Claudia Daza
“Vamos a estar bien”, se dijo, a pesar de los conflictos que aquejan al país, desde el reciente Festival Sinfónica Fusión, un diálogo entre músicas de distintos autores e intérpretes de Bolivia.
Cuando todo terminó, cuando conseguí volver a casa después de atravesar una ciudad oscura y llena de autos en terapia intensiva, entendí que el Festival Sinfónica Fusión, organizado por la Orquesta Sinfónica Nacional que dirige Daniel Montes, había sido mucho más que una temporada de música. Había sido una demostración de fe.
Nuestro mapa está lleno de puntos rojos e interrupciones. Los turistas quizás están tachando nuestras carreteras de sus planes y las noticias vuelven a los lugares comunes: conflicto, enfrentamiento, escasez de alimentos… Viajar o simplemente moverse por Bolivia se ha convertido en una hazaña. Sin embargo, y a pesar de todo eso, las músicas y los músicos siguieron afinando instrumentos, revisando partituras y preparando sus conciertos.
La decisión de continuar con una programación definida meses atrás no era menor. Detrás de cada concierto hubo conversaciones, dudas y cálculos. Hubo artistas que decidieron viajar contra toda lógica. Pablo Valdivia llegó desde Estados Unidos para cumplir con una cita que parecía improbable. Hubo espectadores que combinaron taxis, teleféricos y largas caminatas para llegar a las salas. Y hubo músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional que siguieron entrando cada día a trabajar en medio de una coyuntura empeñada en suspender cualquier función.
Por eso la frase que pronunció Rolando Encinas durante el cierre del ciclo de conciertos quedó resonando mucho más allá del concierto: “Los caminos de la música están expeditos”. No era una frase ingenua ni una forma de ignorar la realidad. Era, más bien, una afirmación. Mientras los caminos físicos permanecían bloqueados y buena parte de la actividad cultural era suspendida o postergada en la ciudad de La Paz, la música seguía encontrando la manera de llegar. Llegaba a través de artistas, del público y de esa obstinación silenciosa que convierte al arte en una forma de resistencia.
La apuesta de Daniel Montes fue arriesgada y, por eso mismo, valiosa. No se trataba de vestir canciones populares con trajes sinfónicos ni de hacer de la orquesta un simple acompañamiento. Se trataba de escuchar. Escuchar el rock de Freddy Mendizábal y de Octavia, las búsquedas jazzísticas de Gustavo Orihuela Quartet y de Diego Ballón, la voz de Pablo Valdivia y la memoria que resguarda Música de Maestros, para permitir que cada uno dialogara con la tradición académica sin perder su acento propio. Durante varias noches, géneros que suelen habitar escenarios distintos encontraron un espacio común y demostraron que la música boliviana es mucho más amplia de lo que acostumbramos imaginar.

Renacer desde la penumbra
No pude asistir al concierto de Freddy Mendizábal ni a las presentaciones de Octavia. Pero bastaba escuchar los comentarios y ver las fotografías para entender lo que había ocurrido: salas llenas, entradas agotadas y un público que respondió como pocas veces lo haría en situaciones de conflicto. Los conciertos lograron algo extraordinario: convertirse en un punto de encuentro y de refugio también.
Los que siguieron, en cambio, me permitieron acompañar de cerca el espíritu de este ciclo. Uno de los más conmovedores fue el de Diego Ballón. Durante años lo vimos sostener desde el piano las canciones y proyectos de otros músicos; pero esta vez le tocó habitar el centro de la escena con una obra propia que merece seguir recorriendo caminos. Sus composiciones revelaron una solidez sofisticada. Hubo un momento en que la sala quedó apenas iluminada por las luces de los atriles y la música pareció expandirse en la oscuridad. No recuerdo otro instante del ciclo con semejante sensación de intimidad y sensualidad. Allí estaban las virtudes de Ballón como compositor, la precisión, la sensibilidad y esa rara capacidad de conmover sin necesidad de exagerar nada.
La llegada de Pablo Valdivia, para ese concierto, añadió otra capa a la noche. Pero más que su viaje, lo que importó fue lo que ocurrió con su voz sobre el escenario. Hubo momentos en los que los músicos parecían conversar entre sí a través de las improvisaciones, escuchándose, cediéndose espacio, respondiéndose sobre la marcha. Pensé, entonces, que los músicos suelen resolver en segundos lo que a otros nos toma semanas: dialogar. En medio de una época marcada por posiciones irreconciliables, el jazz y la fusión ofrecían una pequeña lección de convivencia. Nadie imponía su voz, cada instrumento encontraba su lugar mientras construía algo común.
El momento más difícil, también en oscuridad, llegó con la canción Confesiones de Ocasional Talento. Su muerte todavía es una herida para muchos de quienes estaban allí. Poco antes, Diego Ballón había hablado de la necesidad de acompañarnos. De no dejar solos a quienes atraviesan momentos oscuros. Entonces la canción adquirió otro peso. La voz maravillosa de Pablo intentó seguir, pero se quebró a mitad de camino. Nadie pareció sorprenderse. Muchas personas lloramos muchísimo y el silencio que siguió fue tan elocuente como la música. Después de algunas canciones, como su gran versión de New York, New York, llegaron los aplausos, largos y sentidos, de pie, como una forma de abrazar aquello que las palabras ya no podían contener. Y cuando parecía que la noche había dicho todo lo que tenía que decir, Pablo interpretó el Himno Nacional con el piano de Diego. Nos remató. Sonó como una manera de volver a tierra. Como si, después de recordar a quienes ya no están y de escuchar la fragilidad de quienes seguimos aquí, alguien nos recordara que aún compartimos un mismo país y que, pese a todo, seguimos juntos en él. Esa noche comenzó el frío. Esa noche comenzó a nevar.

