El pueblo tiene hambre de cultura, hagamos un ministerio de gastronomía

Textual

Isa

Sergio Gareca

Un buen día, cuando no sabíamos qué iba a pasar con el Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización, amanecimos con la noticia de que se iba a llamar Ministerio de Turismo Sostenible, Culturas, Folklore y Gastronomía. Aquí podría quejarme, y harto, de lo que fue el ministerio con su otro nombre, pero voy a dejar eso a un lado. La cosa es que a muchos de los colegas no les ha parecido muy pertinente esto de poner “gastronomía” en el letrero del ministerio. Sin embargo, yo pienso que es una cosa buena.

Como se sabe, soy poeta, o eso dicen por ahí. Cada vez que nos invitan a alguna lectura, los poetas se sientan a una mesa sin flores ni cubiertos, a veces ni agua, aunque de vez en cuando haya vinito. Ahí están los vates, masticando sus propias palabras con el estómago tan vacío como su alma. El público es generalmente otro grupo de poetas mirando la mesa vacía donde nadie come y todos leen sin sentido: sentido del gusto y del olfato, digo.

El público de las artes plásticas y visuales tiene mejor suerte. No se saltan esa parte del programa que dice: brindis de honor. Por lo menos, hay papas fritas y maní. Muchas galerías y artistas son más exquisitos y sirven en bandeja, como embajada, todo tipo de bocaditos. No es secreto que algunos asiduos de las inauguraciones van sólo por comer.

Ahora bien, quiero poner en contraposición de los actos mencionados otra cosa: el cine. No el cine de la Cinemateca ni el cine boliviano. El cine como fenómeno cultural contemporáneo, ese que está en el mall, ese que tiene tiendas y pipocas a Bs 50 y que te sugiere que no metas otra cosa “que no vendamos nosotros” y que además tiene plaza de comidas por ahí cerca. Entonces dices: voy a pasar un bonito momento con mi familia. Y ¡zas!: digamos que son tú y dos niños. Pon como referencia solamente que por cada entrada pagas Bs 50, a lo que hay que sumarle el costo de las pipocas y, quizá al final, un pollito. Una de esas salidas es salada. Y eso que no has ido a ver un producto educativo o cultural de alto beneficio. Has ido directamente porque quieres pasar un rato bonito con los chicos. Y quizá también para disfrutar de ese dinerito que te ha costado ganar para demostrar a los pequeños que los quieres y que estás compartiendo el producto de tu sacrificio.

Ése es un ejemplo nomás. Pongamos otro. Aquí, en Oruro, tenemos el Calvario, que es una feria de miniaturas en honor a la Virgen del Socavón, similar a la Alasita de La Paz. Vas a la feria, compras suerte sin blanca, tomas api, comes churros, compras pasancalla y te vas para la casa. Es un momento recreativo familiar de características populares; pero si hacemos cuentas, uno gasta casi lo mismo que en el cine.

Esto no ocurre, pues, con la poesía, porque vaya uno a saber si en la pobre mesa de 15 poetas alguien de sus familias los entiende. Es una de esas manifestaciones de la cultura que necesitan de una sensibilidad especial, aunque tampoco ayudamos nosotros cuando hacemos que las cosas sean tan herméticas. En Chile, mi buen amigo Ivo Maldonado hace, con la Fundación Casa Bukowski, el festival de vino y poesía. Está claro que si uno no va por una cosa, va por la otra sin fingimientos.

La casera de anticuchos de la 20 de Octubre y Aspiázu, en La Paz

Los lujitos
Hace muchos años, trabajaba yo haciendo encuestas en el campo. Así llegué a una casa y me fui con uno de los hijos mayores de la familia a pastar vacas mientras le preguntaba detalles económicos. La familia era de una pareja de esposos y sus diez hijos. Tenían, en general, gastos moderados en comida y vestido, pero cuando llegamos a hablar de entretenimiento, su mayor gasto era un helado por cabeza cada fin de semana, cuando se iban todos a la ciudad.

Era el momento familiar más esperado. En esa encuesta, es importante decir que la definición de “hogar” era la de grupo de personas que comparten una olla común. A partir de ese grupo, determinado no por lo que se come sino por “cómo y cuántos comen”, se definía la economía y el gasto ulterior: el consumo cultural, entendido éste como los lujitos que se puede dar uno en la vida.

