El arte en la adversidad: los 10 años de Altamira

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Isabel Navia

Cumplir diez años en un proyecto artístico no es un asunto menor. Hacerlo en Bolivia, y especialmente en La Paz, es prácticamente un acto de resistencia.

La Galería Altamira celebró recientemente su primera década de vida con una gran exposición colectiva que reunió a artistas de distintas generaciones y regiones del país y que ocupó todos los espacios de la galería, congregando a coleccionistas, creadores, gestores culturales y amantes del arte en una noche que, más que una inauguración, fue una celebración de la persistencia.

La coincidencia no pudo ser más significativa. Tras varias semanas marcadas por conflictos sociales, bloqueos y la suspensión de numerosas actividades culturales, el aniversario también fue un reencuentro. En una ciudad acostumbrada a convivir con la incertidumbre, la mera posibilidad de reunirse en torno al arte cobró un valor especial.

Ariel Mustafá, director de la galería, contó que tenía preparada una intervención completamente distinta. Quería trazar un paralelismo entre el regreso de Ulises a Ítaca y estos diez años de Altamira.

“Pensaba hablar de las sirenas que intentaban desviarnos del camino, de cómo enfrentaríamos al cíclope Polifemo y de todas esas pruebas épicas del viaje. Pero la realidad se encargó de cambiar el guion. En lugar de las sirenas, había que hacer fila para conseguir huevos; y cuando pensaba en Polifemo, veía a Argollo al frente y resultaba bastante más temible que el cíclope. Ese es el tipo de situaciones que hemos tenido que atravesar y que, de alguna manera, nos impidieron hacer la remembranza que habíamos imaginado para estos diez años. Por eso decidimos concentrarnos en lo que tenemos hoy, porque quizá la mejor forma de recordar el camino recorrido es celebrar que seguimos aquí, haciendo lo que creemos que vale la pena hacer.”

La historia de Altamira es, en muchos sentidos, la historia de quienes deciden apostar por la cultura en contextos adversos. Fundada por Daniela Espinoza, Ariel Mustafá, Jimena Siles y Óscar Ballón, la galería nació con el propósito de abrir espacios para artistas emergentes. Sin embargo, con el tiempo, sus impulsores comprendieron que la falta de espacios de exhibición afectaba a creadores de todas las generaciones.

“Nos dimos cuenta de que la falta de espacios no era solo para los artistas jóvenes”, recordó Mustafá durante la celebración. “Pensamos entonces en trabajar con artistas que han dedicado su vida al arte, porque creemos profundamente en lo que estamos haciendo”.

Esa convicción ha sido puesta a prueba más de una vez. En estos diez años, Altamira atravesó crisis económicas, conflictos políticos y una pandemia que obligó a cerrar temporalmente sus puertas. Sin embargo, nunca dejó de producir proyectos. Durante el encierro publicó un libro y, apenas fue posible reabrir, retomó sus exposiciones.

Esta persistencia tiene una explicación: para sus gestores, el arte no es un lujo ni una actividad marginal. Es trabajo, patrimonio y también economía.

Mustafá reivindicó una idea que sigue generando incomodidad en algunos círculos culturales: la necesidad de hablar de ventas sin complejos. “Hemos mezclado el sacrosanto arte con el vil dinero”, dijo con ironía. Detrás de la frase hay una defensa clara del derecho de los artistas a vivir de su trabajo y de la importancia de construir un mercado cultural sólido.

En países donde las industrias creativas se consideran sectores estratégicos, la discusión parece resuelta desde hace décadas. En Bolivia todavía persiste cierta desconfianza ante cualquier relación entre la creación artística y la sostenibilidad económica y Altamira ha decidido desafiar ese prejuicio en su práctica cotidiana.

La exposición del aniversario también evidencia el esfuerzo que implica hacer cultura en tiempos difíciles. Varias de las obras incluidas en la muestra se encontraban en Santa Cruz y Cochabamba cuando los conflictos sociales interrumpieron el transporte terrestre. La solución fue pragmática: enrollar cuadros, trasladarlos como equipaje acompañado en vuelos comerciales y volver a montarlos en La Paz.

“La cinta transportadora del aeropuerto era cooler, cooler, cooler, cuadro, cooler, cooler, cooler, cooler, cuadro.”

Más que una anécdota logística, el episodio resume una forma de entender el trabajo cultural: seguir adelante aun cuando las condiciones parecen adversas.

“Cuando han estado aquí (los cuadros), les hemos puesto bastidor, les hemos vuelto a poner marco para llevar adelante esta exposición, y no por ustedes, sino por nosotros, porque realmente ya la desidia, la sensación de impotencia, la orfandad nos tenían arruinados. Hemos dicho: “Vamos con todo, vamos adelante”.

Durante la celebración, Óscar Ballón comparó a Altamira con un ser vivo. “Los proyectos nacen con ilusión, crecen y se desarrollan con mucho cuidado”, señaló. Diez años después, la galería parece haber superado la etapa más vulnerable de su existencia sin perder el entusiasmo de sus primeros días.

“Y es que el arte tiene la maravillosa capacidad de emocionarnos, de hacernos reflexionar, de cuestionarnos; nos da placer sin pedirnos nada a cambio. Uno ve un cuadro y siente placer; es gratis: eso es lo más maravilloso.”

Pero quizá el mayor aporte de Altamira no deba medirse únicamente por exposiciones, ventas o artistas representados. Su contribución más importante ha sido consolidar un espacio de encuentro. Un lugar donde convergen ideas, sensibilidades, generaciones y formas de entender el arte boliviano contemporáneo.

En una ciudad que con frecuencia se ve atrapada entre crisis sucesivas, espacios como este cumplen una función que trasciende lo cultural. Nos recuerdan que la creación también es una forma de resistencia y que la belleza puede convertirse en un acto de confianza en el futuro.

Diez años después de abrir sus puertas, Altamira sigue apostando por esa idea. Y en tiempos tan complejos como los actuales, esa apuesta resulta más necesaria que nunca.

Isabel Navia es comunicadora y promotora cultural.

Imagen de portada: Juliette, de Juan José Serrano.

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