Leyendas del rock boliviano

Textual

Isa

Sergio Gareca

A la mitad del concierto mi padre escuchó el tema y se soltó la melena, blanca y luminosa. Vimos juntos cómo delante nuestro las luces del escenario volcaron el siglo como una tutuma. La historia ponía en su lugar algunas cosas y, sobre el altar de los sacrificios, algunos nombres, amigos que quedaron en el camino y años que cambiaron el curso de la historia de un país.

Después de una larga y exitosa gira por distintos departamentos, el concierto de las Leyendas del Rock Boliviano regresó a Oruro. Yo estaba en deuda por no haber ido a la función en Santa Cruz y, por fin, pude verlos aquí.

La función fue en el Multiteatro, llamado mucho antes Cine Elisa. Es un ambiente remozado, con camerinos acondicionados y butacas cómodas. Un esfuerzo de la familia Arispe, empresarios comprometidos con Oruro.

Al llegar pillamos un puesto de discos y libros en la puerta; camisetas y souvenirs en el hall. Carlos Alanez, el administrador, nos dio la bienvenida y pasamos a nuestros asientos para encontrar amigos; Oscar Castillo, escritor y compilador orureño, que tiene una bonita antología titulada Ronda de sueños infantiles; Ruth Escobar, quien en su tiempo formaba parte de la Brigada Rock, grupo de amigos que se reunían periódicamente para hacer fiestas rock, con las últimas novedades de la música de los años ochenta y noventa; y desde luego lo mejor de la historia del rock.

Mucha gente mayor, padres, hijos y hasta nietos estaban acomodados. Uno se pone a pensar que el rock surgió en los sesenta y en cuatro décadas experimentaron a fondo con la música. Hay tantos estilos, voces y propuestas que hicieron del rock un mundo complejo, que cada quien estudia o estudió a su modo, siguiendo géneros, escuelas y tendencias. Y aquí estamos nosotros, soportando ya casi treinta años de reguetón, música monótona y en muchos casos sin sentido, pensando cuándo vendrá algo nuevo, ¿cuándo se va a acabar?

Treinta años que hemos sido testigos de la agonía de la cultura de occidente y de la música. Era necesaria una venganza, un contrataque. En ese sentido, tener a grandes del rock nacional en un escenario bueno, con una producción comprometida, con un público interesado en la historia viva y fresca y la sangre todavía caliente, fue una infusión de frescura.

De principio una canción de Clímax, que dio paso a los ovacionados Ovnis de Huanuni, con su clásico El Minero que, aunque los mineros hayan hecho renegar a principios de año, es una canción que toma su rol histórico en esa Bolivia de milicos y copajira. Así se hacen los mitos. El vocalista y baterista se llama Moisés. Le dijimos “Moisés, unita más, volvé”, y no volvió, aunque quería.

Luego vino el turno de Wara con la voz de Nataniel Gonzales. El ruiseñor andino. Fue notorio que la obra, por su complejidad, era desconocida incluso para algunas personas mayores. Y es así. El libro El Rock de la Nueva Ola en La Paz, de Yelitza Pomacosi, que compramos en la puerta, es certero cuando plantea que el sentido de que la música siempre estuvo partido en dos: una con algunas canciones más populares, aceptadas en las fiestas; y otra experimental, retadora y transgresora, de la cual no muchos eran conscientes. Ese y no otro es el origen del underground.

La interpretación del Inca fue simplemente triunfal. Luego llegaron el maestro Rolando Encinas y Carlos Daza a acompañar a Glen Vargas y Nicolás Suárez, que ya estaban en escena. Hubo temas de 50 de Marzo, Bonny Boy Hots y también estuvieron los vocalistas de Los Ecos, Los Signos y Los Grillos.

Fueron dos funciones en tanda y noche, solo dos; pero creo que esto da para largo. Pueblo Rockero, los Jimmy James y otros van regresando a estos buenos temas y como efecto inmediato de este esfuerzo, Los Ovnis y Los Signos serán homenajeados en el festival de Bandas de Bronce de Oruro.

Es importante recordar consignas que se van cumpliendo. 50 de Marzo decía: “No tengas miedo si hoy te margina la sociedad, porque más tarde ella misma te seguirá”. ¿Cuántos no hemos seguido a nuestros padres? Recientemente mi papá nos contaba que no le dejaban entrar a dar examen a la facultad por llevar el cabello largo. Pero no solo es el cabello. En el rock están escritas la discriminación racial, la desigualdad social, la dictadura y la esperanza, la fe y la rebeldía. Por eso cuando mi padre se soltó el cabello en el concierto y el Nataco cantaba, solo pude sentir admiración porque muchos fueron consecuentes hasta el final. Algunos no. Algunos fueron a mirar con nostalgia la juventud ida, pero mi padre no. Porque para él y para muchos otros, el rock no es pasado, sino completo y absoluto presente.

La otra consigna es “sigue esa Wara que te va a llevar”. Y aquí estamos como reyes magos, persiguiendo las noches buenas, a veces en la bohemia, en los tributos, en las composiciones originales, y ahora en los libros, en los reencuentros, en las investigaciones, en los vinilos, y desde luego en la música.

Sergio Gareca es escritor orureño.

Imágenes: Facebook de CM Producciones

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