H. C. F. Mansilla
A su joven edad Ignacio Vera de Rada se ha distinguido en diversos campos. Ingresó a la actividad política, en la cual dejó un buen recuerdo. En la curiosa agrupación política llamada Comunidad Ciudadana realizó una labor que aún hoy es indispensable en la vida pública: trató de introducir criterios profesionales modernos y valores de orientación con claro contenido de servicio a la comunidad. Siguiendo un precepto aristotélico intentó que la política se transforme en la continuación de la ética. Y también propugnó el respeto al disenso y, por ello, la necesidad de un pluralismo de ideas y puntos de vista. Si la propia Comunidad Ciudadana, donde Vera de Rada militó brevemente, se desinteresó de estos principios, nos podemos imaginar fácilmente cómo se encuentra la actividad política en el país.
Hoy vemos otra faceta de Ignacio: autor de novelas. Y aquí se percibe en primer lugar el cultivo de una forma literaria muy diferente de la habitual en las letras bolivianas. Su novela “El último jeroglífico” está escrita en un estilo que se asemeja al de los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII, sobre todo a la prosa de La Rochefoucauld y de Chamfort. Es un lenguaje claro, elegante, fácilmente comprensible, sin las frondosidades y oscuridades barrocas tan usuales en nuestro medio. Paradójicamente, el autor sigue una línea programática muy distinta al legado de la Ilustración francesa. Muchos pasajes de su novela, tienen, además, una agradable cadencia musical.
“El último jeroglífico” es la historia de un ascenso de la experiencia. No es la clásica elevación que va de lo sensorial a lo intelectual, sino la transformación de lo racional en dirección de lo místico y religioso. Es un viaje de la mente que conduce a las esferas de lo divino, que es también el espacio del que con seguridad se puede aseverar pocas cosas.
El protagonista anónimo de la novela es un egiptólogo que se traslada a El Cairo para concluir la obra de su vida. Pero el desasosiego – uno de los temas centrales de la literatura contemporánea – le impide avanzar de manera adecuada. Dentro de Egipto el protagonista realiza tres viajes: Tebas, Alejandría y Sinaí. En la primera estación admira la gran arquitectura faraónica, hasta hoy imponente en los inmensos templos de Karnak y Luxor. Pero ya en la segunda etapa, en Alejandría, el egiptólogo mantiene una larga conversación con un hombre humilde que le muestra otro tipo de sabiduría: la riqueza y la belleza de la vida sencilla. La tercera estación es la visita al monte Sinaí, donde Dios se le apareció a Moisés y, en medio de zarzas ardientes, le entregó las Tablas de la Ley, el código moral aún hoy válido para millones de personas. Válido aquí significa, por supuesto, que la vigencia se queda en la mera teoría y no pasa a la praxis cotidiana. La penosa ascensión al Monte Sinaí y la visita al Monasterio de Santa Catalina – subida que le propio autor realizó hace pocos años – preanuncian el final de la historia: este antiquísimo lugar de los cultos judío y cristiano no tiene nada que ver con la cultura faraónica del Egipto clásico y representa más bien el retorno del egiptólogo al cristianismo y la revelación de un saber superior, alejado del racionalismo científico y cercano a las experiencias místicas, como fue para Moisés oír la palabra de Dios y observar la zarza ardiente que nunca se consume.
En la novela esta conversión es facilitada mediante la tenue relación que el protagonista desarrolla con una mujer joven, sencilla, consagrada a las labores de la vida cotidiana: la recepcionista del modesto hotel donde él se aloja en El Cairo. Aunque no pasa casi nada erótico entre ellos, la joven mujer abre el corazón del erudito: él comienza entonces a comprender la verdad profunda que reside en las emociones simples, pero decisivas de la existencia humana, en las intuiciones elementales y en los sentimientos sublimes de un alma pura. Esta historia exenta de dramatismos fue prefigurada por el gran poeta y novelista francés Gérard de Nerval (1808-1855), la cumbre del romanticismo francés. Nerval también vivió en Egipto a mediados del siglo XIX, donde compuso su famosa obra “Viaje al Oriente” (publicada en 1851), cuya parte central se titula: “Les femmes du Caire” (Las mujeres de El Cairo). Nerval trazó un retrato muy interesante de las mujeres de aquella ciudad: muchachas jóvenes, humildes, recatadas, silenciosas, pero portadoras de una gran dignidad y practicantes de una religiosidad genuina. Estas mujeres eran los ejemplos vivientes de una sabiduría existencial auténtica y muy antigua, y no representaban el erotismo exótico que buscaban y buscan los turistas occidentales. Uno de los temas centrales de Gérard de Nerval es precisamente el alma escindida, la tensión permanente en la mente de los occidentales que se exponen temporalmente a otro modelo civilizatorio: la contraposición entre la arrogancia de los que creen haber descifrado el mundo mediante la ciencia y el desasosiego existencial que les impide ser realmente felices.
