H.C.F. Mansilla
Empezaré con una anécdota personal. Hace más de cincuenta años, en octubre de 1975, di comienzo a mi carrera de pensador dedicado a criticar los rasgos reiterativos de la vida política y social del país. Elaboré dos ensayos sobre las pautas colectivas de comportamiento, uno en torno a los intelectuales izquierdistas, y el segundo acerca de las modas – aparentemente irreverentes – que seguían con fervor religioso las generaciones juveniles. Eran textos largos, incómodos, difíciles de ser aceptados por los periódicos y revistas de entonces. Mariano Baptista Gumucio (1933-2026), quien dirigía el vespertino Última Hora por aquellos años, me recibió en su despacho y los publicó sin dilación en el suplemento cultural de su periódico. Y, lo más importante, me impulsó enérgicamente a seguir por el camino de la crítica social y política, aunque, como él mismo me dijo, era una senda ingrata y con pocas retribuciones gratificantes. Hasta poco antes de su fallecimiento, cultivamos una discreta amistad, fomentada por puntos de vista similares sobre diversos temas, como la cultura política del área andina y la defensa del medio ambiente.

Nos habíamos conocido mucho antes, cuando ambos éramos niños, pero durante la infancia una pequeña diferencia en la edad impide un acercamiento más profundo. Estaba yo en la primaria del Colegio Alemán cuando Mariano fue nombrado secretario privado del entonces presidente Víctor Paz Estenssoro (1953), lo que inmediatamente le brindó un aura de poder y prestigio. Pese a que éramos niños algo ingenuos, nos percatamos inmediatamente de que Mariano había pasado a una esfera social superior, para nosotros inalcanzable y cargada de notables promesas para su propio porvenir, pero también llena de incertidumbres y peligros. Baptista, quien era en aquellos años un joven muy guapo, no se convirtió, sin embargo, en el modelo a seguir porque nosotros, los chicos del barrio de Sopocachi, detestábamos instintivamente al nacionalismo revolucionario. Se puede decir que entró a la política desde arriba, como corresponde a un miembro de las antiguas élites, lo que le permitió desde el primer momento una visión privilegiada sobre este campo, complejo, atrayente y monstruoso simultáneamente.
Mariano mantuvo una cierta simpatía por los ideales del Movimiento Nacionalista Revolucionario, aún después de la caída del régimen en 1964, y una sólida amistad con el ideólogo y novelista de aquella tendencia: Augusto Céspedes (1904-1997). Durante algunos años, entre 1987 y 1993, íbamos juntos a las famosas tertulias de Céspedes, que se realizaban en una casona de la calle Socabaya. Augusto era el centro indiscutido de aquellas reuniones: poseía una habilidad retórica innata, que se manifestaba en el relato ininterrumpido de anécdotas divertidas sobre hechos políticos y personajes públicos. Después de una sesión con mucho consumo de alcohol, Céspedes improvisó un largo panegírico en honor de Mariano, que en mi frágil memoria rezaba así: “Baptista se revela como un humanista, cuya preocupación por el destino del Hombre irradia en las deleitosas enseñanzas que extrae del increíble caos que componen la historia y la actualidad del mundo. […] La fluidez periodística de las crónicas del Mago no está desprovista de seriedad y, en su fondo, flotan las areniscas auríferas de su ironía. Una ironía que, igual que en su rostro, es sonrisa que nunca se despliega en carcajada. Examina livianamente los asuntos, deslizando una erudición de la que puede disfrutar el lector como un documental de cine breve y bien realizado”.
Fue la única ocasión en que vi realmente emocionado a Mariano, quien agradeció escuetamente a Augusto, pero sin pronunciar una respuesta que todos esperábamos. En varias de estas sesiones Céspedes no quiso (o no pudo) explicar adecuadamente por qué un nacionalista de izquierda – así se titulaba él mismo – apoyó a la Alemania nazi desde el periódico La Calle a partir de 1936 o cómo se sentía en 1980 al ser embajador ante la UNESCO del régimen de Luis García Meza. Dijo solamente que él representaba al Estado boliviano y no a un gobierno determinado. Me pareció una respuesta situada entre la ingenuidad y el cinismo. Al mismo tiempo Céspedes daba a entender que no se interesaba por el curso de los acontecimientos mundiales y los productos de otras culturas.
