Mi padre

Textual

Isa

Mariana Baptista

Mi padre era un hombre sencillo, austero y frugal. No le gustaba ni le interesaba adquirir bienes materiales. No le importaban tener ropa fina ni lujos, solo lo necesario y útil. Tampoco gastaba en hoteles ni en restaurantes caros. Nunca tuvo auto, y hasta que se cayó y se rompió la cabeza, siempre se movilizó en trufis y minibuses. Solo en sus últimos años se permitió el lujo de tomar taxis. Nunca se acordaba de los cumpleaños de nadie, y tampoco compraba regalos en fechas especiales. Era totalmente ajeno al consumismo y al derroche.  Su mundo era sobre todo lo demás, el de los libros, las noticias y la cultura.

Sin embargo, sí consideraba esencial tener un techo propio y me regaló un departamento que él había heredado. Ahí crecieron mis tres hijos y, gracias a eso, nunca tuve que pagar alquiler y pude usar ese dinero para llevar una vida más holgada y sin deudas apremiantes. Sin esa base fundamental que me dio, mi vida hubiera sido mucho más dura y difícil.

Hace mucho tiempo, cuando yo era adolescente, mi padre soñaba que yo fuera una presentadora de televisión, una periodista famosa, y creo que por eso estudié periodismo, en vez de literatura como yo hubiera preferido. Sin embargo, nunca llegué a cumplir su sueño, aunque el periodismo me sirvió para compartir unos años de trabajo con él en Última Hora, pocos años, pero definitivos para sellar nuestra amistad de adultos. Y aunque después ni siquiera continué en el periodismo como él hubiera querido, igual siempre se sintió orgulloso de mí, aunque yo nunca entendí por qué. Tampoco entendí que siguiera siempre pendiente de mí cuando su vida tomó un rumbo muy distante de la mía. Eso era algo que yo no esperaba.

Cuando yo ya estaba casada y con mi propia familia, mis padres se divorciaron y él se volvió a casar y tuvo otros dos hijos. Yo asumí que inevitablemente se alejaría de mí y, además, que eso era lo normal y lo lógico, ya que todo su tiempo y su esfuerzo se irían en construir su nuevo hogar y criar a sus nuevos hijos. Sin embargo, él siempre se mantuvo cerca de mí, preocupándose por mis problemas, alegrándose con mis alegrías, apoyándome en todo momento, pendiente de que no me faltara nada esencial, protegiéndome y amparándome como cuando era chica. Y eso siempre me pareció algo increíble y extraordinario de su parte.

Y así su amor continuó invariable a lo largo de toda mi vida, y se extendió hasta mis hijos y mis nietos, que fueron una de las pocas alegrías de su vejez.

Esa, y la de los libros claro, que fueron siempre los grandes compañeros de su vida, hasta el último día.

Así era mi padre.

Imagen de portada: Alfonso Gumucio D.

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