Uno de los autores favoritos de Ignacio Vera de Rada es Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) y su obra “El principito”. Dice este autor: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Lo realmente importante sería solo perceptible mediante las intuiciones y las emociones, lo que implica un enaltecimiento de los sentimientos religiosos y finalmente del valor de la teología. Esto suena muy bien, sobre todo hoy, cuando una tecnología desenfrenada en un mundo hiperdesarrollado tiende a convertirse en el único criterio para juzgar la calidad de la vida contemporánea. Esta parece ser también el hilo conductor y la conclusión de la novela de Ignacio.
Esta posición implica un problema y un dilema que ya fueron formulados hace dos mil años por un eminente pensador religioso, originario precisamente del antiguo Egipto: San Clemente de Alejandría (154-216 d.C.). Para ortodoxos y católicos es el primer Padre de la Iglesia y hasta hoy uno de los teólogos más influyentes. En el siglo II de la era cristiana San Clemente compuso la notable obra “Stromata” (Tapices), en la cual propugna el perfeccionamiento permanente del conocimiento, que según él debe ser guiado por los Evangelios. La cumbre del conocimiento sería la percepción pura de Dios. Simultáneamente San Clemente advierte que esta vía mística es conveniente y hasta lo ideal para una persona limitada a su estricta individualidad. Cuando surge una comunidad, por más pequeña que sea, como la pareja matrimonial, se da un pluralismo de ideas, gustos, concepciones, intereses y hasta caprichos. Muchos de estos elementos resultan ser justificados en cuanto cimientos de la identidad irrenunciable de los seres humanos. Y si hay esta diversidad, la vida cotidiana y hasta la propia elevación del conocimiento deben ser reguladas, ordenadas y administradas por principios racionales, es decir por modelos de convivencia que deben ser reconocidos y aprobados por los propios involucrados. Y por ello, añade San Clemente, las emociones y las intuiciones representan la religiosidad de las masas plebeyas, mientras que las élites deben pasar por el filtro de la filosofía griega y del racionalismo, dosificado sabiamente por los gremios superiores de la Iglesia.
Nadie va a dudar de la pertinencia de las emociones y los sentimientos en la vida privada e íntima. El peligro reside en lo siguiente. En un ámbito público altamente complejo como nuestro mundo actual, las emociones pueden ser fácilmente aprovechadas por movimientos y caudillos que saben seducir a las masas, acudiendo a las fibras íntimas de las emociones, que muy a menudo son los prejuicios colectivos. Las personas dominadas por las emociones no son precisamente proclives a reflexionar críticamente. En la ya larga historia de la humanidad se ha visto cómo la vía mística, el cultivo de los instintos y los sentimientos y el desprecio de la razón y de la democracia han conducido a regímenes autoritarios, a persecuciones religiosas y a la creación de dogmas de vigencia muy amplia. No deberíamos permitir otra vez la actuación de personajes como Torquemada y el funcionamiento de la Santa Inquisición, institución que jamás fue criticada por los representantes del pensamiento místico. El mundo contemporáneo no necesita la ingenuidad que preconizaba Saint-Exupéry, sino una mentalidad crítica, basada en el cuestionamiento continuo de todo lo alcanzado hasta ahora. Creo que sigue vigente el imperativo socrático de evitar toda ingenuidad en asuntos públicos y políticos, y para ello hay que cultivar la duda sistemática.
Lo expuesto aquí no toca el núcleo de la obra de Ignacio. Como nuestro autor transita en dos campos, el literario y el académico, lo más probable es que Vera de Rada tenga un brillante futuro como autor de literatura existencialista y también como catedrático de ciencias políticas.
H.C.F. Mansilla es filósofo y politólogo.
Foto de portada: Plural Editores