Vamos a estar bien
También hubo espacio para aplaudir de pie al inquieto violinista Gustavo Orihuela. Su concierto fue trasladado al Cine Teatro 6 de agosto gracias a la apertura y disposición de Carmen Almendras, nueva secretaria municipal de Culturas de La Paz. La decisión tuvo mucho de sentido común. El Centro Sinfónico Nacional está prácticamente al lado de la plaza Murillo, el corazón político del país y el lugar donde se concentran los conflictos, los controles de seguridad y las restricciones en días de crisis. Llegar hasta allí se había vuelto cada vez más complicado. El festival necesitaba encontrar otra ruta y la encontró en la sala 6 de Agosto, que se convirtió en un refugio temporal para la música y en una demostración de que la cooperación institucional todavía puede abrir caminos cuando otros parecen cerrarse.
Y entonces apareció Gustavo Orihuela Quartet. Lo que siguió fue una celebración de las muchas geografías musicales que caben en Bolivia. El jazz manouche dialogó con los ritmos del sur del país, apareció la morenada, se asomó el oriente y también esas búsquedas musicales que Gustavo junto a Diego Ballón al piano, Luis Daniel Iturralde en la batería y el contrabajo de Ramón Zúñiga, ha construido a lo largo de los años sin preocuparse demasiado por las fronteras entre géneros. El resultado fue un concierto diverso, intenso y profundamente personal. Gustavo tiene esa rara capacidad de romper la solemnidad sin sacrificar la calidad artística. Bajó del escenario, caminó entre las filas, tocó a pocos centímetros del público y convirtió la sala en un espacio más cercano, más vivo y mucho más lúdico; la música sirve para jugar. Recordó que la música no sólo se escucha, sino también se comparte.
En uno de los momentos más íntimos de la noche habló de una composición nacida durante una etapa difícil de su vida como migrante. Entonces recordó una frase que lo ayudó a atravesar aquellos días: «Vamos a estar bien». La dijo mirando al público, pero parecía estar recordándosela también a sí mismo. En una semana marcada por la incertidumbre, aquella frase dejó de pertenecer únicamente a la historia que estaba contando. Se convirtió en un mensaje compartido. Esto también va a pasar. Y vamos a estar bien.
Pero detrás de esa energía había una propuesta musical profundamente trabajada. Si tuviera que quedarme con un momento de la noche, sería Philpintu. Gustavo contó que era la primera vez que interpretaba públicamente esta su composición, un yaraví dedicado a la memoria de su abuelo. Ya de por sí es una pieza cargada de tristeza y ausencia, pero escucharla acompañada por la Orquesta Sinfónica Nacional la llevó a otro lugar. Lo que nació como una evocación íntima terminó convirtiéndose en una experiencia colectiva, rozando con el gran bolero de caballería y con la música que tocamos cuando un viejo muere. Sublime.
Y eso obliga a detenerse también en quienes suelen permanecer fuera del foco. Tanto Juan Andrés Palacios, responsable de los arreglos para las propuestas de Diego Ballón y Gustavo Orihuela, como Carlos Ríos en otros momentos del ciclo, demostraron la importancia de un oficio que rara vez recibe los aplausos que merece. Un gran arreglista sabe escuchar el corazón de una composición y expandirlo sin traicionarlo. Sabe construir puentes entre una canción y una orquesta, entre una emoción privada y una experiencia compartida. Bolivia tiene grandes intérpretes y grandes compositores, pero también necesita reconocer a estos arquitectos invisibles que permiten que una obra alcance nuevas dimensiones. Lo repito: Juan Andrés Palacios y Carlos Ríos, qué gigantes han sido sus arreglos musicales.

