La canción y el Carlos

Textual

Isa

10 años del disco «El color que mis manos pronuncian»

Marcelo Gonzales

Experimentar todo el mundo, sus emociones y los espacios de tu ser interno para componer y escribir canciones. Por ahí va…

Es jodido, debo sincerarme y contarlo, como un amigo que antes de tocar en un concierto pedía perdón por los errores que iba a tener. Ando con la escritura oxidada. Años de fuerte caña me malacostumbraron a iniciar la construcción de este tipo de textos con una lluvia de frases que la anestesia del alcohol derramaba sin miedo ni depuración, vomitándola libre, de ahí elegía para armar el texto final, entre cúmulos de manuscritos a cada trazo más chuecos. Ahora, nervio pulido, abro con lo primero que pensé y anoté. Tal vez escribir se haya vuelto algo más fregado para mí, pero voy a tratar de ir al grano, aprovechando la invitación a hablar de lo que más me importa en este mundo: música, canciones, amigos.

Una de las mayores dificultades, retos, con los que te pica, grave escorpión, el oficio de la canción, si decides lanzarte a su abismo, es el de la brevedad del mensaje musical y literario que debes conseguir para lograr transmitir con fuerza algo en un tiempo corto, entiéndase acá canción como una pieza musical breve cantada, con texto. Para dicha concreción, la exploración del universo que efectúas al momento de la captura de esa foto instantánea de tu vida, debe ser extrema, una hiperfagia por cada rincón de tus abrumadores sentimientos, emociones, dolores, pasando algo atractivamente similar en el ámbito musical, debes extraer un solo jugo de entre toda la música almacenada en tu cabeza y entrañas. Es así que los grandes cancionistas suelen ser también colosales seres, tallados a golpe y caricia por el sol y el anticipo de la muerte, bichos con gigantismo iluminados desde adentro a punta de cicatrices, con tanto que decir, esconder. Terminan siendo ellos mismos obras gelatinosas del ser, unas otras extrañas fractales canciones cantadas por el tiempo, entes que han chupado calle, noche, pre-muerte, trance, falta, duda, despiadado enamoramiento, locura, abandono y también, ojalá más de lo que se esperaría, algo de felicidad y júbilo.

Mi amigo cantautor Carlos Sivila es, precisamente, un buen representante de todo esto que expongo. Un potosino como muchos también habitador de Sucre, Cocha, La Paz. Nos conocimos sin suntuosidades, junto a mi hermano Anki, gracias a otro viejo amigo rondador de la pza. Riosinho. Su igual de colosal compañera Dennise Gálvez y él se hacían cargo del Café Mestizo, como ahora, lustros después. Confiando en nuestra música de entrada, no me da para detalles, pero llegamos un día y nunca nos fuimos, hasta los días actuales compartiendo proyectos, viendo crecer a nuestras wawas.

Tampoco recuerdo exactamente cómo, pero desde que empecé a oír con detenimiento su música, me atrapó un poco más de lo común e inicié una aún vigente expedición y apreciación muy propia de su trabajo, volviéndolo un entrañable y admirado personaje, compañero en el guión de esta vida-país. Como músico, podemos decir que representa esa especie de trovador en el mejor y más antiguo sentido de la palabra, aquel obrero de la guitarra capaz de recolectar materia prima de un espectro amplio de géneros de la canción y vivencias propias para cantar lo que necesita, pero por otro lado es también un especializado abrevador del rock con el que se formó y del que se vale para que el medioambiente general de su música respire más acorde con el espejo completo de lo que quiere mostrar su alma, como unidad histórica y energética cosechadora de un tono único de luz.

Interesante cómo el rock a veces puede cumplir la función de condimento oscuro contrastante para los cantautores. En su disco “El color que tus manos pronuncian» esta libertad para extraer como minero de su tierra los recursos musicales populares de varios géneros o simples ambientes, evocaciones, se evidencia, pero no desde una obviedad retumbante, sino a través de una serie de letras con una poesía propiciadora de capas de imágenes y significados, tratando de ir un poco más allá del argumento superficial amoroso o juzgador de los simples hechos del mundo, otorgándole al eclecticismo musical de la canción autoral una paleta de emociones muy personales y de una silenciosa profundidad, cosa muy potosina. Bienvenido al negro río de la eternidad. Portal lisérgico, cueva de mi debilidad o Elijo no solo para ti la palabra en blanco quizás porque adoro esa muerte movediza. Musicalmente, los laraleos a lo Hey Jude en Sol de Charol, usar melodías estilo Oasis pero con quenacho en Ritmos Eternos, apropiarse del estilo de balada a lo Milanés acompañada por el gran bajo de René Ponce en Fogata, o los coros épicos de David Portillo en Re, una de mis diez canciones favoritas de esta vida, entre muchos otros detalles, son gestos que se saborean con placer.

“Para Chelo con todo mi aprecio, este disco que es mi esencia”, me escribió el Carlos hace años en su dedicatoria. La invitación es a celebrar esta esencia a sus 10 años, el viernes 18 de septiembre en el Centro Cultural Marina Núñez del Prado; jueves 8 de octubre en el Equinoccio en La Paz, concluyendo con una gira al sur por Tarija, Potosí, Sucre, entre diciembre de 2026 y enero de 2027.

Gracias, Carlos, por tu canción y por tu música. Se les espera en esta celebración.

Marcelo Gonzales es músico, compositor y guitarrista paceño.

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