Baptista, en cambio, se distinguió desde muy joven por una inclinación cosmopolita, un tratamiento diferenciado de los fenómenos sociales y culturales y por un anhelo de comprender el ancho mundo en la multiplicidad de sus manifestaciones. Siempre lo acompañó una notable curiosidad por lo Otro, una postura existencial muy alejada de la comodidad provinciana y pueblerina que cultivaba y cultiva aún hoy la mayoría de la población.
Posteriormente Mariano desarrolló una sana desconfianza ante todos los programas altisonantes de los movimientos y partidos políticos, apoyado en una frase feliz de Jorge Luis Borges: “Las ideas nacen tiernas, pero envejecen feroces”. Es decir: las teorías consagradas a cuestiones histórico-políticas se originan, en muchos casos, en el noble anhelo de justicia social y en el deseo de modificar un mundo inicuo, pero luego se transforman en ideologías alérgicas a la autocrítica y a percibir las complejidades de la realidad. Así se convierten en dogmas intolerantes y proclives a ser utilizados por gobiernos totalitarios.
Esta aversión baptistiana al dogmatismo se complementa con una actitud básicamente escéptica ante los avatares de la vida y la sociedad. Como señala Fernando Molina, a Mariano le gusta compartir sus conocimientos y sus logros con sus conciudadanos. Por ello se explica parcialmente el número elevado de sus publicaciones, aunque, como él mismo admitió, la lucha contra la estupidez colectiva y la ceguera política es ardua y con resultados decepcionantes. Baptista puede ser calificado hoy como un gran ensayista dentro de la tradición latinoamericana de los polígrafos, quienes estuvieron siempre preocupados por el destino incierto de sus naciones. Fue un intelectual sensible y simultáneamente indignado por los errores evitables de las jefaturas políticas. Como aseveró Luis Urquieta Molleda, a Mariano le tocó actuar y crear en un orden social “avaro de solidaridad y reconocimientos”. Urquieta publicó el hasta hoy más amplio homenaje a Baptista (2016), resaltando su dedicación inclaudicable a la “libertad y a la cultura” y afirmando que Mariano trató de contener “la frivolización de la cultura que se ha impuesto universalmente”. Al igual que Baptista, Urquieta fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, institución que no trató muy bien a ambos.
En los escritos de Mariano se manifiesta una virtud que tiende a desaparecer: la valentía cívica. En una sociedad que premia el acomodo fácil a las modas ideológicas y culturales del día – fenómeno astutamente utilizado por los intelectuales de izquierda –, no es habitual un tratamiento cuidadoso y crítico de la herencia civilizatoria, como el que realizó Baptista. Por ello sus esfuerzos tuvieron algo de quijotesco. Es de justicia mencionar aquí tres obras de nuestro autor que analizan precisamente ese legado histórico mediante un racionalismo práctico. Hace cincuenta años (1976-1977) publicó dos breves estudios de contenido muy original en su época (y, en realidad, hasta hoy): “El país erial. La crisis ecológica boliviana” y “El país tranca. La burocratización de Bolivia”. Ambos libros han pasado totalmente desapercibidos hasta hoy, lo que dice mucho acerca de la mentalidad colectiva del país. La destrucción paulatina del medio ambiente y los vericuetos burocráticos de la administración estatal representan a largo plazo obstáculos claros para la conformación de una sociedad razonable en suelo boliviano; el desinterés de los partidos políticos, los sindicatos, los gremios intelectuales y de la opinión pública por estas temáticas constituyen factores elocuentes de la identificación fácil de los más variados estratos y grupos sociales con la irracionalidad de la cultura política prevaleciente. Lo lamentable reside en la actitud generalizada de buena parte de la población, que parece sentirse a gusto en medio de la destrucción ecológica y de la selva burocrática que constituye la administración pública.