Los caminos expeditos de Bolivia
Llegué tarde al último concierto, el que había sido postergado por los conflictos. Esta vez no había forma de trasladarlo al Cine Teatro 6 de agosto, porque sobre el escenario debían convivir dos orquestas y toda una maquinaria musical imposible de mover. Mientras intentaba llegar, escuché en redes sociales desde el teleférico toda la Trilogía India. Fue una pequeña tragedia personal. No alcancé a escucharla en vivo y se trata, probablemente, de la obra musical boliviana que más me conmueve y me sé de memoria. Con ella me imagino el paisaje, la historia y una forma de entender este país que pocas composiciones han logrado capturar con tantos momentos, quiebres, diferentes matices y el relato de instrumentos único.
También me perdí una chovena y una cueca de la Guerra del Chaco recuperada y compartida por Jenny Cárdenas. Cuando finalmente llegué, después de caminar a contrarreloj y tomar un taxi para apenas un par de cuadras, porque así de absurdos se habían vuelto los desplazamientos en estos días, el concierto ya había avanzado. Pero lo que encontré fue un repertorio construido con la inteligencia musical que caracteriza a Rolando Encinas. Más que una selección de canciones, era un recorrido por distintas regiones de la memoria boliviana. El altiplano, el oriente, las cuecas, el foxtrot, las huellas de la Guerra del Chaco y las distintas tradiciones populares aparecieron entrelazados como capítulos de una misma historia.
Cuando sonó Nevando está, pensé en Carlos López, la voz que acompañó durante años a Música de Maestros y que también había sido parte de aquel concierto con la Sinfónica realizado hace casi una década. Siempre lo extrañaré en Nevando está. Después pensé en Randolf Ríos, contrabajista de Gustavo Orihuela Quartet y músico de la Orquesta Sinfónica. Sentí sus ausencias. Sentí que faltaban. Pero también que, de alguna manera, seguían allí. Sus ajayus estaban presentes en la música.
Hacia el final llegó En tus ojos, la cueca de Wilson Molina que tiene esa capacidad de lograr siempre lo mismo: que los pañuelos aparezcan casi por reflejo y que el amor haga su trabajo. Entonces ocurrió una escena que resume buena parte del espíritu de la noche. Una pareja se levantó y comenzó a bailar. Puede parecer un gesto mínimo, pero no lo es. En una sala acostumbrada al silencio atento y a cierta solemnidad, aquellos pañuelos girando entre las filas del público parecían recordarnos que la música boliviana no nació para quedarse quieta. Por unos minutos, la distancia entre el escenario y la vida desapareció. Era imposible escuchar todo aquello sin pensar en Bolivia: en sus contradicciones, en su diversidad y en esa extraña capacidad que tiene la música para recordarnos quiénes somos cuando todo parece empujarnos a olvidarlo.
Quizás por eso resultó tan simbólico que el cierre llegara con Barbarela, la morenada compuesta por Encinas en homenaje a aquella mujer trans que, con un beso subversivo a Banzer en los años setenta, quedó inscrita para siempre en la memoria popular boliviana. La coincidencia fue inevitable: esa misma jornada se despedía a París Galán, otra figura imprescindible de la diversidad, el activismo y la cultura GLBT del país. Encinas pidió al público que se pusiera de pie. Y nos levantamos. Bailamos morenada con sinfónica, aplaudimos y algunas lloramos. Por París, por quienes ya no están, por el país que duele y por el país que todavía resiste. Porque hay finales que no sirven para clausurar nada. Sirven para recordarnos que, incluso en medio de la tristeza, todavía somos capaces de celebrar la vida.

Los músicos serán los últimos
Escuchando semejantes conciertos surgió la pregunta inevitable: ¿Por qué estos proyectos no terminan convertidos en discos? Lo que se escuchó durante este ciclo merecería quedar registrado. No solo por su calidad artística, sino porque constituye un documento valioso del momento que vive la música boliviana. Son obras que necesitan circular más allá de una única noche.
Lo más valioso de este ciclo, sin embargo, no ocurrió solamente sobre los escenarios. Ocurrió en los alrededores. Ocurrió cuando la vendedora de dulces que trabaja junto al Centro Sinfónico pudo vender su mercadería en días económicamente difíciles. Ocurrió cuando los espectadores encontraron la manera de atravesar una ciudad complicada para asistir a los conciertos. Ocurrió cuando músicos, técnicos, productores y trabajadores culturales decidieron seguir adelante pese a las circunstancias. Porque detrás de cada concierto hay empleos, familias y proyectos de vida. Los músicos no viven únicamente de aplausos. Viven de su trabajo. Y en una coyuntura en la que numerosas actividades culturales han sido canceladas, sostener estos espacios es un acto de resistencia.
Durante estos días fue inevitable recordar aquella imagen de los músicos del Titanic que siguieron tocando mientras todo se hundía a su alrededor. La comparación puede parecer exagerada, pero hay algo de esa perseverancia en los artistas bolivianos que decidieron subir al escenario cuando la realidad invitaba a quedarse en casa y amargarse con las noticias.
Lo hicieron porque saben algo que a veces olvidamos: el arte no resuelve los conflictos, pero ayuda a soportarlos, a sanarnos, a sostener nuestra salud mental. No reemplaza las soluciones políticas ni económicas, pero alimenta algo igualmente necesario. Nos recuerda quiénes somos. Nos devuelve la capacidad de imaginar un país distinto y nos hace pensar que todo va a estar bien.
Por eso la frase de Rolando Encinas, en el concierto de Música de Maestros, permanece dando vueltas en la cabeza. Los caminos de la música estaban expeditos. Y quizás, en un mes en el que tantas rutas permanecían bloqueadas, fueron los únicos caminos por los que Bolivia pudo encontrarse consigo misma.
Claudia Daza es periodista cultural.






Imágenes: Orquesta Sinfónica Nacional.