Machi Mirón, Jacques Brel, Chavela y Cohen

Textual

Isa

Martín Zelaya

Germán Araúz fue un gran lector, por supuesto, y más de una vez dimos vuelta y media a El otro gallo y los sonetos de Jorge Suárez (su amigo, maestro, descubridor); a Bascopé, Urzagasti y algunos más. Pero fueron más y mejores los momentos musicales.

Una de sus historias de cabecera era cómo conoció a (la música de) Jacques Brel. (Fue en sus años en La Plata adonde fue a estudiar geología; volvió sin título, pero con un botín mayor: el amor por los libros y la música, y la lucidez para identificar el lado correcto de la política y la vida). Salía del hipódromo donde vendía café, entró a un súper para hacer la compra de la semana y al pasar por la sección música escuchó por primera de infinitas veces Ne me quitte pas. Volvió a casa sin víveres, sin dinero, pero con un tesoro más perdurable: un disco fundamental para el resto de su vida.

De otro maestro común heredó a Chavela Vargas: “Cachín” Antezana no dejaba de mencionarla en los talleres y los after en la Santa Cruz de los 80, cuando no había manera de conseguir música (o libros) que no sea los top y populares. Porfió hasta que consiguió algunos casetes regrabados.

Leonard Cohen nunca dejó de sonar en nuestras visitas mutuas. No se cansaba de “Suzanne” y de Songs of Leonard Cohen –¿quién en su sano juicio?–. Fue un gran placer hacerle oír por primera vez algunos discos de la vejez del poeta de voz rasposa.

Cohen fue otro gran hallazgo de la casualidad, según contaba. Lo conoció haciendo zapping: un canal español pasaba un especial por la reciente visita del cantautor. Quedó deslumbrado, y otra vez a la caza, a buscar y preguntar y obsesionarse. ¿No es, acaso, así como se acerca uno a los músicos y autores imprescindibles?

Y se puede seguir nombrando: doña Gladys, Silvio y Mercedes; Serrat, por supuesto… Y Zitarrosa y Les Luthiers, y Savia Nueva y Alfredo Domínguez… O Benjo Cruz, con quien convivió en los años argentinos; o Emma Junaro, Matilde, Jenny Cárdenas, que tanto lo quisieron.

Melómano rematado, Machi también tocaba la guitarra al mismo ritmo de su conversación: a la sístole y a la diástole de su enorme corazón. Entre muchas otras, recuerdo que cantaba con especial emoción una de Sampayo.

Los amores de la costa / son amores sin destino / camalotes de esperanza / que se va llevando el río // chuá, chuá, chuá, ja, ja, ja / no cantes más torcacita / que llora sangre el ceibal…

Martín Zelaya, literato y periodista cultural

Foto: archivo Araúz
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