Mediante su libro: “Latinoamericanos y norteamericanos: cinco siglos de dos culturas” (1987), Mariano esbozó una comparación entre dos modelos civilizatorios, mostrando las ventajas y las deficiencias de ambos, sobre todo en el ámbito sociopolítico. En lugar de las habituales diatribas contra el imperialismo del norte, que conforman el núcleo duro y persistente de prejuicios colectivos de vieja data, nuestro autor nos muestra las raíces de la incomprensión entre dos paradigmas de desarrollo y resalta aquello que podemos rescatar de nuestro propio acervo cultural. En lugar de las identificaciones fáciles, esta obra de Baptista llama la atención sobre lo positivo de la función cognitiva del desencanto: desde el Génesis bíblico, se sabe que el dolor y la desilusión representan vías valiosas del conocimiento, que han resultado más fructíferas que la reiteración de mitos populares muy enraizados en buena parte de la población nacional.
Los escritos teóricos de Mariano han criticado las corrientes y las inclinaciones más difundidas en el seno de los estratos cultos del país. Hoy en día esas rutinas universitarias y convenciones intelectuales prevalecen sin rivales en sus ambientes respectivos. Cuentan con numerosos representantes muy ilustres, como los teóricos de la descolonización y el indianismo y con una multitud de intelectuales izquierdistas, cuyo peso en el mundo cultural no necesita ser explicitado. Pese a esta enorme popularidad y a sus éxitos en la esfera pública, es probable que estas modas intelectuales no pasen la prueba de los siglos, pues carecen de un factor central: les falta el espíritu de autocrítica, una mirada analítica sobre sí mismas. No pueden imaginarse, por ejemplo, que los movimientos y partidos izquierdistas pueden contener – como cualquier fenómeno humano – algún elemento negativo, algún núcleo autodestructivo o algún resabio de una tradición reaccionaria.
Frente a esta poderosa marea cultural, Mariano se orientó por otro principio, que él describió en 2006 con palabras sencillas: “Mi actitud predominante ha sido la de escribir con la mayor claridad posible, buscando detrás de los prejuicios y por encima de dogmatismos e iglesias el rostro de la verdad. No creo, desde hace bastante tiempo, en ningún ‘ismo’ y encuentro que las propias ideas, cuando se esclerotizan, se convierten en veneno para la mente”. Por todo ello se puede aseverar que Baptista desarrolló desde muy joven una marcada inclinación en favor de la duda creativa y el análisis profundo, cultivando un talante reflexivo que mantuvo hasta el final de su vida. Pienso que esta actitud – que tiene un fuerte componente ético – le llevó a abandonar definitivamente la actividad política y más bien a tomar partido de manera apasionada por los asuntos culturales.
En su conjunto, la obra de Baptista contribuye a evitar las identificaciones fáciles con los fenómenos más llamativos del legado civilizatorio del país y promueve, en cambio, una visión distanciada y, a momentos, desilusionada del mismo. Nuestro autor publicó, como se sabe, numerosos libros en torno a la historia y la cultura de Bolivia. Ahora, después del ocaso de los grandes dogmas, vemos que Mariano había apostado acertadamente por el pluralismo de ideas y valores. Creó una gran obra de pedagogía crítica, que a la larga puede generar una catarsis social con la intención última de conocernos mejor y superar nuestros prejuicios.
Mariano Baptista no buscó la aprobación de los poderosos ni el aplauso de las masas, sino algo mucho más valioso y difícil de conseguir: esclarecer nuestra historia, comprender nuestros anhelos seculares y aprender de nuestros errores, y así, sin falsas ilusiones, podríamos emprender la construcción de un mundo mejor.
Texto preparado por el autor para el acto de homenaje organizado por la Academia Boliviana de la Lengua a Mariano Baptista Gumucio, en la Fundación Patiño, el 14 de agosto de 2026.