Alfonso Gumucio Dagron
En los últimos tiempos mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio vivió la vida con suavidad y sabiduría. Quiero referirme con eso, a que estuvo en paz consigo mismo luego de todo lo que había hecho por Bolivia a lo largo de su trayectoria, y no guardaba ningún resentimiento ni resquemor por un Estado incapaz de reconocer a hombres como él, que al final de sus días están más allá del bien y del mal. Es con frecuencia el destino de los grandes hombres cuyo país resulta demasiado pequeño y mezquino para entender la trascendencia de sus aportes.
Mi primo se dedicaba a lo suyo, a leer interminablemente, bañado por el cálido sol del solario en un sillón a cuyas espaldas se divisaba a lo lejos la ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida y en la que tuvo incidencia política y cultural innegable. Mientras sus piernas se debilitaban por falta de movimiento, su mente se fortalecía, brillante y lúcida, aunque nunca hizo gala de ello porque su humildad genuina era uno de sus rasgos característicos. Estaba encerrado en un cuerpo que ya no le respondía, era como el país debilitado, esquelético, sin músculo, pero con una cultura que existía en el territorio a pesar de ser ignorada por la politiquería barata y mediocre.
Siempre recordaré de mi primo hermano su sonrisa de Mona Lisa, similar a las de su enorme colección de Gioconda, más de un centenar de piezas de arte dispersas por la casa, incluso en la escalera hacia el segundo piso y tapizando el baño de visitas. Una sonrisa difícil de descifrar, la suya, a veces burlona pero otras marcada por la melancolía y la resignación. Era como si dijera: ya nada me sorprende, aunque me cueste creerlo, me resigno a lo que venga.
Bolivia es lo que es y no da para más, parecía decir Mago con sorprendente pasividad, sin enojo o resentimiento, simplemente con algo de tristeza, esa melancolía con que se mueren los grandes, sabiendo que han dejado detrás, en manos de mediocres, un enorme legado que no será comprendido sino muchas décadas después.
En sus últimos tiempos, Mago sentía que el país no estaba a la altura de la historia sino más bien sumido en la mezquindad que vemos todos los días, donde la cultura pretende ser ignorada como si no existiera. Grave error de quienes se envuelven ufanos en un manto de vanidad, fatuo y superficial.
Aunque trabajó incansablemente hasta el final, como lo prueban su enorme antología de esbozos biográficos recién publicada por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), y su trabajo de rescate de textos de Augusto Céspedes, su presente estaba anclado en otro tipo de ilusiones y emociones en el horizonte, como la próxima llegada de su bisnieta Alina, el empuje creativo y empresarial de su nieta Canela y de su nieto Maguito, o el camino que tomaba su hijo José Manuel de regreso en el país con la convicción de que aquí le corresponde estar.
Mago murió reconciliado con la vida luego de haber luchado incesantemente por un mejor país desde trincheras muy distintas, que al final de sus días parecen remotas y a veces un tanto inútiles por sus repercusiones en una sociedad generalmente indolente y pacata.
Me refiero a que todo lo que pudo hacer, ya sea en la política desde muy joven (secretario privado de Paz Estenssoro a los 19 años) o en la administración pública cuando fue tres veces ministro de Educación y Cultura (con enormes planes sobre la calidad educativa que quedaron a medias pero que supo analizar con bisturí en libros como “Salvemos a Bolivia de la escuela” o “La educación como forma de suicidio nacional”), o como diplomático en Londres, Washington y en Santiago de Chile, o como periodista (director de Última Hora) y ensayista que luchó por la libertad de expresión en los momentos más difíciles de las dictaduras, como promotor cultural que sostuvo durante tantos años y con gran humildad el programa semanal emblemático de la televisión: “Identidad y magia de Bolivia”, realizado artesanalmente con el único propósito de mostrar Bolivia en todas sus facetas culturales.
Todo aquello había quedado atrás en los últimos tiempos. Era su aporte de vida, la suma de sus aportes múltiples, aunque fueran poco reconocidos. Mago no buscaba reconocimiento, sentía que todo lo que hacía era sencillamente parte de su responsabilidad como boliviano, y lo hacía con inteligencia, fino humor, curiosidad inagotable y dedicación monacal.
No pretendió glorias ni fortuna. Vivió con humildad y generosidad hacia los demás y quizás ese sea el principal legado que me deja, esa manera de estar por el mundo inspirando paz y tranquilidad. Al hablar con él en los últimos tiempos me inspiraba ese temple de quien no reclama nada, pero sabe que ha hecho mucho, pero que lo ha hecho sin arrogancia y sin exigir nada a cambio.
Tuve la fortuna de pasar con él varias horas a solas el día que falleció. Tomé su mano todavía tibia, le di un beso en la frente y estuve hablándole aun cuando sabía que no podía escucharme porque ya estaba descansando. Fue más una manera de reconfortarme a mí mismo sobre su pérdida, y me hizo mucho bien estar con él a solas en su dormitorio recordando todo lo que me dio a lo largo de mi vida con el cariño de un hermano mayor que guió mis pasos hacia la cultura y lo hizo con generosidad, quizás incluso sabiendo que era un camino ingrato, pero que era el que yo había escogido.
Así como mi padre fue más que un tío, un amigo y una figura paterna para mis primos hermanos, Mago lo fue para mí, y no en el sentido de protección, sino con su modelo de vida. Eso bastaba para sentir que en la familia había un faro cuyo ejemplo podía guiar nuestros pasos hacia un horizonte de nobleza y honestidad absoluta.
Desde que dejé de estudiar medicina para dedicarme a la incierta actividad literaria, tuve el apoyo de Mago frente al justificado escepticismo de mi padre. Me invitó a participar como secretario de Redacción de la Revista Nacional de Cultura que publicó durante su primera gestión como ministro de Educación y Cultura, en 1969. Acogió en las páginas de Última Hora largos textos míos sobre literatura y sobre cine. Sin preguntarme, tomó la iniciativa de publicar mi primer libro, “Provocaciones” (1977), con el sello de Los Amigos del Libro. Siempre tuve cerca su consejo y su guía, tanto en Bolivia como en el exilio que me tocó sobrellevar dos veces durante gobiernos dictatoriales.
Sería largo seguir enumerando todas aquellas veces en las que apoyó mis proyectos y las que yo traté de apoyar los suyos, mucho más certeros y luminosos. Queda la memoria de innumerables conversaciones sobre lecturas y sobre política, así como la amistad que me dejó con valiosos intelectuales de su generación, convertidos en amigos propios a partir de múltiples reuniones que teníamos en su casa: Julio de la Vega, Armando Soriano Badani, Oscar Bonifaz, Paulovich, Alberto Zuazo Nathes, Mario Frías Infante, Carlos Serrate, Juan Carlos Calderón, entre tantos otros. Ese tipo de herencias suelen ser las más enriquecedoras.
Alfonso Gumucio es escritor y cineasta. Texto leído por el autor en el acto de homenaje organizado por la Academia Boliviana de la Lengua a Mariano Baptista Gumucio, en la Fundación Patiño, el 14 de agosto de 2026.