Remontémonos ahora a hechos y actividades culturales más antiguos. Así como el fuego ha definido la cohesión de grupos humanos, el compartir los alimentos es el hecho aglutinador que da pie a muchísimas celebraciones rituales. Y entendemos celebrar como beber, comer, charlar, bailar, que haya música y lírica. No es un espectáculo en sí, sino la acción colectiva del compartir.

Los martinis del Diego, en El Bestiario

El Carnaval de Oruro tiene muchas facetas que se le escapan a la prensa. Por ejemplo, en Martes de Ch’alla el Carnaval descansa en la ciudad, mientras empieza en todo el occidente del departamento. En Curahuara de Carangas dura desde ese martes hasta el Domingo de Tentación. En la fiesta se comparte variada gastronomía basada en carne de llama y, ya cerca de la culminación, las vísceras se preparan el sábado para no desperdiciar nada. En esa zona de ganadería camélida, podríamos afirmar que lo que se hace, lo que se come y lo que se celebra son la misma cosa y eso define a la gente.

Hay que entender, incluso desde la psicología, que el hecho mismo de la satisfacción del comer o la acción de llevarse algo a la boca (como besando) implica una fijación emocional. Hace algunos años, en el restaurante Ardentia de Rolo Barrientos se degustaba una exquisita lasaña. A veces, y para algunos de sus amigos, el dueño tomaba un cuidado especial: probaba un poco de la lasaña y luego buscaba la música adecuada para acompañarla; no siempre era la misma, vale decir que reforzaba la sensación del sabor con la emoción que transmitía determinada música.

Propuesta de estudiantes de la Escuela de Hotelería y Turismo

Maridaje o divorcio
Hemos separado el producto cultural de nuestras necesidades materiales primarias, creyéndolo demasiado espiritual o cerebral. Somos inteligencia artificial. Esto dentro de nuestra cultura, popular y no popular, crea el divorcio inmediato de las cosas, y digo divorcio porque el vino tiene maridaje.

La comida y la bebida generan economía. En Oruro tenemos el teatro más grande de Bolivia; es un teatro muy lindo, pero tiene una prohibición específica: no se puede meter comida ni bebida. Entonces, no hay cuándo se pueda llenar ese teatro, justamente porque no hemos comprendido nuestra idiosincrasia que está dominada por el ámbito popular. Así, un teatro se hace insostenible económicamente. Quizás cueste un poco más limpiar las butacas, pero yo pienso que, con un buen acuerdo, una empresa de comida o bebida se animaría a promover la presencia de un grupo taquillero, asegurando además los 5.000 vasos o platos. Es sólo un ejemplo.

A pequeña escala, muchos como yo han intentado emprender con un pequeño café para sostener la actividad cultural: siempre nos ha ido mal porque la alcaldía nos cierra, impuestos nos multa y pesa también la indisciplina de los artistas. Pese a lo dicho, también hemos tenido algunos éxitos. Por ejemplo, la anterior semana pude presentar mi libro con chelitas y con rostro asado. Éxito total. Porque desde luego que hemos promocionado la comida tradicional, cerveza artesanal y los asistentes han consumido y de paso se han llevado el libro.

Yo pienso que, en el sentido del apoyo mutuo, la pizzería, la panadería o cualquier emprendimiento gastronómico podrían tener una buena venta al acompañar iniciativas culturales. Esto, a una escala mayor, también funcionaría con las empresas. Bajo esa visión debería plantearse el accionar del Ministerio: tiene que haber una tratativa de los eventos culturales y los consumos culturales desde la transversalidad de la gastronomía, con facilidades para que cualquier restaurante o bar, cualquier fábrica de galletas, chocolates o bebidas sean parte aliada de las iniciativas artísticas. Bajo la lógica de “compartir”, “apoyar” y “ganar”, hay que ir hacia la industrialización cultural, a nivel estatal, y hacia la autogestión respaldada jurídicamente en el nivel individual o de colectivos.

Sergio Gareca es escritor orureño

Mesa en Villa Abecia

Fotografías: Isabel Navia

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