locura es la expresión más radical de la libertad del sujeto – que así se eximiría de las constricciones de la razón, de las leyes del habla y de la prisión de la ética –, entonces esta suposición nos conduciría a una arbitrariedad liminar de los asuntos históricos, morales y políticos y, por consiguiente, nos llevaría a poder afirmar con la consciencia tranquila cualquier cosa sobre cualquier cosa. Y así, por supuesto, la dictadura castrista en Cuba y el régimen del Movimiento al Socialismo en Bolivia constituirían paradigmas solo positivos de desarrollo histórico.
¿Cómo es posible que gente culta crea en semejantes patrañas de baja calidad? Es, lamentablemente, la misma mentalidad dogmática que no quiere darse cuenta de la naturaleza inhumana y dictatorial de los regímenes socialistas encabezados por Stalin (Rusia), Mao (China), Pol Pot (Cambodia), los hermanos Castro (Cuba) y la dinastía Kim (Corea), que en sus respectivos países significaron sufrimiento material y estancamiento cultural, ambos en grado superlativo. Esta manera de percibir la realidad está inmunizada exitosamente contra los desastres del socialismo, pues se niega a comprender las gigantescas emigraciones desde Venezuela y Cuba, los campos de concentración en la Unión Soviética y las causas de la caída del Muro de Berlín. Como deber político queda el “mandato sagrado” de superar la anacrónica razón occidental y derrotar al odiado capitalismo.
Los sucesos de mayo y junio de 2026 nos enseñan, entre otras cosas, que es muy arduo admitir que en muchos espacios el movimiento sindical se ha transformado en un sistema mafioso, defensor de intereses estrictamente particulares y proclive a una corrupción convencional. Dilatados sectores sociales, que son adictos al Estado o a cualquier forma de colectivismo arcaico, se cierran a ver la realidad de un mundo difícil, cambiante y complejo, que no se ajusta a las predicciones de los Padres Fundadores del “socialismo científico”.
H.C.F. Mansilla es filósofo y politólogo.