Rodrigo Urquiola Flores
Una lectura de La composición de la sal, de Magela Baudoin
Cuando subes a lo alto de la montaña, el viento no suele perdonar este atrevimiento sin luchar con sus poderosas ráfagas que le arrancan silbidos a la hierba seca. El ruido de esta intensidad y el ardor en los ojos no te permite observar el panorama en las faldas con la tranquilidad necesaria para discernir los tantos detalles del todo. Mientras releía los cuentos de La composición de la sal, de Magela Baudoin, tenía la sensación de haber llegado a lo alto de la montaña sin el cansancio de la caminata que a veces te hace lagrimear. Sin tener que soportar la intensidad del viento –porque la suya es una prosa delicada, que no tiene la necesidad de apresurarse en vértigos innecesarios–, sin ese ardor en la mirada del ruido persistente, tuve la impresión de que podía estar en lo más alto, muy cerca del cielo, con el poder de observar lo que sucedía tan lejos en la distancia, en las diminutas casas, en las diminutas existencias dentro de las paredes. Por otra parte, la sensibilidad de esta misma prosa es capaz de viajar desde esas alturas hacia la inmensidad silenciosa de la historia de esos personajes que habitan, minúsculos, ciudades repletas de historias.
Las mujeres que pueblan estas páginas –la madre sola de seis hijos, la abuela que alecciona a la nieta, la joven que tiene cáncer, la chica llena de tatuajes que abandonó a su hijo y rechaza que le quieran ordenar la vida, la periodista que se enamora en una cárcel, aquella que soñó con dragones dormidos, para citar unos pocos ejemplos– son seres que se rebelan ante la sociedad, ante sí mismas, ante sus familias e incluso ante la muerte, que parece estar siempre rondando, tan cercana. A veces esta rebelión es taxativa, significa un quiebre absoluto; pero, a veces, es sutil, sucede de una forma natural, como el fluir de un río. A partir de este instinto de rebelión, lo femenino se adueña de todo este universo propuesto por la autora: a través del tono de la narración, a través de las circunstancias que la voz elige destacar, a través de la misma construcción de los personajes y sus memorias. La cúspide, el pico de esta montaña, es el cuento que le da nombre al conjunto, en el que un hombre, muy macho, barbudo, despierta un día y descubre que no puede dejar de llorar “como las mujeres”, por las más mínimas cosas. Le echa la culpa a la vejez, a la muerte de su hija, incluso va al médico para ser curado, porque las lágrimas le avergüenzan más que el sudor, mientras, discreta, su esposa se divierte al sentirse comprendida.
Los hombres, por otra parte, y en su mayoría, son esos seres muchas veces brutales, incapaces de razonar con el corazón, borrachos de licor y lujuria, violentos animales con los puños siempre dispuestos, que parecen ser el enemigo a derrotar con estas armas femeninas que no pueden funcionar todo el tiempo: amor, sensibilidad, trabajo. Esta fuerza agresiva, sin embargo, parece cautivar a las mujeres de estos cuentos mucho más que la delicadeza de los hombres “buenos”, aquellos que parecen despojados de cierta naturaleza, como aquel enamorado capaz de entregarlo todo por su novia que, en realidad, está más interesada en el departamento que tienen juntos que en él o aquel cuya sensibilidad musical, artística, en una lavandería, parece condenarlo a la soledad.
Los cuentos que más me gustaron de este libro son “Un reloj. Una pelota. Un café” y “Algo para cenar”. En el primero, un abuelo, en tono de despedida o de nostalgia, le aconseja a su nieto que, aunque se quede solo, a pesar de sus limitaciones y las burlas de los demás, continúe pateando la pelota como él quiere hacerlo y que puede pelear a puños por seguir haciéndolo. En el segundo, el hijo problemático de una mamá soltera se echa la culpa por haber chocado el auto del dealer del barrio justo en las dependencias de la Policía, todo para evitar que castigue a su hijastro, quien le tiene un terror tan profundo que este accidente incluso le hizo orinarse en los pantalones. En ambos, encuentro un equilibrio muy bien logrado entre lo femenino y lo masculino, entre la brutalidad y la compasión, entre la inocencia y la madurez, entre la fuerza contenida y aquella pronta a estallar. Son conmovedores. Después de leerlos, puede bajar uno de lo alto de la montaña para sumergir la cabeza en un bañador con sal diluida para imaginar que está bañándose en el mar y que, entonces, las lágrimas vuelvan a convertirse en sudor.
Rodrigo Urquiola Flores es escritor.